Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/11/2017
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Claro García
6/04/2017

El Asturic

 

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Cuando el viento sopla del Norte y el mundo se derrumba; cuando ya no suenan los teléfonos y los días se hacen más cortos y la angustia más larga; cuando la luz se vuelve más oscura y los amigos se van para siempre, siempre regreso al Cine Asturic.

 

Todo lo que sé del valor, la lealtad, la amistad y el amor lo aprendí en la sagrada pantalla del Asturic. En sesiones de cuatro treinta, siete treinta y diez treinta, sobre butacas de madera que crujían como el velamen de un viejo barco, el mundo desaparecía cada vez que el proyector se ponía en marcha y los niños podíamos ser lo que siempre soñamos ser: piratas, pistoleros o legionarios romanos.

 

Todas las vidas que uno puede vivir las viví en el Asturic. De aquel pequeño cine de Astorga salí ya vivido y convencido de que el mundo sería mucho mejor si fuese como era allí dentro: sencillo y honesto. En color o en blanco y negro, mis amigos y yo aprendimos con John Wayne, con Gregory Peck, con James Stewart o con Tony Leblanc que la amistad es sagrada, que el humor nos hace libres, que morir con las botas puestas era la mejor forma de caer y que más allá de la puerta del Asturic estaríamos siempre solos frente al peligro en un país que en aquellos años era un revuelto de curas, de frío y de abrigos militares.

 

Astorga, perdida en el espacio, giraba como un planeta muerto alrededor del cine, uno de los escasos soles que calentaba nuestra infancia. El Asturic nos dio vida, luz y calor a toda una generación. Allí aprendimos por vez primera lo que significaba atravesar la puerta de un cine. Probablemente lo mejor de nosotros nació en esa oscuridad que olía a pipas y a caramelos de nata y que era interrumpida bruscamente por un rayo repleto de vida que hacía estallar sobre la pantalla historias que de una u otra forma siempre terminaban hablando de nosotros.

 

Estoy hecho de aquellas primeras historias que consiguieron que mi mundo fuese aún más mágico. Las gélidas tardes de Astorga ya lo eran, pero la magia se multiplicaba cuando atravesabas la puerta del cine y, aún con nieve en los zapatos, te veías de pronto bajo el sol del desierto de Arizona o en los mares del Sur o en el Kilimanjaro o perdido en lo más profundo de la selva.

 

Uno es lo que sueña, y yo todavía sueño con el territorio mágico de aquel cine que alimentó nuestros deseos. A veces me detengo en la calle Rodriguez de Cela frente al lugar que ocupaba el Asturic y oigo dentro los aplausos de los niños cuando llegaba el Séptimo de Caballería. Mi corazón cruje de nuevo como aquellas viejas butacas.

 

Por eso cuando los malos vientos soplan del Norte y el mundo se derrumba y no suenan los teléfonos y los días se hacen cortos y la angustia larga; cuando la luz se vuelve oscura y los amigos se van y ganan los malos en la torpe película de la vida, siempre regreso al Asturic. Es probable que Astorga sea lo que es hoy gracias a los cines que tuvo, y que el mundo real siga estando dentro de cines que ya no existen y a los que se accede por esa puerta que todavía hoy muchos seguimos buscando. La desaparecida puerta mágica del cine Asturic.

 

 

 

 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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