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Tomás-Néstor Martínez Álvarez
18/03/2017

Cuando la (des)obediencia es creación. Es arte

 

Gustavo Martín Garzo.  No hay amor en la muerte. Edic. Destino, Barcelona 2017

 

 

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Viaje a los sentimientos a través de un mundo fabulado, de fantasía, iluminando a través de  sugerentes personajes rincones insospechados y ocultos del alma humana, envuelto todo ello en una obsesión bíblica de obediencia y cumplimiento de un absurdo mandato, o capricho, divino. ”y luego, por las noches, me bastaba con cerrar los ojos para imaginarme a mi padre cargando la leña en el asno, … con aquel cuchillo curvo en el cinto, brillante como la piel de las culebras / … / no podía olvidar el momento en que, tras tumbarme sobre la leña, había empujado … mi cabeza hacia atrás para dejar al descubierto mi cuello”: es la reciente novela de Gustavo Martín Garzo. La obediencia y compromiso del patriarca con su dios de manera latente y, en ocasiones, visible, articula y mueve el texto; será motivo o excusa para asomarse quedamente y adentrarse sin vigías en esta realidad maravillada: una reina alimentada por palomas publica un edicto: El placer no es malo; ese patriarca asilvestrado que “sufría repentinos ataques de cólera en los que todos huían de su lado, pues era capaz de lanzarles lo que tuviera en las manos”, pendiente de guiar a su pueblo; ángeles, oportunos salvadores en ocasiones, entrometidos otras hasta en la alcoba; la niña de seis años valiente hasta encarar a un león al que hace retroceder mansamente; veladas nocturnas y canciones de fiesta cuyas letras hablan de placer, de ebriedad; esclavas encandiladas por relatos de mercaderes en camino hacia países y lugares ignotos.

 

Entre lo inesperado e imaginado se filtra una realidad narrativa capaz de aunar historias tan verídicas como esta de 'El País de los Granos de cebada', o la de los hijos escondidos de Eva, entreveradas con la voz enigmática y distante de Yahvé desnortando a un patriarca  incapaz de vivir la verdadera vida de la imaginación, encerrado en su mundo inquebrantable y ajeno a cuanto no sea ese eco tronante de un dios escondido allá ¿dónde?. “… no sabía relacionarse con el mundo / era como si entre él y las cosas se levantara un muro, el muro de los prejuicios, de sus obligaciones, de sus creencias, un muro en el que estaba preso”.

 

En No hay amor en la muerte un avejentado Isaac repasa cuanto ha vivido al lado de quienes va trayendo a escena el quehacer cotidiano para conformar su manera de entender la complejidad de aquella vida nómada no carente de encanto y dispuesta, con cualquier disculpa, al disfrute. Martín Garzo envuelve el relato en delicada sensualidad para goce de los sentidos. Y aparecerá Agar, esclava, concubina, hechicera, alegre y misteriosa, aire fresco y libre; es la modernidad: ”hombres y mujeres guardaban en su interior un cuerpo atado, …, un cuerpo con un sexo distinto del suyo que sufría porque no le dejaban manifestarse”. Sara, niña, joven, esposa, anciana; su belleza arrastró al iluso faraón. Estaba cansada de las ausencias de su esposo Abraham “y de que para él solo existiera aquel dios extraño al que servía y que no le dejaba un solo momento de paz”. Y Abraham, en manos de un destino contra el que era inútil revolverse; tal vez eso agrió su carácter. Y los hermanos Ismael e Isaac. Y … Todos, alojados en tiempos bíblicos.   

 

 

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 Novela o largo poema dispuesto en versículos separados por cesuras que marcan las pausas para tomar aire y pueda respirar un viejo Isaac en su continuado relato. Martín Garzo explora como pocos en el sentimiento amoroso. Posee la habilidad del prestidigitador, del mago que traslada al lector a adentrarse y (con)vivir con quienes de modo inesperado van apareciendo en la obra. Erotismo lírico y emocionante en la voz de las mujeres, ingenuo en la mirada de los niños. “Paloma mía que anidas en las hendiduras de las rocas, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar  tu voz, porque es muy dulce tu voz y es hermosa tu figura”. Tan próxima a la poesía mística, tan lejana de la inmolación sacrificial de un hijo.

 

  Acaso en esta novela-poema de Martín Garzo vengan a confluir numerosos elementos de su toda su obra anterior conformando así una pieza maestra y fundamental en el recorrido literario del autor. Los libros eligen a sus lectores; dan la razón a cuantos confían en ellos. Y este gana en confianza.

 

                                                                  

 

 

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