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Claro García
16/03/2017

Superhéroes

 

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                                                                                                             Para Enrique Villén

 

Los superhéroes que de verdad me gustan no vuelan ni llevan capa ni poseen poderes extraordinarios. No trepan por las paredes ni se protegen con escudos made in USA. Tampoco tienen casco con alas, ni hache intercalada, ni súper martillo, ni garras de metal ni trajes de acero ni nombres compuestos que empiezan por Bat, Spider o Iron y que casi siempre terminan en Man y pocas veces en Woman, tan limitados son.

 

Mis superhéroes favoritos no luchan contra extrañas criaturas mutantes ni están todo el santo día intentando salvar a la humanidad. Lo único que quieren mis superhéroes es llegar a fin de mes y, si es posible, ser un poco más felices. Es cierto que carecen de lanzadores de telas de araña y de la ferretería que Batman lleva encima; sin embargo, se mueven a sus anchas en el bus y en el Metro. Mis superhéroes habitan el cine español y son héroes y heroínas de transporte público, pisito en las afueras pero van a poner Metro dentro de nada, menú cantado en el bar de abajo, jarra de agua o vino y Casera y mantelito de papel. Como Dios manda.

 

Mientras desde Hollywood el resto de superhéroes lucha contra los terroríficos poderes de los malvados galácticos, mis héroes ordinarios se enfrentan a las ocho de la mañana, recién llegados al trabajo, al malvado Pellicer, que es el Jefe de Planta, o al temible Torregrosa, el supervisor que no les va a dar el día libre ni de coña, o a su cuñado, que volverá a decirle eso de que eres un inútil y que si no fuera por tu hermana...

 

El cine español, que es el nuestro, lleva décadas generando héroes y heroínas sin escudo, sin antifaz y sin armadura. Ganaron nuestro corazón porque hablaban de nosotros. Nos entendían muy bien. No conozco una misión interestelar más importante que pagar la letra del motocarro, como intenta Cassen a lo largo de todo el día en Plácido. Esos hombres y mujeres inolvidables se parecían a nosotros; éramos nosotros: héroes de andar por casa que se enfrentaban mensualmente a los grandes monstruos del recibo de la luz, del agua y de la casa.

 

Eternos luchadores que se aliaban exclusivamente con gente de confianza como camareros y taxistas, y que llevaban en la sangre una España en blanco y negro repleta de color. Al cine italiano le bastó con que un ladrón robara una bicicleta para crear el neorrealismo. A nosotros nos bastó el bigote de López Vázquez y la voz ultrasónica de Gracita Morales para comprender que nuestro reino era de este mundo y que nuestros héroes eran de 'a diario': calzaban pantuflas, desayunaban churros y porras, compraban en tiendas de ultramarinos, fumaban farias y oían Carrusel Deportivo. Hombres y mujeres infinitamente nuestros, y tan cargados de sueños imposibles como el país que habitamos.

 

El traje de tecnología punta de Iron Man me impresiona tanto como el de andaluz que lleva Pepe Isbert en el balcón del Ayuntamiento esperando a Míster Marshall, o el de esquimal que vestía en Historias de la Radio. Ni siquiera Hulk, cabreado, tiene en los ojos la fuerza que tenía Landa mirando en Benidorm a un grupito de suecas. El casco alado de Thor no iguala el poder y el carisma del de Manolo Morán y su guardia urbano. El escudo del Capitán América hace menos servicio que la cesta pueblerina que arrastra Martínez Soria por la Gran Vía pensando que la ciudad no era para él. Tampoco existe un programa de efectos especiales que reproduzca la ternura y la inocencia infinita de José Luís Ozores, la patética y divertida chulería de Tony Leblanc, los mundos paralelos que creaban a su paso Manuel Alexandre, Rafaela Aparicio, o la siempre metafísica presencia de 'Saza' y del incomparable Ciges. No hay tecnología capaz de imitar el maravilloso y desconcertante punto de fuga que aporta en todos sus trabajos el gran Enrique Villén.

 

Nuestros superhéroes, los de aquí, los que desayunan en el bar de abajo, siempre han sido gente de verdad. Mujeres y hombres tiernos y sencillos que caminan por el borde de la alegría y de la resignación. Casi nunca ganan, pero luchan y sueñan. Nos ayudaron a soñar a todos. Ese, probablemente, sea su gran poder, su auténtica fuerza.

 

Sé que cuando los superhéroes de Hollywood se aburren quedan para ver juntos cine español. Admiran en secreto a nuestros héroes de a diario sabiendo que jamás podrán parecerse a ellos.

 

 

 

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