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Sol Gómez Arteaga
6/04/2017

De qué hablamos cuando hablamos de Semana Santa

 

 

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En un bar de mi pueblo el sábado cuatro de febrero la mujer que se parece a Meryl Streep pero que no es Meryl Streep, aunque como la actriz, vive en el extranjero, se acerca a saludar y explica que ha venido a dar un refresco por la festividad de las Candelas, emplazándonos -en calidad de cofrade de otra cofradía de Semana Santa a la que también pertenece- para un próximo refresco que tendrá lugar en abril. Al irse deja una estela de perfume francés, ¡Qué embriagadora  es la belleza y el glamour!, y a mí pensativa.

 

Sí, confieso que escribo este artículo para intentar aclararme en la maraña que tengo en torno a eso que la Iglesia ha dado en llamar la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Y para ello  no me queda más remedio que tirar del hilo de los conceptos. Así encuentro que pasión, que procede del vocablo latino ‘passio’, significa sufrir o sentir, y en el caso que nos ocupa, alude al vía crucis que hizo Jesús portando la cruz hacia su martirio. Sigo tirando de la hebra y veo que a la Semana más Santa del año le precede la Cuaresma, que arranca con la imposición de la ceniza el miércoles de ídem, -polvo somos y en polvo nos convertiremos-, y que simboliza los cuarenta días que Jesús estuvo penando en el desierto, motivo por el que la Santa Madre convoca a sus fieles a un período de penitencia, de abstinencia, de reflexión, de ayuno. Pero en este desenrede de madeja me encuentro que inmediatamente antes de la Cuaresma tenemos el Carnaval, fecha ésta en que revestidos de otro que no somos nosotros damos rienda suelta al exceso, al desenfreno, a los placeres de la vida y de la carne. Aquí me paro.

 

El panorama descrito y la observación de la realidad me llevan a considerar que durante casi dos meses asistimos a una serie de ritos que son expresión y explosión de dos emociones irremediablemente enfrentadas, opuestas, irreconciliables, en lucha permanente. Placer y displacer, goce de los sentidos y recato, dolor y alegría, recogimiento y desenfreno, silencio y jolgorio se suceden estos días y hasta se simultanean en un juego de espejos que como los de aquel Callejón del Gato descrito por Valle Inclán tienen un punto de irreal, de esperpéntico, de esquizoide. Así, lo mismo nos procesionamos en perfecto silencio que jugamos a las chapas bajo la idea de que Dios no nos ve, o enterramos, entre efluvios de orujo y versos burlescos, al más pendenciero, putón y verbenero de nuestros paisanos. O leemos poesías en los bares el Viernes de Dolores.

 

Cierto es que el rito, definido como acto religioso o ceremonial, repetido invariablemente en cada comunidad cultural parece necesario para sacarnos de la rutina, del tedio, del aburrimiento, de la monotonía, de la cotidianidad más cotidiana, para hacer, como le dijo el zorro al principito, un día diferente de otros días. Pero de nuevo la observación de la realidad y la experiencia en las carnes propias, me hacen pensar que en lo que a la Semana Santa se refiere asistimos a una desmesura del mismo. Hace unos años en Sevilla el intento de acercarme a la más devocionada de las vírgenes, la Macarena, que estaba a punto de salir en procesión, por poco me cuesta la agresión de un cofrade custodio y bastante histérico.

 

Ello me lleva a plantearme una serie de interrogantes:

¿Qué hay detrás de esa puesta en escena, negro sobre morado, de impolutas túnicas y capirotes?

¿Qué detrás del eco ominoso de tambores?

¿Qué detrás del simulacro del duelo, la aparente pena, los fúnebres pasos?

¿No es la devoción un sentimiento íntimo, intestino, hondo, personal, profundo y privado que no necesita de dominios y mucho menos de espectadores?

¿No es la fe una forma de ser y de estar en el mundo más que de parecer?

 

No sé, me da por pensar que a la mujer que se asemeja a Meryl Streep pero que no lo es, la guía más el deseo gregario de pertenecer al grupo, al rebaño a la manada, que cualquier otro deseo. También el de figurar, destacar, destacarse.

 

Seguiría tirando de la hebra, desenratando la madeja y tal vez surgirían otros interrogantes, pero se me acaba el espacio de esta columna y dentro de un rato he quedado para matar judíos.

 

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