Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 20/09/2017
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Lala Isla
16/04/2017

La esquizofrenia de las clases medias en la Guerra de España

Lala Isla continúa desmenuzando su descubrimiento de lo que ocurrió durante la Guerra Civil en Astorga contrastándolo con los recuerdos de sus padres y de otras personas de su entorno. Se trata de un documento 'a cara descubierta' que ayudará a comprender los silencios y la historia urdida por la clase social a la que pertenecía su familia. Publicamos en cinco entregas un espigado de varios capítulos de ese potencial libro que debería dar que pensar.

 

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(...)

 

Mi padre nunca mencionó que se hubiera metido en ningún asunto político hasta apuntarse como voluntario  y, sin embargo, en alguna de las historias que contaron sus hermanas había indicios de lo contrario que no supe descifrar hasta  mucho después. Si yo hubiera sabido hacer las preguntas correctas habría obtenido bastante más jugo de las conversaciones que tuvimos él y yo y que tantas veces acababan como el rosario de la aurora, dado lo opuesto de nuestras ideologías, pero cuando contó lo que me contó yo sabía aún poco de la Guerra Civil. 

 

Respecto a mi madre tenía algún conocimiento de que al suceder el golpe militar ella había colaborado activamente con los rebeldes pero no internalicé hasta qué punto se había comprometido con ellos. Hasta entonces siempre di por hecho que de haber vivido la guerra en zona republicana habrían seguido el flujo de la República, ya que eran firmes aliadas del progreso y sus costumbres de vida no encajaban para nada en las restricciones pacatas del Nacional Catolicismo. Los comentarios sobre la guerra en la familia materna filtraban una sensibilidad hacia la pobreza de la clase obrera que nunca percibí en la paterna, eso sí, éstos respetaban mucho a los empleados de la ferretería de mi abuelo que fueron como perros fieles que se habrían dejado matar por el patrón si hubiera sido necesario. 

 

Mi madre explicaba lo de haberse hecho falangista de una forma tan superficial e inicua que daba la impresión de haberse asociado a un club excursionista femenino, donde se dedicaban a proteger niños desvalidos por medio del Auxilio Social, educaban a “mujeres primitivas” en los “asuntos propios de su sexo” y promovían la recogida del folklore nacional plasmada luego en los bailes y cantes de Coros y Danzas. Nunca jamás la oí hacer el mínimo comentario sobre la responsabilidad que Falange tuvo en millares de muertes y sólo ahora vislumbro los hechos terribles que mi madre llegó a vivir, hechos que ni ella ni mi padre mencionaron nunca. Pero el tiempo y el esfuerzo por saber va poniendo en mi camino historias y sucesos desconocidos que me retrotraen a la Astorga y La Bañeza de la Guerra Civil, de la inmediata y más lejana posguerra, como esta frase de Josep Margenat:  “Años más tarde fui a Astorga, en cuyo campo de prisioneros del cuartel de artillería de Santocildes estuvo mi abuelo socialista entre 1938 y 1941.” 

 

Decía mi madre: “Me hice de Falange e iba con Loles Abella a desfilar cerca del Palacio de Gaudí. Teníamos una compañera que no daba una y le decíamos: ´Josefina, marca el paso´ porque siempre se equivocaba y nos hacía perder el ritmo. Fíjate tú, yo desfilando, con lo poquísimo que me ha interesado siempre lo militar, debía estar ridícula pero el ambiente puede mucho.” “Yo estaba de acuerdo con las ideas de Jose Antonio, no con Franco, que fue un canalla, ¡matar a sangre fría a tanta gente! porque después de la guerra firmaba fusilamientos a tutiplé”. Jamás, por supuesto le oí ni a ella ni a mi padre mencionar los crímenes de los pistoleros falangistas.

 

 

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Tanto ella como tía Coral hablaban siempre muy bien del jefe del Centro de Higiene y del alcalde republicano, que eran socialistas, y eso nunca lo habría oído en la familia de mi padre. Cuando las dos los mencionaban añadían siempre  la coletilla “eran bellísimas personas”, como si de su apellido se tratara, pero no elaboraban, al menos ante nosotros, los sobrinos o hijos, que en Astorga hubo otros muchos muertos, fusilados contra las tapias del cementerio, asesinados en el cuartel de Santocildes y en otros lugares cercanos. No sé si la muerte injusta de dos personas que ellas consideraban excelentes les quedó tan grabada porque se trató de los primeros asesinatos que ellas conocieron de cerca cometidos por los rebeldes, o por el hecho de que esa fiebre  justiciera les hubiera puesto por primera vez frente a la incómoda realidad de que los golpistas no eran los santos que preconizaban y también mataban a gente decente. Sus comentarios dejaban escapar una critica más o menos velada, algo que no habría oído decir en la familia paterna tratándose de ‘nacionales’  y estas diferencias sutiles marcaban algo profundo no expresado con claridad, de lo que fui más consciente cuando emprendí la investigación de este libro.

 

Mi madre hacía algún comentario velado que no elaboraba en absoluto, como decir que las bordadoras de su equipo de novia “tuvieron que irse de Astorga a Bilbao, donde tenían familia, porque eran de izquierdas y lo pasaban mal”, pero no explicaba en qué consistía lo de pasarlo mal y desde el lugar donde yo me encontraba no podía en absoluto darme cuenta de lo que ello pudo significar en la posguerra. Cuando decían esas cosas sólo notaba una súbita bajada de voz, una tensión soterrada, un misterio, algo siniestro que no habría sabido definir. Era como cuando empezaban un cuento de miedo y preparaban el ánimo para adentrarse en los mundos de brujas y maleficios. En la familia de mi padre todo era mucho más fácil porque no había ambigüedad, cumplían a rajataba con todos los requisitos del falangismo de provincias y daban por hecho que ser español equivalía a ser católico y los que no lo eran constituían un peligroso ejemplo.

 

Ahora que me ponía a analizar detenidamente todo me daba cuenta de que no era cierto que la familia materna se hubiera mantenido tan al margen ya que mis dos tíos  lucharon con Franco, Pepín -de 16 años- por convicción y Álvaro no lo sé pero no trató de escapar al lado republicano. Como éste hablaba bien francés y alemán, había estudiado en Grenoble y Düsseldorf preparándose para llevar un día el negocio paterno, sus jefes militares lo sacaron del campo de batalla y lo llevaron al Estado Mayor en Salamanca donde pasó el resto de la guerra traduciendo lo que le pedían. Mucho le debió traumatizar el frente y lo que tradujo porque a partir de ese momento tuvo pesadillas en alto toda su vida. En una de las Navidades que pasamos en casa del abuelo en Madrid, el día de Navidad apareció en el suelo una bandeja llena de copas que se habían usado la noche anterior y cuando tía Coral le preguntó a la ‘doncella’ por qué estaban allí y no las había llevado al armario del office ésta le contestó: “es que el señorito Álvaro me gritó desde la habitación: ‘deje usted eso ahí ahora mismo’, y claro, yo lo dejé”. La puerta del cuarto estaba completamente cerrada y tío Álvaro no podía haber visto de ninguna manera lo que sucedía al otro lado.

 

Mis dos tíos maternos tuvieron experiencias muy diferentes entre sí. Según mi madre –corroborado por tía Coral- : “Pepín se escapó de casa a los quince años para marchar al frente (golpista) y cuando llegó a éste y se enteraron de la edad que tenía lo mandaron para atrás.” Hace tres  años supe por Lidia -su viuda- (confirmado luego por  lo publicado en El Pensamiento) que el obispo ofreció el Palacio de Gaudí a la Falange para  utilizarlo como cuartel estando su sede en ese edificio durante la guerra, al menos al principio, y es el lugar donde meten a los primeros prisioneros republicanos. Uno de los guardianes fue precisamente tío Pepín en su calidad de 'balilla', de modo que debió ser uno de los que dieron aceite de ricino a las presas republicanas en el Ayuntamiento. ¿Lo supieron mi madre y mis tías? Uno de los artículos que le publicaron a tío Pepín en ‘El Faro’ trató de la Guerra Civil y cuando lo leí me pareció que contaba algo gracioso de La Codorniz. “Y llega el año 36 y…. En Madrid y otros puntos de España los pistoleros de Falange, de la CNT y del Partido Comunista se pasan el día arreándose castaña con sus pistolitas. Muchas veces los dos primeros contra el tercero.” 

 

 

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Cuando tío Pepín cumple un año más consigue alistarse por fin y al principio lo mandan a Matallana, al norte de la ciudad de León, cerca de donde estaba el ejército golpista en esa parte del Frente Norte. Parece que abuelo José fue a verle y le llevó una empanada encargándole a alguien que cuidara de él porque lo consideraba casi un niño. Lo era, dieciseis años de entonces eran más inocentes que dieciseis años de hoy, especialmente en la burguesía. De Pepín decía mi madre: “A él siempre le gustó la Marina, muy raro siendo de Astorga y no teniendo marinos en la familia. Luego, no sé como lo hizo, habría cumplido los años, estuvo embarcado, le tocaba estar en aquel barco famoso que hundieron los rojos, me parece que se llamaba Baleares, pero no me acuerdo bien de por qué motivo no estuvo en él. Cuando por fin pudo entrar en la Academia Naval sacó unas notas extraordinarias, y por méritos propios, ya sabes lo que cuenta en esos sitios tener algún marino en la familia. Por cierto que como iba un poco desarreglado los compañeros, en lugar de decirle que tenía manchas le bromeaban: ‘José, que tienes un limpio’”. Él dijo en sus artículos que la vocación le duró poco, hasta cuando se dio cuenta de lo que verdaderamente le gustaba del mar “eran los puertos con sus bares y las playas con sus niñas, suecas o no.”

 

 

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Cuando mi madre contaba cosas como la siguiente yo las tomaba como una prueba más de lo poco involucrados que habían estado con los golpistas: “No me explico cómo no cogieron a tu  abuelo cuando llegó la guerra, nunca puso los pies en la iglesia aunque la mayoría de los de su edad y clase social iban a misa. Fusilaron a muchos con menos motivos. Mamá sí había ido a misa pero cuando se casó con él dejó de ir. En Astorga, antes del Movimiento, había un montón de gente que no pisaba la iglesia y cuando éste llegó empezaron a ir todos, y al llegar el Levantamiento se consideraba peligroso no ir a misa. Yo le oí decir a alguien: ´como ganen éstos tendremos que aprender a rezar.” 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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