Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 13/12/2017
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20/04/2017

Carta abierta a Mercedes Unzeta Gullón

Javier Mendoza / 

 

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Acabo de leer su serie de artículos sobre Michi Panero en este mismo medio y no me gustaría dejar pasar la oportunidad de responder a algunos de los crueles interrogantes que vierte usted sobre el libro 'Funerales vikingos / El desconcierto' (Bartleby Editores), escrito por Michi Panero y yo mismo, y las circunstancias que lo rodearon.

 

De entrada, sinceramente, me alegro de que Michi Panero encontrara en usted, a su regreso a Astorga, a una buena amiga, porque ya sabemos todos lo necesitado de afecto que estuvo toda la vida, y mucho más en aquellos momentos, y entiendo perfectamente lo que dice en el número 2 de su saga de textos: “yo no podía ocuparme las veinticuatro horas de él”. Igual le pasó al resto del mundo.

 

Lo que es verdaderamente lamentable que usted se haya lanzado a una vorágine de acusaciones, insultos y reproches sin haber tenido la más mínima decencia –profesional y vital- de haberse leído el libro antes. Porque si se hubiera leído el libro habría descubierto que las carpetas que me dio Michi Panero no contenían como usted dice: “unos papeles privados de Michi y algún cuento escrito en su juventud”, sino que, en el fondo, eran el archivo que tenía Felicidad Blanc con el trabajo de sus hijos, Michi y Leopoldo María, y en nada tienen que ver con lo que hizo o escribió Michi en Astorga.

 

Pero no contenta con esto, usted también pone en duda el mismo hecho de que Michi me entregara ese legado. Bien, entonces, ¿cómo ha llegado a mis manos? ¿Lo he robado? Si usted está tan convencida de ello, como se infiere de su tanda de artículos, debería dejarse de escribir textos en medios digitales y denunciarme directamente a la policía.

 

Pero sigamos con su narrativa que no tiene desperdicio, entre otras acusaciones sin contrastar, dice usted que, según Michi, fue mi madre la que le arrastró al alcoholismo, lo cual teniendo en cuenta que llevaba bebiendo desde los 14 años y ellos se conocieron en la treintena larga, es para echarse una risas. Pero sí me creo que Michi lo dijera porque él era así, siempre echando balones fuera y siempre poniendo verde a lo anterior para, casualidadas de la vida, adular al que tenía delante y del que necesitaba algo. Lo que no acabo de entender, si usted era tan amiga como dice ser de él, es que le creyera a pies juntillas lo que decía sabiendo como sabe todo el mundo que no siempre contaba la verdad de las cosas, no por maldad sino por conveniencia y divertimento. Eso sin contar que, en general, nadie arrastra a nadie a nada, más bien aquí cada uno hace lo que quiere, a menos que quiera usted acabar con el libre albedrío de un plumazo.

 

Después usted escribe despiadadamente el siguiente párrafo referido a mi madre, Sisita García-Durán, quien, por cierto, tampoco puede defenderse porque falleció ahora hace dos años: “Para esta señora el pequeño de los Panero era el tesoro de Alí-Babá, sólo había que conseguir abrir el arca. Michi no quería saber nada de abrir ni de tesoros, pero ella no concebía la idea de soltar la presa”.

 

No sé qué clase de persona tiene que ser usted para hablar públicamente de esa manera sobre una mujer a la que no conoció y sobre una relación de la de que no tiene ni idea, entre otras, porque no se ha leído el libro que tan virulentamente se permite el lujo de atacar. Si se hubiera tomado la molestia de informarse antes de hacer daño gratuito, sabría que la historia de Sisita y Michi es la de dos náufragos que se encuentran en medio de la corriente y deciden compartir su vida, con sus penas y sus alegrías, como la de tantas otras personas. De hecho, nunca llegaron a divorciarse porque, como decía Michi, poniendo esa voz grave que salía de vez en cuando: “Sisita, si me divorcio de ti, me casaría al día siguiente”.  

 

Todo esto para hacer un relato inverosímil sobre que mi madre saqueó el arca de los Panero el día del entierro y de cuyo supuesto contenido, según usted, ahora yo me estoy beneficiando. Eso es materialmente imposible porque lo que he publicado ahora me lo dio Michi en los 90, bastante antes de lo de Astorga. A menos, claro está, que usted tenga pruebas de lo contrario.

 

Y desde luego tiene usted que tenerlas para hacer la siguiente afirmación: “Estos escritos y recuerdos familiares, sustraídos de la privacidad de la casa de Michi, ya fallecido, están rentabilizando al hijo putativo, sin pudor y con un ansia de protagonismo extraordinario, las ansiedades y obsesiones de su madre”.

 

Esto ya es un poco más serio y va más allá de la opinión, aquí usted expone unos hechos que va a tener que probar delante de un tribunal porque entra dentro del delito de injurias y calumnias. Así de simple. 

 

Sólo hay una cosa en la que usted tiene toda la razón: ni yo ni mi madre fuimos a verle a Astorga. ¿Por qué? Una vez más, si se hubiera leído el libro sabría que, al menos en mi caso, si no fui a Astorga fue, en parte, porque después de 15 años de intensa relación con él llegó un momento en el que no pude más, igual que le paso a otra mucha gente, y según él mismo reconoce en su último texto Carta a una desconocida, recogido en el libro.

 

Lo único que le pediría es que, por el bien de sus lectores y del medio en el que colabora, se informara antes de injuriar y calumniar a la gente sin contrastar antes las informaciones.

 

Sin otro particular, se despide de usted.

 

 

Javier Mendoza

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