Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 24/11/2017
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Ángel Alonso Carracedo
9/03/2017

El oasis

             

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Muchas veces reflexiono sobre el contenido de estos escritos en la melancólica y bohemia soledad de la buhardilla. Es inevitable dejarse llevar por un halo de pesimismo. Basta con echar un vistazo a ese patio de la calle. O también, confortablemente sentados, a través del control remoto de la prensa escrita, oída y vista, para colegir que poco o nada bueno nos envuelve. Que la esperanza, pieza subsidiaria y solidaria de la fe, se ha convertido en algo remoto, inalcanzable, cuando no inexistente.

 


Hay para empezar y no acabar. Un espécimen paranoico se ha hecho con las riendas del imperio de nuestra civilización. Un semoviente excesivamente propenso a calentones tiene el espeluznante atributo de poner todo esto patas arriba con sólo apretar un botón en un maletín que tiene permanentemente a su lado como cetro de su poder. A lo mejor, contado por Stanley Kubrick, puede tener su gracia cinematográfica, pero ahora se ha trastocado al guión mismo de la cotidianeidad. Y es pura tiritona. Por si fuera poco, encuentra alter egos geopolíticos, totalmente receptivos a formar un club de golfos apandadores, cuyas travesuras llevan a sonrisas que congelan la sangre.

 


Esto en lo sesudo. Más de andar por casa, uno sale a la calle y ha de estar presto a la permanente esquiva de gestos adustos, malos modales, vocerío incontinente, violencia verbal y física, así como  competición inacabable entre pícaros, arribistas y tahúres.  Si se pone la vista en un futuro más huidizo que esperanzador, la fotografía describe un país que descuida su cantera exportando talento e importando alienante espectáculo de consumo instantáneo, porque lo único que se hace valer en materia de porvenir son principios con no más de cinco minutos de vigencia.


La calle se ha hecho para pasear escrutando todo el entorno, para empaparse de realidad. Pues bien, hoy la gente - jóvenes sobre todo - se mece enajenada en la continua hipnosis de unos artilugios o dispositivos táctiles que ponen todo el nervio de las inquietudes en una febril epilepsia de los dedos pulgares y lo hurta a la recompensa sensitiva e intelectual, a la maravillosa oportunidad de aprender mirando en los contextos más cercanos. La sencilla conversación, el cambio de impresiones, escondrijos casi siempre de las más reconfortantes enseñanzas, muda a rebaños borreguiles de usuarios de una telefonía (¡¡qué sarcasmo que se llame inteligente!!) abierta de par en par a los individualismos y cerrada a cal y canto a cualquier sentimiento de colectividad.     
Pero los acontecimientos, afortunadamente, muchas veces son caprichosos, y donde menos se piensa, salta la liebre.

 

A esta narración  no le puede faltar un oasis en el desierto. Acabo de inscribirme en un programa de voluntariado de atención a enfermos en centros hospitalarios. Acudí a la primera reunión de contacto, y feliz sorpresa: sala a rebosar de personas y una cuota juvenil altísima, implicándose, además, en las misiones más incómodas. Sólo un par de días después, una chica, muy guapa, en una charla improvisada, me confiaba los retos de su vida: terminar su carrera, que se estaba pagando con el trabajo en una tienda de moda, y que ya prepara, como desde hace años, sus vacaciones en el África subsahariana, en un programa solidario de ayudas sanitarias para los niños de la zona. El subidón llegó cuando me confesó que su caso no es único y que a estas iniciativas acuden cientos de jóvenes españoles. 

 


La vorágine de Madrid me obliga a desplazamientos en el transporte público. El metro es el de más uso. Me gusta observar atentamente en los vagones y en los pasillos porque creo que las entrañas de una gran ciudad se perciben aquí como en ningún otro sitito. En los últimos meses, para mi alegría, son cada vez más los viajeros que atienden en el desplazamiento a la lectura de libros en formato clásico o electrónico. Quiero creer que el malhadado telefonito, sin aporte didáctico alguno, pueda batirse en retirada.

 


Uno se agarra a lo que puede. Este oasis en el desierto puede resultar el desilusionante espejismo de los que tienen una abrasiva sed de confianza en un cambio radical de actitudes y comportamientos. Pero también, puede ser la visión de un ansiado descanso en la agotadora travesía del pesimismo al optimismo bajo el peso del actual estado de cosas.
                                                                                                                                                                                                                                                           

 

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