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Astorga Redacción
11/03/2017
ENTREVISTA A LORENZO SILVA

Lorenzo Silva: "Vivimos en simulaciones que esconden realidades criminales"

Finaliza 'Tardes de Autor' por esta temporada, una invitación a conocer a los escritores y poetas más relevantes de la actualidad literaria española. La Concejalía de Cultura con la colaboración de Luis Miguel Suárez y Tomás Néstor Martínez han hecho posible el disfrute de la obra de los escritores en su propia voz. Astorga Redacción que ha entrevistado a todos los participantes, lo hace ahora con Lorenzo Silva, quizás el más mediático de los que han pasado por la Casa de Panero a explicar la propia obra. Esperamos que Tardes de Autor tenga continuidad en sucesivas campañas.

 

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Astorgaredacción: En su propia página Web dedica una sección a Bevilacqua y Chamorro. Allí  puede leerse: “Si has entrado en esta página, lo más probable es que la culpa la tengan Bevilacqua y Chamorro (…). Por lo menos, soy bien consciente y ya me he resignado a ello, sus historias han sido con mucho las más populares y difundidas de las que he escrito”. ¿Es una resignación gozosa o le ocurre como a Conan Doyle con Sherlock Holmes?

 

Lorenzo Silva: Absolutamente gozosa: les tengo mucho cariño, les estoy muy agradecido, me han dado mucha suerte, mucha fortuna, muchos lectores, muchas alegrías y satisfacciones, dos de los premios más bonitos de España, como son el Nadal y el Ojo Crítico, y uno de los más envidiados y codiciados como es el Planeta; así que no me puedo quejar ni puedo ser ingrato. Por otra parte, no hay nada de resignación en ello, pues yo hago y seguiré haciendo otras cosas, y en este momento Bevilacqua y Chamoro apenas llegan a la sexta parte de mi producción literaria. Pero bueno, es lo que hay y también el público lector es soberano y así hay que acatarlo.

 

 

¿En cualquier caso, siente que el resto de sus novelas están un tanto eclipsadas por las protagonizadas por la pareja Bevilacqua y Chamorro?

 

No, porque yo he hecho novelas muy raras y he tenido la suerte de que todas ellas encuentren sus lectores. Creo que uno tiene que ser consciente de que, sobre todo en el ámbito de la creación, hay historias, registros y miradas que llegan a más gente, y hay historias, registros y miradas que llegan a menos gente. Y a mí me interesan todas, y yo no renunciaría a algo que a mí me interesa por el hecho de sentir que  hubiera menos personas convocadas por ello. Me he permitido el lujo de hacerlo y he tenido la suerte de encontrar a esos lectores, incluso para lo más experimental, lo más extraño de lo que hecho. ¿Que son menos que para Bevilacqua? Es natural, pero para mí no es insatisfactorio.

 

 

¿Podría poner un ejemplo de esa escritura experimental de la que habla y en qué sentido es experimental?

 

Considero que la primera novela de Bevilacqua fue experimental: una novela policiaca ambientada en la España contemporánea y protagonizada por dos guardias civiles en el año 1995 era experimental; pero como el experimento funcionó, desde entonces ya no estoy experimentando, sino que estoy desarrollando un experimento exitoso. Pero experimentales, para mí, son, por ejemplo, El Blog del inquisidor, una novela construida a partir de un cruce de textos originales del siglo XVII y textos de ficción que simulan ser textos en red del siglo XXI. Ese diálogo entre épocas y entre textos tan heterogéneos es un experimento narrativo y hasta textual. ‘Niños feroces’ es una novela sobre los españoles que lucharon del lado de Hitler en la División Azul y hasta el final de la guerra, incluso integrados en las SS. Se trata de la aproximación a un personaje en principio imposible de asumir y que lo convierto en protagonista. La Sustancia interior es también un experimento, una especie de alegoría kafkiana llevada hasta el final (cosa que nunca hizo Kakka, que siempre dejó sus alegorías a medias). Lo último que estoy haciendo es también experimental. Yo he experimentado mucho y todos estos escritos han tenido sus lectores, muy agradecidos y muy numerosos, pues en el caso más desafortunado se cuentan por decenas de miles… No puedo decir que sea desventurado.

 

 

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La novela policíaca actualmente está conociendo un gran éxito: Suecia, Francia, Italia, la propia España… ¿Estamos en una edad de oro del género?

 

Creo que estamos tan solo en un buen momento, en un momento rico, en un momento diverso, con mucha curiosidad, interés y ambición por parte de los autores, en el que hay generosidad por parte de los lectores y que es un momento que hay que aprovechar tanto desde el punto de vista de la creación, como desde el punto de vista editorial y como desde el punto de vista del lector. Yo que soy lector de novela negra, nunca me había encontrado más diversidad en las librerías.

 

 

¿Será porque vivimos en una época de levedad el que la novela negra tenga tanto éxito. Porque tal vez no requiera tanto esfuerzo?

 

Bueno, eso depende hay diversos tipos, aunque siempre se vaya buscando la amenidad y la intriga, hay novelas negras más densas y que exigen un poco más del lector. El género tiene una fórmula que funciona bien y con mucha gente y este es un momento que ayudado por una serie de conceptos que están ahí, desde la postverdad hasta otras cosas, pero con un punto que no es tan intrascendente, pues en muchos casos proporciona una mirada, un acceso al reverso oscuro de una sociedad profundamente simulada. Vivimos inmersos en multitud de simulaciones debajo de las cuales a menudo se esconden realidades criminales… Vale para la corrupción política, para el mundo de las finanzas, que tantas veces se abastecen de dinero negro y blanqueado que puede provenir de actividades delictivas  cruentas, y, sin embargo, sus fachadas siempre son impecables, inocuas, en un trasfondo de realidades muy siniestras. La novela negra es muy buena para indagar el fondo de esas realidades.
Luego de lo que levanta la novela negra hay dos soluciones: esta la solución apaciguadora del lector, que ve la oscuridad en cierta manera resuelta por lo escrito; o hay una novela negra más inquietante, que pretende enseñar la oscuridad, pero que deja al final con la sensación de que la oscuridad no la resuelve nadie.

 

 

Todavía en algunos sectores literarios con ciertas pretensiones intelectuales se mira con desdén el género policíaco, aunque ya hace tiempo que algunos —conocido el caso de Laín Entralgo— defendieron precisamente su carácter intelectual; o aunque  algunos autores, como es su caso, hayan contado con el elogio de críticos tan reputados como Ricardo Senabre. 

 

Siempre ha habido esa condescendencia, pero la mejor defensa frente a esa situación consiste en mencionar obras y autores concretos. Raymond Chandler es para mí uno de los mejores novelistas anglosajones del siglo XX. Manuel Vázquez Montalván, casi el fundador de la novela negra contemporánea española, es uno de los novelistas más intelectuales de nuestra novelística en los últimos 50 años. Hay, pues, muchos signos que refutan  la pretendida inferioridad intelectual y creativa de la novela negra.

 

 

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Algunos también defienden que es el género idóneo —o el refugio actualmente— para la crítica social. 

 

Es cierto, pero tampoco hay que sobrevalorarlo. A veces escucho que si la novela negra es la novela social de nuestro tiempo y a veces cosas más gordas, como que es la única posibilidad de novela social en nuestro tiempo… Pero también hay novela negra que es puro pasatiempo y que es hasta conformista. Eso dependerá de la ambición y de la mirada del escritor. Lo que sí tengo muy claro es que es un molde narrativo que permite ejercitar esa mirada y que permite hacerlo de la mano de personajes que pueden ser muy interesantes. Para mí, por ejemplo, ha sido muy interesante trabajar durante 20 años con la figura del policía, del servidor del orden establecido, porque, aunque a mucha gente le pueda parecer una paradoja,  la crítica del orden establecido que puede formular el más proclamado servidor del mismo puede ser tan terrible y afinada como no podría formularla nadie más; pues nadie conoce mejor las grietas, las fisuras, las fallas, las miserias y las insuficiencias del orden establecido que quien lo defiende a espada y sueldo.

 


Es verdad, en una ocasión trabajando en un programa de ayuda social, conviví con curas que hablaban de sí mismos y de la institución a la que pertenecen con un sarcasmo inadmisible para quien no perteneciera al gremio. Tenían una libertad para la crítica que no se consideraba perniciosa, pues era a un tiempo autocrítica, y daban por supuesto que el oficio era su vida y no una profesión. 

 

Claro está, y los policías de sí mismos y de las incongruencias y de las aberraciones que produce la administración de justicia hablan con una crudeza, cosa que no van a declarar en público ni decir nunca a un periodista… “Estoy protegido, soy policía, puedo ir mucho más lejos sin que se sospeche desafección”.

 


Usted mismo ha comentado que ha escrito poesía y teatro, pero que los abandonó en plena adolescencia por no sentirse especialmente dotado para estos géneros. ¿Hay una etapa de la vida más adecuada para cada género?


No. Yo creo que eso depende más de las aptitudes. A mí me gustaba y me gusta  mucho leer poesía. Intenté escribirla durante un tiempo, pero vi que mi poesía no volaba, no tenía el vigor que, sin embargo, empecé a intuir que tenía como narrador. Pensé entonces que mi camino estaba más en la narración. De hecho, mis poemas tendían a ser siempre muy narrativos, intentaba resolverlos como se hace en la narración, con lo que demostraba mi incapacidad lírica. Fui consciente de que ahí no tenía unas grandes cualidades y me he quedado en lector de poesía y no en autor. El teatro creo que se me daba algo mejor, pues me parece que la literatura dramática tiene mucho que ver con parte de la literatura que hago y probablemente volvería a él. He hecho literatura dramática a través de guiones de cine  y de televisión, y no descarto en alguna ocasión  —de hecho he escrito últimamente alguna pieza de microteatro— volver a escribir drama. El teatro me parece un lenguaje y una forma de narración de una plasticidad, de una viveza y de una calidez realmente insuperables. 

 

 

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¿En cualquier caso, sigue leyendo teatro y poesía? 

 

Sí, sigo leyendo ambas, aunque más poesía que teatro; porque el teatro me gusta más verlo que leerlo. Al teatro acudo siempre que puedo y procuro estar al día.

 


Puesto que estamos en Astorga y estamos hablando de poesía debo preguntarle también por los Panero.

 

Yo he leído mucho a Leopoldo María, Incluso alguna novela mía comienza con una cita suya. En Carta Blanca hay una cita de Leopoldo María Panero. Quien fue mi editor le ha publicado bastante y algún buen amigo es un gran fanático de Panero. A mí siempre me ha parecido de una lucidez y de una brillantez condensada realmente sorprendente. Es una escritura que sabe sobrecoger.

 


¿Qué puede decirnos de su próximo libro?

No sé si puedo comentar mucho, porque lo estoy terminando ahora mismito. Casi habré de ponerle el punto final este mismo fin de semana, aunque no va a estar en la calle hasta mayo. Se trata de una novela histórica, la historia de un personaje real. Una historia real con personajes reales que he intentado contar como una novela. Parto de hechos históricos de la España del primer tercio del siglo XX, para mí tan iluminadores y tan poderosos que he intentado articularlos como una novela. 

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