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Antonio Victorino Fuertes
12/03/2017

Astorga, años 30 (4)

Publicamos hoy la cuarta de las seis entregas de las memorias de infancia en Astorga de Antonio Victorino Fuertes, nacido en 1932, con las que seguimos dibujando la Astorga de los años 30 a través de los escritos que sus hijos rescataron como homenaje tras su muerte y que Antonio no llegó a concluir ni a hacer públicas.

 

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Bueno, bueno.... en la plaza de San Julián, también conocida como ‘plaza de los cacharros’, al lado del ‘jardinillo’, y de ‘la casa del Mejicano’ (que tanto me imponía) me parece que vivía Tayo (Santiago). También en una casa del jardinillo, lindando con el paseo de La Muralla, vivió mi amigo Pepín Blanco, primo del también entrañable Fernando Blanco de la Ferretería de la plaza Mayor, ambos afectivamente recordados. Allí también estaba La Funeraria de Pepe cuyo hijo, Pepín, montaba a caballo.

 

La fábrica de fideos también formaba parte del círculo al que tenían acceso las calles Rodríguez de Cela donde estaba ubicado el Cine Asturic, antes Círculo Católico, del que tendremos que hablar por separado, así como la calle hoy de Gabriel Franco. Allí, cerrada la Iglesia de San Julián, cuya espadaña era agredida frecuentemente por las piedras que pretendían dar a las campanas, piedras que en ocasiones herían brutal y justamente nuestras cabezas al regresar al punto de partida, a similar velocidad de su salida. Para eso estaba después el yodo, (para mayor precisión la tintura de yodo). Algunos decían que para que la herida dejara de sangrar era bueno echarle azúcar (?). Las grapas metálicas como 'puntos' o los zurcidos necesarios eran las soluciones definitivas que te aplicaban en el Centro de Higiene, algo más arriba de la Escuela de Trabajo, tras la tonsura pertinente que despejaba la herida del vello ensangrentado.

 


El Jardinillo, donde un invierno mi hermanito pequeño cayó de cabeza al pilón, bajo mi responsabilidad, (parece ser, por las azotainas recibidas confirmatorias del caso). Aquí, por estos lugares, se celebraba los martes parte del mercado. La cacharrería ocupaba el lado derecho de la fachada de la iglesia en la misma plazuela, donde se vendía todo tipo de objetos de barro. Tarteras que se decía de 'Perigüela' (Pereruela). Botijos, cazuelas, escudillas y unos botijos pequeños que a los rapaces nos gustaban mucho pues, llenos de agua, soplábamos fuerte por la boca de llenado y por el pitorro salía el agua con un ímpetu increíble, por lo que celebrábamos batallas. Otros cacharritos con agua permitían hacer trinos como los pájaros. Barrilas, tiestos y cazuelas para las sopas de ajo. Todo ello en el barro rojo en parte barnizado. Las tarteras de 'Perigüela' tardaban en cocinar lo que más tarde en enfriar. En este lugar también se podían adquirir pollos, gallinas y gallos tomateros. En la Navidad los pavos también se ofertaban para la comida del día veinticinco, pues en Nochebuena, dado que era vigilia, la lombarda, besugo, pulpo o el congrio abierto eran las especialidades habituales.

 

 

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A propósito de las noches navideñas que solían prolongarse con los turrones, los pequeñajos podíamos oír cantar los gallos, pues era muy frecuente la existencia de corrales en aquellas viviendas: 'Ki, Ki Ri, Ki' que nos traducían con las mismas sílabas por 'Cris-to Na-ció'. Vivíamos en un mundo favorecido para la imaginación y seguro que le sacábamos partido en lo religioso y en lo cotidiano del vivir en la ciudad, tanto por los chismes que podías oír, las películas que vieras y circunstancias anómalas. Tengamos en cuenta que por entonces muy pocas casas disponían de aparato de radio y el cine, tebeos y novelas eran las fuentes donde nos surtían de aventuras de todo tipo. Las novelas y películas de amor carecían de interés para los chicos. Esto seguro.

 

A la plaza de los cacharros acudían en ocasiones los charlatanes o vendedores de coplas; de estos últimos podía ser una persona invidente haciendo sonar cualquier desafinado instrumento acompañado por quien ofrecía alguna octavilla o pequeño librillo de mayor contenido musical a precio más que razonable. En el mejor de los casos se presentaban láminas coloreadas enrolladas que en toda su superficie tenían relación con el dramón que se cantaba. Con un manubrio se procedía a cambiar de escena. A la gente le gustaba, pues siempre un público atentísimo rodeaba la presentación. Alguna de aquellas canciones la oí repetidas por alguna hacendosa fámula que más o menos decía así: "No lo mataron los guardias ni tampoco los ceviles – que lo ha matado una niña que tenía quince abriles. Que tenía quince abriles con dieciséis primaveras..... Vente conmigo morena a la viña de mi abuelo y debajo de una parra te diré lo que te quiero. Te diré lo que te quiero y lo que te quiero es tanto que por ti duermo en el suelo y de cabecera un canto". No se puede pedir más. Me río yo de Locura de Amor.

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Los charlatanes eran otra cosa. También rodeados de numeroso público expectante, con aquellas ofertas de plumas estilográficas o cuchillas de afeitar..."Apartaos chavales que me vais a tirar la mesa..." Luego continuaba con aquellas cuchillas que al afeitarte sería como si una mano femenina te acariciara dejando la cara como el culo de un recien nacido. "Este paquete de seis hojas podía costarte en el comercio... pues aquí ni treinta, ni veintinueve, ni veintiocho, ni veintisiete... así hasta diez y los cinco primeros se llevarán de regalo este frasco de colonia, néctar de las flores de Valencia, Valencia jardín de España". Mientras, en las cercanías, un mástil de tres o cuatro metros de altura con todos los colores del arco iris, deambulaba por el mercado acompañado de su portador que decía, "a peseta el tirón, aproveche la ocasión". Y la gente se llevaba la cinta del color que le gustaba. Mientras en la plaza de Santocildes con la mezcla de todos los olores vegetales, lácteos y demás, los puestos con aquellos toldos blanquecinos quemados por el sol, sostenidos por un mástil vertical que a su vez tenía dos palos gruesos cruzados en su parte superior sobre los que se asentaba el toldo.

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