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Ángel Alonso Carracedo
6/04/2017

El puzle inverso (Antonio Martínez)

 

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La existencia de cualquiera es como una cadena de puzles con los variados motivos que la llenan. Uno de ellos puede conformar la imagen de las personas que nos rodean. Este rompecabezas está compuesto por fichas de familiares y amigos, como protagonistas, junto a otros actores de reparto que, sin las emociones del afecto y la cercanía, guardan en el acervo propio otras experiencias. Los primeros ocupan el núcleo de ese cuadro o paisaje. Los segundos se sitúan en los bordes y vértices, más alejados, pero nunca fuera del foco de una fotografía troceada de las vidas de cada uno en interacción con sus semejantes.


Lo habitual es que en este juego retentivo, paciente y perspicaz, se parta del revoltijo de fichas para ir recomponiendo el todo. En la metáfora que propongo, el modelo se nos da plenamente compuesto y las circunstancias obligan a retirar fichas, dejando en el gráfico huecos que ya no se pueden rellenar. Son las personas que – piensen en la muerte- dejan su espacio libre, grande o pequeño. Rompen, cierto, la uniformidad de ese rompecabezas alegórico, pero jamás su esencia. El vacío queda relleno de una capa de memoria.


Me pasa algo similar con mi particular puzle de astorganos. A estas alturas, está incompleto, por supuesto. Faltan fichas que se han quitado dolorosamente, porque este collage nació lleno de óptimas sensaciones hacia los personajes de sus cuadrículas. Algunos más intensos emocionalmente, otros menos, pero todos, de una forma u otra, están ahí en primero, segundo o tercer plano.  Son un formidable guión de mi intrahistoria. 


En esas cavidades del puzle vital hay personas con las que, a lo mejor, no he intercambiado más de tres palabras en mi vida, pero ocupan el espacio de una anécdota o de un recuerdo fresco, pues resultó imborrable, por simpático o enternecedor. Se me presentan lejanos en un sentimiento como la amistad, pero me transmiten en diferido la calidez de un lugar tan querido como Astorga y sus aledaños. Resultan evocaciones de la niñez, una etapa vital, que no sabe de razones sociales para aceptar o rechazar a las personas, sino que sucumbe a la química de un gesto o una carantoña, quizás de una palabra que te hace reír a carcajadas, y se atornilla para siempre en las neuronas de la memoria, asociada a un perenne derecho de autor. Sólo por eso, ya conquistan su casilla.

 
Mucho de esto siento con el fallecimiento de Antonio Martínez, 'El Jamonero'. Nunca fue un personaje de mis distancias cortas, de mis afectos más a flor de piel. Si alguna hubo, puede que no más de dos o tres conversaciones, y siempre breves; una de ellas, en su salsa, en esos conocimientos profundos de la antropología maragata a propósito de las leyendas culinarias y folklóricas del cocido de la tierra. 


No fue nunca una relación dialéctica. Se concentró en otros sentidos. El de la vista se posó en el orgullo de maragato ataviado como tamboritero en los bailes de Astorga y otros pueblos, emitiendo el mensaje de la lucha sin cuartel por las profundas raíces de uno, ignorando modernismos supuestamente redentores. También hay lugar para el olfato, éste más entrañable, y era el aroma que emanaba de su comercio a la calle. Cuando niño, más de una merienda de pan con sucedáneo de chocolate o con mantequilla y azúcar, en despreocupada y alocada pandilla, se consumía por aquellos alrededores para soñar, por vía pituitaria, con un suculento e hipnótico bocata de jamón.  

                    
Tampoco faltó el intercambio comercial más clásico: el de comprar y vender. Allí iba, al final de cada estancia en Astorga a nutrirme de sus chacinas para guardar los sabores de la tierra en la larga travesía invernal.  Entre elecciones de producto y envasados al vacío, siempre había lugar para una pequeña cata de jamón y un enjuague de vino peleón, en inmenso tetrabrik,  que hacía más llevadera la espera de tan sentimental avituallamiento.


“El Jamonero”, Antonio, me transmitió cercanía de esa manera. Su apodo se identifica hoy con un cuchillo afilado y cortante, apto para disfrutar en el paladar de finísimas y sabrosas lascas del divino pernil. Yo prefiero asociarlo al de una persona que ejerció de maragato sin dobleces proclamando el orgullo de su raigambre. Tenía, conjugo en pasado, su ficha en mi puzle.
                                                                                                               

  
        

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