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Sol Gómez Arteaga
21/04/2017

Un libro, una rosa

 

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En el Día del Libro que coincide supuestamente con la muerte de tres grandes de las letras, Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Garcilaso, y que como esta civilización es tan santera le avala San Jorge, se me viene a la cabeza, ya ves tú, un gesto bastante peregrino del  hombre erudito cuando cogió en las manos el libro ‘La vida del pastor’ de James Rebanks, que en esta ocasión yo le prestaba.

 

Lo siguiente que hizo fue desdoblar la hoja que poco antes yo había doblado. Dentro había un cartón. Le expliqué que era donde llegaba mi madre, y también que ella solo leía en Madrid pese a mi insistencia de que llevara el libro al pueblo y lo acabara -no sé, supongo que para ella los tiempos en el pueblo y en la ciudad son distintos, y el aburrimiento urbano cuando arrecia resulta bastante insoportable-.

 

El hombre erudito es además educado y dijo que con el cartón era suficiente y no lo dijo pero yo creo que en ese acto mío de doblar el libro veía una especie de maltrato. Y es que el hombre erudito subraya a lápiz los libros, doy fe de ello, con rayas continuas y discontinuas que solo él sabe lo que significan, apunta con letra diminuta el significado de ciertas palabras que hay que descifrar con lupa y pone flechas y asteriscos y paréntesis y semicírculos que nunca cierra. Y es que mientras lee los libros, tiene miles de ellos en estanterías que llegan hasta el techo, los habita, los posee con mimo, con cuidado, amorosamente. Ver de segundas o de quintas esos libros suyos, detenerse a descifrar el laberinto indescifrable de sus anotaciones como quien sigue la pista de un tesoro, es para mí un gran disfrute.

 

Sí, supongo que los libros dicen mucho de uno, traslucen una personalidad, una forma de ser y de estar en el mundo, también un estado de ánimo. Yo reconozco que en esta materia  siempre he ido, como en todo en la vida, un poco por libre. De pequeña pintaba caras y escribía notas con mi estado de ánimo entre los renglones de ‘La noche oscura del alma’ de San Juan de la Cruz y la mitad de un capítulo de ‘La busca’. Ver algunos libros subrayados por mí es como asomarse un poco a un precipicio. 

 

De cualquier forma son interesantes las marcas, las huellas dactilares, las señas de identidad que a veces encontramos en sus páginas. Las dedicatorias del autor de las que nos sentimos destinatarios únicos, aunque tal vez no lo seamos; las dedicatorias, éstas sí son exclusivas, de los libros que nos regalan nuestros primos, amigos, hermanos; las hojas de abedul o pensamientos que aparecen sepultadas en su interior o esas explosiones de sentimientos que descubrimos en sus páginas iniciales o finales, páginas de cortesía se llaman, inspiradas muchas veces en la lectura que tenemos en las manos. Como la que hallé en el libro de segunda mano ‘El amante de lady Chatterley’ adquirido en el año 81 en la Cuesta de Moyano de Madrid. La rubricaba Teresa y decía que las maravillas eran muchas, no precisamente las escritas en la novela, que el sexo no era brutalidad ni entrega, sino casi un accidente…, y prometía seguir divagando sobre la vida, lo más bello, lo único, lo más doloroso. Esa nota me tocó, la recuerdo muchas de veces. Supongo que a ello contribuyó que el libro, al libro de papel me refiero, tiene piel que hace contacto con nuestros sentidos y nos permite además de leerlo acariciarlo, olerlo, oír su casi imperceptible crujido. Vivirlo.

 

Así que en este día del libro que tantas y tan dispares iniciativas se dan en torno a la palabra impresa y envasada, vivámoslo, acompañándolo de una rosa, aunque solo en loor a ese santo que salvó a la princesa de Capadocia (año 303) de las garras del dragón de cuyo cuerpo ensangrentado brotó esta flor. Y de la flor surgió la leyenda.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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