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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
11/04/2017

La noche "serenamente perfumada de femineidad"

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En la noche del Lunes Santo, la Cofradía de las Damas de la Piedad recorrieron las calles del centro de Astorga procesionando la imagen que da nombre a la hermandad. Salía del Santuario de Nuestra Señora de Fátima para concluir con el canto del 'Ave María'. Completamos la crónica con un texto del escritor Miguel Ángel González y un poema de Carmen Conde.

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La noche del lunes, está serenamente perfumada de femineidad. Una recia y valiente femineidad que es siempre cercanía en los momentos amargos, decisión en las pruebas, ilusionado esfuerzo por llenar la vida de esperanza. La más joven de las cofradías de la Semana Santa astorgana, es una cofradía de 'damas' que se arraciman en torno a una talla de la Piedad, barroca, que recibió culto en Valdeviejas, a dos pasos de la ciudad y que desde la vieja iglesia de San Julián hace el recorrido tradicional de los desfiles de Pasión, enseñando, con su Hijo en brazos, muerto y roto, como si fuera un libro abierto, escrito con sangre, una lección de sosiego frente a la intolerancia, de ternura frente al desamor, de esperanza frente al vacío de no saber por qué vivir... 

 

Miguel Ángel González. 'Semana Santa Astorga', libro editado por la Junta Profomento en 1996

                                                                                            

 

 

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El dolor de María por su hijo es un poema de Carmen Conde incluido en el poemario ‘Mujer sin Edén’ (1947) del que comenta María Jesús Soler Arteaga: “ la mujer eterna es el centro del poema y el sujeto que a la vez narra y protagoniza la acción; una mujer eterna escindida en varias voces hipostasiadas que remiten a la misma voz a lo largo de los cinco cantos en los que está dividido el libro.”


Es en el canto cuarto donde la voz de Eva se transforma en la de María, las voces antagónicas de las dos figuras bíblicas que representan el bien y el mal. En este canto se une el dolor de María por la muerte del hijo y el dolor de Eva, que recuerda a Adán cómo perdieron el alma y el Edén. 

 

 

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El dolor de María por su hijo


Cansada estoy de ver que sangra sin que nadie
restañe sus fluentes venas por el odio.
No brillan sus cabellos, la risa de sus labios
no es hoy la pura flor que fue, es todo herida;
piedra negra, lodo duro, cieno en su figura
pugnando hasta la impávida cabeza
de luz encima de la luz.
Pestilente marea humana que no quiere su amor
ferozmente golpea
la carne que es de Dios, que es de lumbre.

Gotean de mis ojos unos cielos que a deshora
conocen acercarse provistos de azucenas
aquellos que en sus ciénagas se alojan.

Ahíta de resuellos junto al madero fresco,
no entienden su palabra.
¡Un Hijo del Espíritu de Dios ha de arrastrarse
delante de jaurías que no cejan!

¡Oh Tú, Señor! Soy tan pequeña
que en mí no cabe tu grandeza íntegra.
Defiéndeme del Mal, recuérdale: es tuyo.
Hijo de la Tierra por el Cielo que la busca
lavándola sin diluvio: con una fuente única
volcándola al Varón que ha sido Verbo…

                                                    Carmen Conde

 

 

 

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