Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/11/2017
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Aidan Mcnamara
29/03/2017

La identidad (pormenorizada (sin ablación) en siete estampas ridículas para despedirme de mis terroristas más queridos)

 

[Img #28147]

 

 


 

Los lunes soy italiano y sintoísta, aficionado al cine finlandés. Como pasta dentro de un coche japonés con mi servilleta de Benetton y le explico a mi hijo que he tardado ocho mil siglos en acordarme de no confundir a Aki Kaurismäki con Akira Kurosawa mientras él se disculpa por las prisas: tiene que dejar sus lecturas sobre las obras de Mishima y Simone de Beauvoir para comulgar con El Rubius vía su Smartphone Nokia.

Ciao.

 

Los martes soy irlandés retro-hipster y católico (valga la redundancia aguada) y me dedico a beber cerveza de lúpulo, mientras rezo el rosario (una pinta tras cada diez avemarías, un chollo,) con Ian Gibson, quien me explica que se ha nacionalizado español para sacar fotos de autobuses con penes y vulvas, cosa que no podía ver en su infancia, y porque le habían dicho que un condón no sirve si estás mojado por el sudor de un cura. Ahora colecciona paraguas. Cada uno tiene versos de Lorca pintados en sus pétalos y son comestibles. Sabor a fino frío y bigotes de Dalí.

Slán.

 

Los miércoles soy ruso y musulmán. Saco la brújula cinco veces al día antes de comerme un kebab (sis o doner) porque echo de menos a mi hermana que trabaja con el frente Polisario en Tindouf. Es médico y me dice que su ambición es convertir la música en una fe increíble. Su sueño más erótico ha sido una imagen conmovida, un travelling de Alex (cutre-fácil-tunante) de la Iglesia desnudo en un templo de Utah siendo paulatinamente aplastado por la belleza de la quinta de Shostakóvich dirigida por el dios de los peluqueros, Leonard Bernstein.

Прощай.

 

 

 

Los jueves soy alemán y budista. Hago la colada en una lavadora de gran tecnología punta fabricada por los herederos de Hermann Hesse en Corea. Mi perro, Siddhartha, me mira con ojos de paciencia y resignación porque no pilla mis chistes. Le digo que nada más acabar con mis tareas domésticas le sacaré con la gürtel. Es un perro salchicha y, como no podía ser de otra manera, no se parece en absoluto a Richard Gere. Está sin blanca.

Le quiero con locura porque nadie no canino me quiere por lo que no sea. (¡El budismo es la leche!) Pero soy resistente y eficaz. Incluso me ducho sin agua (ni siquiera con la pesadilla del zyklon B) al son de Bach y los aforismos de Goethe.

Tschüss.

 

Los viernes soy Botsuanés y hindú, afincado en Londres (antiguamente la sede europea de Carlos Marx, Sigmund Freud y Elena Ochoa.) Estoy acabando mi tesis doctoral sobre Nelson Mandela y el color blanco. El color blanco en mi barrio natal es el símbolo de la muerte porque representa el hueso sin carne. Mi director de tesis, que lleva un Rolex tamaño cuenta de Panamá, es un buen corredor, pero piensa que el Kama Sutra es un club de bukake en Westminster. Seguro que en una vida anterior era un pulpo. Sin embargo, no quiero encasillarle. Respeto la ilustración, incluso la gaita escocesa.

Bye. Bye.

 

Los sábados soy judío y español, en versión original casi paneresca, (de los Panero, que mueven casi toda la economía emocional de Astorga, gracias a Carmen Polo.) Salgo a dar un paseo con mi mujer Isabel y mi bastón, Fernando, por las calles de León para tomar el vermut. Cuento chistes en el bar. Todos los intelectuales que aún quedan vivos se ríen cuando confundo al padre Ángel con Gustavo Bueno. Pero, siendo yo ciego de nacimiento, les parece una ocurrencia feliz y me invitan a otra copa. La tapa de cecina poco kosher es una gloria con tabú. Me recuerda a mi papá. Siempre me dijo que para evitar el mal había que conocer el pecado. Mi clínica no va bien porque el psicoanálisis, (palabra muy graciosa entre la comunidad gay en Siria), en España, lo monopolizan los taberneros.

שםלו.

 

Los domingos soy yo. Un chino agnóstico bailando en las Malvinas. O quizá no. No lo sé. Me da igual (y nunca mejor dicho). Descanso mucho al dejar de preocuparme por quién(es) me defina(n). Las etiquetas de identidad son tan frívolas como la necedad que pretende calibrar la existencia por el pasaporte o por las épocas o por la(s) lengua(s). O que mandan clasificar a un ser humano por su oficio o por las lesiones sufridas  mediante los adoctrinamientos no deseados de la niñez. Como confundir la fe con la justicia. O la inteligencia con la compasión. Una vida digna empieza con la barriga llena. Y sigue por la coña del pensamiento que reta a Dios, un cigoto mal formado por el miedo a la muerte.

再见

 

Ahora voy a cantarme un fado compuesto en Yakarta por un cheroqui trans. Besos. Y desconexión de las bobadas atávicas.

مرحبا

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