Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 20/09/2017
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Lala Isla
2/04/2017

Los 'topos' aún ocultos de la guerra Civil en Astorga

Lala Isla viene trabajando en un libro sobre la Guerra Civil en Astorga con los recuerdos de su madre, Ángeles Ortiz de la Fuente, y de su padre, Alfredo Isla García, que ayudará a comprender las mentalidades y la invención de una realidad por parte de los golpistas y las vidas no lloradas de los perdedores y represaliados. Publicamos aquí en cuatro entregas uno de los capítulos de ese potencial libro que debería dar que hablar.

 

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Hace unos años, antes de leer la pequeñísima noticia en El País que decía: 'Astorga le pide a Garzón ayuda para investigar su fosa común' y que me empujó a investigar lo que había sucedido en esa ciudad  y en La Bañeza durante la Guerra Civil, en uno de los viajes que hice al lugar donde nací iba por la calle con Mercedes Unzeta cuando nos encontramos en la plaza de Santocildes con un señor que la saludó. Ella hizo las debidas presentaciones añadiéndome la explicación de que era el dueño del Museo del Chocolate. Le comentamos que acabábamos de estar allí, donde habíamos visto una exposición de fotos y lo mucho que nos habían interesado. Se trataba de industriales astorganos y sus familias a principios del siglo XX. Él sacó entonces un sobre que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y extrayendo algo de él nos lo mostró con sonrisa pícara diciendo: “mirad, una foto de los astorganos republicanos”. 


Yo quedé pasmada mirando a unos señores decimonónicos, bien trajeados, con bigote y  sombrero, posando ante la cámara sentados en sillas. Los miré atónita pues exceptuando a Leopoldo y Juan Panero, a Ildefonso Cortés Rivas -el jefe del Centro de Higiene- y al alcalde Miguel Carro Verdejo, –éstos dos últimos asesinados por los golpistas-, nadie había mencionado nunca en casa que alguien conocido o amigo de la familia se hubiera decantado por La República, siempre se referían a una masa llamada ‘obreros’, pero los hombres de la foto no tenían aspecto alguno de haber llevado jamás monos y alpargatas. Seguidamente le pregunté a ese señor por qué no había mostrado en la exposición fotos de los años treinta o de la guerra, le sugerí que, por ejemplo, podía haber mostrado un material referente a lo sucedido con el chocolate y el racionamiento. Él me sonrió enigmáticamente pero no dijo nada. ¿De qué tiene miedo? Le comenté luego a Mercedes, han pasado tantos años, y por lo que me contaron mi padre y mi madre en Astorga no hubo guerra. 

 

La foto de los republicanos fue la llave de mi caja de Pandora: ¿Quiénes habían sido esos hombres? ¿Por qué nadie me los había mencionado nunca? ¿Qué relación tuvieron con mi abuelo materno? Mi sorpresa habla por sí sola de hasta qué punto se había impuesto un silencio que yo relacionaba por primera vez con  mi familia y hasta qué punto también habían funcionado en ella los mecanismos psicológicos de defensa ante la magnitud de lo callado. Aunque la foto me aguzó la curiosidad por conocer más no me sentí de ninguna manera acuciada a investigar, ni entonces ni cuando hablaba con Mercedes de las enfermeras asesinadas en Somiedo. Mi madre, enfermera también durante la guerra, fue la única de Astorga que tenía el título profesional porque le gustaba un chico que vivía en Valladolid, donde lo sacó, y no había seguido, como las demás, un aprendizaje rápido cuando se dio el golpe de estado. Se salvó de milagro porque le tocaba ir en el segundo turno, después de Olga Pérez Monteserín, Octavia Iglesias y Pilar Gullón, y lo retrasaron. Si hubiera ido cuando le correspondía habría sido una de las asesinadas y no su íntima amiga Olga, y yo no estaría escribiendo esto. Ahora estoy convencida de que a pesar de mi interés en la Guerra Civil tenía asumida una negación interior transmitida de forma subliminal –no verbalmente-  por mis más allegados aunque estoy segura que de haberle preguntado algo en concreto a mi madre me lo habría explicado. Pero para adentrarse profundamente en el espacio de las preguntas hay que  saber más de lo que yo sabía, algo de lo que no fui consciente hasta mucho después.

 

 

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Al investigar vi que lo explicado por mi madre y mi padre sobre la guerra en Astorga y La Bañeza había funcionado de modo similar a una educación religiosa en la cual te entrenan a suspender el raciocinio y el sentido común que, sin embargo, se aplican a la vida y al resto del conocimiento. Mi padre me había dicho: “En Astorga los nacionales fusilamos (el plural era por pertenecer a ese bando, no por estar en el pelotón) a no sé cuantos pero en La Bañeza no hubo resistencia al ejército de Franco. Fusilaron a doce de los cuales dos o tres serían malas personas pero los demás no habían hecho nada. Después de eso todo se tranquilizó.” Mi padre –algunos siguen hablando igual- catalogaba a la gente de ‘buenos’ o ‘malos’, los buenos van al cielo y los malos al infierno, como ha hecho siempre la Iglesia Católica antes de que el Papa Ratzinger dijera que el infierno no existe. ‘Envenenado’ es otro adjetivo muy usado también por mi padre –aparece en las publicaciones de la época- para describir a las personas que pedían justicia social transformando el ansia de derechos humanos en un malsano lavado de cerebro. Hoy sé bien que en las zonas donde no hubo guerra hubo una represión feroz. 

 

Entre las cosas que miré al principio tratando de hallar respuestas, una fue la web de Jose Cabañas www.jiminiegos36.com donde no sólo encontré información sobre la fosa de Izagre, donde habían sido enterrrados bañezanos, sino que ante mi enorme asombro también citaba ¡un ‘topo’ escondido por varios años en La Bañeza! Al leerlo sentí nauseas y un malestar profundo que me duró varios días ya que todo ello demostraba que la versión de mi padre sobre lo sucedido allí durante la contienda era más que dudosa. Cuando él habló de los doce fusilamientos yo tenía que haber pensado que si no había sucedido nada, como él decía, ¿por qué habían matado a doce personas? ¿Quiénes los habían matado? Todo ello estaba cubierto por una nebulosa de silencio a la que yo también, me daba cuenta por primera vez con sorpresa, había contribuido. Luego sabría que fueron muchos más los asesinados, unos setenta en la circunscripción bañezana, y no sólo los mataron enseguida, después del golpe de estado, sino meses después. El que hubiera habido un bañezano escondido durante varios años demostraba la existencia de una represión lo suficientemente dura como para aterrorizar a republicanos acuciados por la necesidad de quitarse de en medio. Sé por Jose Cabañas que hubo al menos otro --Eugenio Teodoro- que regresaría de la guerrilla en 1945 y estuvo escondido dos años. Fue detenido en Madrid y asesinado a garrote vil en 1954. 

 

La existencia del ‘topo’ me llevó a pensar en la posibilidad de que ese hombre hubiera podido sentirse amenazado por alguien de mi familia, lo que me  sobrecogió  pero rechacé, no tenía indicios de que alguno de mis tíos, o mi padre mismo, hubieran participado activamente en la ‘defensa’ de la ciudad. Lo que siempre contaban con horror era la huida de mi abuela por las huertas detrás de las casas de la calle Astorga, donde vivía, cargando las joyas y los cubiertos de plata en bolsas hechas por ella donde las guardaba, pero eso había sido, explicaban las tías, cuando los camiones de mineros con armas pasaron por La Bañeza inmediatamente después del golpe de estado. Considerando su manera de pensar la reacción no era demasiado ilógica. Luego me enteraría de que esos mineros llegaron para impedir el triunfo de los golpistas y la famosa huida de mi abuela no tenía nada que ver con ellos. 

 

 

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Entre las preguntas que me hice al conocer la noticia del ‘topo’ una era: ¿Hasta qué punto mi padre sabía o ignoraba lo sucedido? Si él marchó enseguida al frente como voluntario, alguna vez regresó de permiso a La Bañeza de modo que tuvo que enterarse por fuerza de lo que había sucedido durante su ausencia. Oiría sin duda hablar del ‘topo’, miembro de la familia Alonso Ruiz, cuya casa estaba un poco más allá de donde vivían los Isla, y su tienda de zapatos prácticamente enfrente de la ferretería de mi abuelo Benigno, todo en la calle Astorga. Una de las hermanas del topo acabó fusilada y enterrada en la fosa común de Izagre pero jamás supe de su existencia, ni ella ni su hermanos entraron en los relatos de mi padre y mis tías sobre la Guerra Civil pues tratándose de atrocidades, quienes las habían sufrido eran los golpistas y los únicos que parecían haberlas cometido eran ‘los rojos’.

 

 
En el último viaje que había hecho a Astorga, cuando aun 'estaba en Babia' de todo este asunto, le pregunté a Martín Martínez, el entonces Cronista Oficial de la villa, por qué no se dedicaba a investigar el periodo de la Guerra Civil dado que ya no quedaba mucha gente que lo vivió, y su respuesta fue la siguiente: “Sí yo hago preguntas, pero me contestan: no sé nada, aquí no pasó nada y, sin embargo, en el cuartel de Astorga hubo unos 4.000 prisioneros”. ¿Cómo podía haber habido esa cantidad de presos en Astorga si su cuartel –Santocildes- estaba lleno de soldados y oficiales franquistas que iban y venían de los frentes? ¿En qué condiciones horrorosas de hacinamiento tenían que haber estado? Porque si ello había sucedido a lo largo y ancho de todo el país, Astorga no tenía por qué ser una excepción. Yo le oí a mi madre un solo comentario sobre los prisioneros republicanos dicho con pena y vergüenza: “a los pobres presos les hacían hacer carreteras en Maragatería” pero nunca  mencionó que los hubiera en el cuartel y yo pensé que se refería a los presos de la cárcel del partido judicial situada en la muralla. 

 

 

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Del cuartel, que mi madre visitaba a diario en calidad de enfermera, lo único que dijo se refería al ejército golpista: “Llegaban los chicos del frente al hospital medio muertos y nosotras, las enfermeras, íbamos al cuartel a ver como estaban, a curarlos. Para mí lo peor era ver que el médico jefe enviaba a los enfermos al frente sin curarse del todo para ponerse medallas y los chicos no podían ni llegar porque estaban todavía muy enfermos. No les había dado tiempo a recuperarse. Horrible, horrible." ¿Había habido, pues, un hospital improvisado en el cuartel además de una cárcel? ¿Quién había sido el Jefe de Sanidad de la zona? ¿Fue el mismo que le dijo a mi tío Pablo Pardo -oculista- al que habían nombrado con anterioridad Jefe de Sanidad: "Me interesa tu trabajo y si no dimites te denuncio?" Esto me lo contó también mi madre.


Lo poco que conocía de los años de la guerra en La Bañeza y Astorga rezumaba un tufillo bastante frívolo. Según mi madre y tía Coral pasados los primeros momentos de incertidumbre después del golpe y de dolor por la muerte de Olga, la guerra había sido un motivo más de pasárselo bien ya que el frente estaba muy lejos y la presencia constante en Astorga de los oficiales que se habían unido al ejército golpista como alféreces provisionales -“chicos estupendos, con carrera”- daba motivo a organizar bailes y otras actividades sociales. No se podían hacer en el casino por las restricciones de la guerra pero sé que en casa de mi abuelo materno se celebró algún sarao. Ninguna de mis dos familias sufrió el trauma de otras que perdieron hombres o mujeres jóvenes. 

 

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