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Ángel Alonso Carracedo
23/03/2017

Eterna dualidad

 

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Coinciden estos días en las carteleras cinematográficas dos películas perfectamente contraprogramadas para resucitar el mito de la Bella y la Bestia. Una, se atiene al guión original del cuento, en clave de fantasía, de dos atributos tan del ser humano. 

 

Responde en su título perfectamente a las acotaciones de los conceptos, y es evolución de la historia con actores de carne y hueso de otra anterior en dibujos animados de la factoría Disney. La otra, es la enésima versión, en clave mucho más alegórica, del gigantesco gorila King-Kong, subyugado por una estética de belleza femenina arquetípica y rompedora con los monstruosos y hostiles cánones de su entorno, donde la fuerza bruta es el auténtico motor de la supervivencia.


 
Ambas pusieron y ponen de relieve que un mito literario alumbrado en la Grecia clásica tiene, como otros muchos, un recorrido por delante cuyo final no se acierta a adivinar ni en la más larga noche de los tiempos, si bien se ha ido adaptando a los modos y costumbres de las distintas épocas. Es una energía introspectiva que, como tal energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

 

Dicen las crónicas que el argumento actualizado  de esta apasionante dualidad nació en la Francia de la Ilustración, por obra y gracia de los cuentos de dos autoras: Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve y Jeanne Marie Leprince de Beaumont. No parece casualidad que beldad y bestialidad sean juicios de valor narrados por mujeres, aunque también muchos hombres los han sondeado. Aluden a sensaciones y emociones que han sido habitualmente mejor refrendadas por la sensibilidad femenina desde las facetas comprensiva y explicativa, quizás por ese sexto sentido intuitivo del que pueden presumir con justicia. Y también, sin intentar llevarlo a los movedizos territorios del sexismo, porque uno, la belleza, se personaliza en ellas, y la brutalidad, como instinto, está más identificada con lo masculino.

 

La parábola actual de la Bella y la Bestia se ha simplificado sobremanera. Los tiempos modernos han parcelado estándares hasta una simplificación casi absoluta. ¿Qué es hoy un ejemplo de belleza? Miremos a esa ventana al mundo que es la televisión. Cuerpos perfectamente cincelados en dogmáticas medidas de ciencia exacta, caras maquilladas hasta la más aberrante de las artificiosidades, trucajes fotográficos con  pretensión de falsa estética. Y dinero, mucho dinero, cuanto más, mejor. Un gordo es intrínsecamente feo. Un atavío pasado de fecha, y sin el garabato de una firma de moda, es una apología de la horterada. Una afición excéntrica es una locura de ‘friqui’. 

 

Desterrados por insolvencia han quedado valores tan atractivos como el altruismo, la compasión, la solidaridad, la honradez, la coherencia, intangibles que revisten de estética humana los escenarios y cuerpos más deformes. Las armas sutiles que terminan conquistando el mundo y magnificando a la persona.

 

De lo bestia, ¿qué se puede decir? Aquí es la suma de televisión y redes sociales. Una sombría simbiosis de sinrazones en etapa imparable de crecimiento. La bestialidad actual, contrariamente a la belleza, es una violencia enfundada en mil ropajes, desde la fuerza bruta sin más razón que inyectar miedo y terror en ciudadanos pacíficos ansiosos de tener la fiesta en paz, hasta el comentario ácido y ofensivo revestido de maneras dialécticas de guante blanco; ese hipócrita tirar la piedra y esconder la mano, con el que se pretenden sembrar las nuevas verdades atiborradas de sentimientos maniqueos. 

 

Las dos películas encierran diferentes finales, pero aúnan un mismo mensaje. En la de Disney, el epílogo feliz es la conversión de la bestia en un ser bondadoso, por la influencia de otro ser; éste, bello por dentro y por fuera. Deja en el olvido un pasado escabroso, retraído, viviendo en la aterradora soledad de lo diferente. Sugieren un umbral de futura complicidad comiendo perdices sin parar. No lo olvidemos, es un cuento. La del colosal simio transmite un halo de tristeza con su muerte, pero con la grandeza de perseverar en su conquista hasta su fatal destino. Una épica que hoy se interpreta en clave de romanticismo inútil. No lo olvidemos, es una parábola.


 
La Bella y la Bestia cuesta imaginarlos ahora como punto de partida conceptual. No sería disparatado pensar que, tras una observación atenta y desapasionada, podrían intercambiarse papeles dominantes a favor de la segunda.

 

La impresión es que ya domina el escenario.

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