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SEMANA SANTA
Redacción
14/04/2017

"La carrera es el supersónico de los pobres"

San Juanín y toda la comitiva de pasos que cada mañana de Viernes Santo suben la cuesta de la carretera de la Estación para protagonizar el Encuentro y la carrera. Al público que este año se congregó en la Plaza Mayor se le encogió el corazón con el traspié de San Juanín cuando corría en busca de la Madre. Continuamos la crónica con el texto escrito para Radio Popular en 1962 por su director, Esteban Carro Celada.

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El siguiente texto de Esteban Carro Celada es un fragmento del emitido en Radio Popular de Astorga, el Viernes Santo de 1962 bajo el título ‘Figuras Populares. San Juanico la Carrera’

 

“San Juanico la Carrera ya vuelve a tomar el camino de ‘El Calvario’, hasta que llega a la Plaza. Y cuando por la calle del Ángel entra, se encuentra casi asustado, porque a su paso los comentarios crecen y crecen -¿Habéis visto en el teatro de marionetas, cómo los niños aisan a Pirulo de la presencia de la bruja? Aquello es cuento, esto es realidad religiosa-. Los niños y los mayores llaman la atención de San Juan, con su pelo juvenil. Y él no bandea de aquí para allá, como captando la noticia. Hasta que a la esquina del Ayuntamiento, junto a casa de Amador ha mirado de rabillo y se encuentra con que Jesús aparece con la cruz de millones de kilos al hombro. Es la gran noticia. La noticia dolorosa. Pero aún así la Virgen debe saberlo para que se claven más hondo los cuchillos. Y San Juanico hace la reverencia a Dios, al Jesús de la mirada honda y sin preocuparse de si es santo o no, de si va en y si alguno le va a llamar informal, comienza a correr. Es la prisa. La carrera es el supersónico de los pobres. No, no está loco, ni tampoco huye de un policía de tráfico. Va en busca de la madre para llevar la noticia. San Juanico la Carrera es la velocidad de la noticia, el chisme del santoral cristiano, la primavera en andas. El bullicio que se levanta en la plaza casi no tiene nombre, todos sabemos en que va a parar aquello, pero este rito repetido cientos de años nos congrega como si hubiera sido la primera; porque somos así de elementales y de humanos. Y comparamos si es más graciosa la venia de la Virgen que la del Nazareno. María y su hijo van al encuentro, para pararse ante los cristales de la casa del ‘Cónsul’. Y mientras tanto San Juanico, cumplida su función informativa se retira bajo los soportales.

 

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Viernes Santo

(A Jesús Torres)

 

Hace frío en los atrios esta noche,

ascuas de cobre sobre los braseros aviva la criada

y la helada ginebra enfría el labio.

Roberto Carlos baja tu voz desde el Brasil, oh cuerpo tuyo,

oh alma mía asómate al gallo, no,

no le conozco, a la mirada, no, no quiero ver,

sólo tu pecho entreabriendo rosa oscura

a la táctil araña de las manos.

Y está el Pretorio frío con el alba,

jaspes yertos, columna,

y desnudo, desnuda hasta la sangre,

nos desnudamos, rito, sobre el lecho, cordeles lacerantes

de los besos, caricias aprietan,

tiran, tinta la res del sacrificio,

soldados, carcajadas, extinguidas antorchas humeantes,

oh qué hambrienta vesania, brasas, bocas

ardiendo, crepitantes leños rojos,

la túnica de loco arrodillado busca,

ya no blanca, ni grana, ni violeta,

sí rígida por las costras,

por el rayo fulmíneo que derriba

y no apagues la luz quiero verte los ojos,

averigua quién te dio el golpe,

el mazo martillea los clavos en la fragua,

tafetanes ungiendo sacerdotal desdén,

y tú me quieres, vino nuevo embriagando mis venas,

arterias al ocaso como dalias,

no apartes este cáliz, esta hiel, está el campo

del alfarero ya comprado con las treinta monedas,

húmeda arcilla donde clavar alarias plateadas,

plateados placeres, marea embravecida y plateada

luna, tinieblas, rueda el dado ciego

y un vaho de hedor sube de los sepulcros,

pliega tus alas sobre mi carroña,

sobre mi carne viva,

suave buitre ígneo, rapaz tormenta deseada,

lluvia sangrienta empapa el monte oscuro,

la adarga, los arneses, fluye cárdena

sobre las blancas sábanas, los lienzos taponados de rubíes,

no caiga sobre mí la sangre de este justo,

pues sólo quise amarte.

 

                                            Pablo García Baena. De 'Antes que el tiempo acabe' (1978)

 

 

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