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Aidan Mcnamara
15/04/2017

Don Peñón: unas Líneas sobre su Concepción

 

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A pesar de los obvios y casi eternos rasgos de la gris fecha de caducidad que es la vida nórdica, tales como el tiempo (la lluvia seguida por ráfagas sin casa), la comida (necesitada de un imperio para descubrir el sabor y el color… todavía el placer como fin no ha sido encontrado) y los roqueros jubilados (empeñados en reproducir huérfanos en ciernes), Inglaterra es un país tan civilizado que aún no sabe exportar el turismo popular: nadie va a la tierra de Newton y Darwin para pisar y aplastar tomates, ver quemar peleles en el ágora o presenciar los tristes bramidos de un toro que no ha podido participar en un referéndum sobre su muerte.

 

Es verdad que, de vez en cuando, un par de patanes despistados se pierden en Londres delante de unos soldados clics (los bastardos de la casa Lego) ceremoniosamente cambiando de guardia, retando al público con sus rostros de póker, pero, en principio, un peregrinaje al Gran Brexit implica cultura, teatros, museos y moda excéntrica. Evidentemente si quieres hartarte de delicias culinarias o follar ‘afetichamente’ (sin cuero) te quedas en París. Y si eres un pobre vago, feliz de bailar con los mejores pintores del mundo (Italia no ha producido un Picasso), todavía puedes morirte de hedonismo callejero en España. Nadie va al sur para hacerse un estudioso del éxito material, de las nuevas tecnologías o de los debates televisados sin insultos y gritos.

 

Pero Inglaterra tiene una pega apestosa muy arraigada: una estructura social jerárquica inmóvil, gracias a una tradición larga de estamentos cerrados que no reconocen tu cuenta corriente como estatus si no tienes pedigrí de antemano. Se llama la pérfida Albión, no por la derrota de La Armada (el mal tiempo), sino por su maestría en simular la democracia.

 

Los lores son loros sin voz por ser escaños heredados, y en la cámara de los comunes son todos pijos instruidos (más que formados) en Oxford y Cambridge, y un par de ciudadanos de procedencia ultramarina para que el parlamento pueda jactarse de expiación. Y Jeremy Corbyn: puede colarse un obrero ocasionalmente para dar unos toques de fair play (juego limpio nacido de una mezcla flemática de misericordia y desdén) y de libertad cosmética.

 

Ese estatus social incluye el corsé de la fonética. Si hablas inglés con el acento popular de Manchester, te mirarán por encima del hombro, por mucho Land Rover que hayas comprado. Un gentleman nace con elegancia. Y si se aburre, se va por ahí a inventar recetas de porto (Sandeman) o jerez (Osborne) o presta algún ala de su castillo a los críos de los hidalgos para que entretengan a las masas (Pink Floyd, Genesis). Conferir un Sir en reconocimiento a alguna hazaña procedente de las clases bajas es una muestra hábil de sentimentalidad para mantener el orden y satisfacer el espejismo de la meritocracia (Sir Elton o, irónicamente, tras ocho siglos de lucha independista, los irlandeses Sir Bob o Sir Van).

 

Con el imperio dieron con la gran idea de mandar a los ‘enchandalizados’ a las colonias en vez de matarlos con patatas enfermas, y hoy día se los manda a España para freír balcones y bañarse en sangría para hacer juego con sus bronceados color de gamba olé. Su pericia en el marketing es tan extraordinaria que hasta hace cuatro días el ciudadano medio a la hora de visualizar un inglés pensaba más en el caballero con bombín que en un borracho en Benidorm. Como si Sir Francis Drake no fuera un hooligan.

 

No obstante, el orgullo nacional inglés se basa en hechos. España correctamente entendiendo la muerte, inventó el sueño como anticipo de ella, desde el aforismo más sabio del cosmos (Calderón) hasta la siesta, y para abordar el ser o no ser de esos pedantes. Inglaterra, mientras tanto, se instalaba en el pragmatismo con una ilusión paralela, pero en sentido opuesto. La meta: frenar la mortalidad. Eso nos explica, por cierto, porque un actor se denomina estrella en Hollywood. 

 

Van los ingleses burgueses con sus camisetas de Churchill a Francia y preguntan a los franceses: “¿Quiénes son vuestros James Bond, Sherlock Holmes, Beatles, Monty Python? ¿Cuáles son vuestros Rolls Royce, vuestro meridiano de Greenwich? ¿De dónde vienen las reglas de vuestros partidos de tenis, rugby, y fútbol?”  Los franceses, adeptos también a hacer sábanas de banderas, no suelen contestar. Tienen las  bocas llenas de carne, con o sin vida, y saben perfectamente que es de mala educación hablar con la boca llena si no te apellidas Le Pen.

 

España, tras perder un imperio epicúreo de trueque (oro por Jesús), que se extendía desde la San Francisco gay hasta la Patagonia guay, con escalas en las Filipinas y Marruecos, olvidándose en el camino alegre de rancheras y tangos de un par de detalles sobre la relación entre el poder y su consolidación, por ejemplo, una revolución industrial o el de no casarse con los nativos, quizá aprenderá un día que Inglaterra tiene un poquito de ventaja en cuanto al jingoísmo: supo mandar al Papa a tomar por bambú en el siglo dieciséis, inventando su propia iglesia angla ultra-light, fue el padre del país más rico y poderoso del mundo, mediante la Ilustración (la esclavitud y unos cuantos exterminios lentos vía whisky) y, de paso, conquistó el ámbito académico y diplomático con su lengua. (Eso sí, con la ayuda del Tío (en realidad hijo pródigo) Sam).

 

¿Gibraltar? No merece ni un renglón rocoso. Chorizos con fish and chips. O sea, monos encantados de no tener que desplazarse a Panamá. Pero tampoco se creen los sobrinos de Maduro, Pinochet, Perón, Castro o Franco. Eso sí, si saben leer.

 

¿Locke, Hume y Keynes en llanito? Veo el futuro.

 

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