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Mercedes Unzeta Gullón
15/04/2017

No hablemos más de Michi (y 6)

 

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Murió de madrugada, en un intento de levantarse de la cama y se quedó así, a medio camino, en una posición de intenciones, con un pie fuera de la cama y el cuerpo a medio incorporarse. Como una alegoría de su vida, Michi se fue de este mundo en un intento de hacer algo. Así como había vivido así dejó de vivir. 


Su existencia consistió en un cúmulo de intenciones. Viajó por ella como un superviviente del naufragio de su particular comportamiento.


Michi no fue feliz porque nunca vivió su vida, vivió siempre en función de los demás. En función de su madre, del fantasma de su padre, de la sombra de sus hermanos, de las intenciones de las mujeres, de hacerse querer por los amigos, de ser audaz y simpático para ser apreciado. Vivió en un esfuerzo constante hacia afuera, pero íntimamente era consciente de que su vida se le había escurrido entre los dedos de las manos como el agua.

 

Había estado divagando y peregrinando por espíritus ajenos y no se había parado a fortalecer el suyo, por eso, cuando los fuegos artificiales de su vida se fueron apagando, él no tenía asidera vital y empezó a tambalearse.


Los amigos de las noches y las juergas tienen además de esos momentos lúdicos una vida propia que avanza, pero para Michi, después de esos saraos, no había nada más que otros saraos. Y como el curso de la vida no se detiene y la energía para los saraos posee fecha de caducidad, los compañeros de juegos siguieron sus caminos y entonces Michi, si no tenía saraos ni amigos con quien lucir su inteligencia, ¿qué hacía? Ahí empezó su problema, cuando se le acabó el auditorio.


Pero todavía le quedaba el refugio de las mujeres. Para este camino tenía a su favor el apellido Panero y el ser una persona con aspecto frágil (como indefenso a pesar de su ágil cabeza) lo que siempre a las mujeres nos provoca cierta ternura (una desviación supongo, del instinto maternal). Tuvo muchas mujeres a su alrededor, y se dejó mimar.


Tantos alborotos le pasó una importante factura a la salud. 


Finalmente se refugió en la mujer que le había cuidado desde niño con actitudes maternales. Una mujer sencilla, amorosa y entregada. Nada que ver con el surtido femenino con el que había danzado. Una gran suerte encontrarla porque era lo que en ese momento necesitaba.


Michi vivió en intentos ruidosos y se fue en un intento silencioso. Que descanse en paz.

 

O  témpora, o mores.

 

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