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SEMANA SANTA
Astorga Redacción
15/04/2017

"El silencio que estremece al mirar a la Soledad"

La intensidad del Viernes Santo concluía por la noche con la procesión de La Soledad, organizada por la Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Soledad, cuyo momento cumbre es al lado del convento de Sancti Spiritus, donde las monjas entonan el tradicional motete. Completamos la crónica con un fragmento del pregón del periodista Vicente Ángel Pérez y poema de Pablo García Baena.

 

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Del pregón de la Semana Santa del año 2000 realizado por Vicente Ángel Pérez tomamos el fragmento referido a la Virgen de la Soledad:

 

"En el silencio de la herida del bracero, en el hombro, en la espalda, en los riñones, en ese silencio que sublima el dolor y hace que esas ampollas o la sangre derramada  duelan menos que unas agujetas. Hablo del silencio en los ojos inadivinables, pero imaginados serenos y en oración, que se asoman por las aberturas de los caperuchos, del silencio misterioso de los zapatos que apagan el eco del asfalto en respeto al Cristo que camina hacia el Calvario. Es el silencio que estremece al mirar a la Soledad cara a cara como su hijo la va a mirar por última vez en el último encuentro; y estremece aún más ver que ese rostro de la soledad se enternece al escuchar como baja del cielo el canto de unas monjitas de rostro anónimo. Y qué decir de ese silencio de los fusiles a la funerala en la tarde del viernes Santo, cuando el último resplandor dorado te anuda el corazón, la sangre, la garganta. Es, por supuesto, el silencio del Encuentro, cuando hasta el murmullo de la carrera de San Juanín es aún más profundo porque conocemos la meta de su viaje y el mensaje de sus palabras. Y quién no quiera entender así la misión de nuestro atleta particular, se prestará al aplauso, a ese aplauso de los velatorios cuando el familiar del fallecido ofrece unas pastitas y un vino dulce para pasar el trago."

 

 

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Para Pablo García Baena las mujeres  que salen al encuentro de Jesús siguen llorando todavía (‘hace miles de noches que lloramos’) y se confunden con las acompañantes del Nazareno en una procesión popular.  Este fragmento es el final de un poema largo titulado ‘Las Santas mujeres’, que forma parte del libro ‘Antiguo muchacho’ que dedica a su madre.

 

 

 

(…)

 

Jerusalén, Jerusalén, hacia ti nos volvemos.

Míranos: tres mujeres andando ya sin fuerzas.

Nuestra voz oye. Y hay sangre por tus muros,

hay sangre entre tus piedras como musgo rojizo,

toda tú, esponja ávida empapada de sangre.

¿Qué dirán las vecinas cuando nos vean volver?

María, tienes paja en el pelo…

María, algo punza en tus ojos, se dirían acericos donde arden alfileres.

María, ¿aún tiemblas? Tus manos en tu fiebre buscan no sé qué pájaros de angustia.

Hemos llorado tanto que apenas si podemos recordar.

Dejamos nuestras casas creyendo que enseguida volveríamos.

El pan siguió cociéndose al fuego de los hornos.

La escalera apoyada en el viejo manzano para coger sus frutos.

Los calderos dispuestos, derritiendo manteca,

y ahora es todo ceniza.

 

Somos pobres mujeres. Al pasar bajo un arco

los niños han gritado creyéndonos embriagadas.

Sí ,vamos ebrias de llanto. Vamos andando torpes,

dando tumbos, cayendo.

Somos mujeres débiles, pero una fuerza oculta nos obliga a decir

algo que solo sólo sabemos expresar con el llanto.

 

 

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