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Catalina Tamayo
23/04/2017

La redención de la memoria

Este cuento de Catalina Tamayo, habla de como la memoria tiene la peculiaridad de quedarse con los buenos momentos, es selectiva, superviviente. Lo hace al modo de Imre Kertész cuando en 'Sin destino' el protagonista recordaba con placer los momentos de solaz y de sabia conversación con los eruditos judíos en el infierno de Auschtwitz. Catalina Tamayo, nuestra joven escritora de Carrizo hace algo parecido en esta narración con lo que un joven rememora de una relación en la que hubo maltrato.

 

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Desde que encontré su foto no dejo de pensar en él, no se me va de la cabeza. Solo que ahora no me da miedo, como antes, sino que, al contrario, me gusta. Cuando estoy solo es cuando más pienso en él. Casi todas las noches, antes de que el sueño prenda en mis ojos, la memoria me reproduce esa foto con tanta claridad que es igual que si la estuviera viendo con los ojos de la cara. Después, como enlazados a ella, me vienen otros de sus recuerdos, ya más confusos, pero igual de felices. Hay noches que sueño que estamos juntos. Sueño que me tiene sobre sus rodillas mientras me canta una canción o que me lleva de la mano al colegio. Son sueños intensos, tan vívidos, que me duele despertarme. Son sueños para quedarse a vivir en ellos.

 

La foto la he escondido en un bolsillo interior de la mochila, donde nadie puede encontrarla, y la llevo todos los días al instituto. A veces, entre clase y clase, con cuidado de que nadie me vea, la saco y la miro; la estudio, la aprendo de memoria. Si no hay peligro, me deleito pasando mi dedo por ella, deteniéndolo en su cara, como si quisiera notar el tacto de su piel, sentir su aliento. En casa, cuando estoy estudiando en mi cuarto, si tengo la puerta cerrada, también la saco y vuelvo a mirarla. Como no hay peligro de que nadie me vea, me he atrevido a besarlo, a apretarlo contra mi pecho; incluso a hablarle, pero bajito, no sea que me vaya a oír mamá, o Marta, que parece que siempre me está vigilando. Le cuento mis cosas, hasta mis secretos más íntimos. También le pregunto si todavía se acuerda de mí o si ya se ha olvidado. Si sueña conmigo. No escucho ninguna respuesta, pero yo me figuro que mis palabras de alguna manera le llegan y que me responde. Que me responde que se acuerda todos los días de mí, que estoy en todos sus sueños. Que me quiere, a veces me parece escuchar, y por un momento me quedo confundido, sin saber muy bien si es real o lo he imaginado. Es el mejor momento del día.

 

Mamá y Marta no saben nada. No saben que encontré la foto en uno de mis libros de Infantil. La encontré por casualidad. Fue una tarde que subí al trastero a buscar el libro de Química de primero de Bachillerato. No sé por qué me dio por abrir una de las cajas que había al lado. Esa caja contenía libros de cuando yo era pequeño. Movido por la curiosidad, desplegué uno de ellos y entre sus páginas apareció la foto. Al principio no caí, pero después enseguida me di cuenta: éramos nosotros, cuando todo estaba bien.

 

 

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Me gustaría enseñársela a Marta: está tan guapa abrazada a su cintura. Y tan contenta. Yo también estoy muy risueño allá arriba, sentado en sus hombros, confiado. Y él… él sí que está radiante, orgulloso de nosotros. A los tres se nos ve estupendos, felices. Me muero de ganas por que Marta vea la foto, pero no me atrevo a enseñársela; y menos aún a contarle lo que me pasa. Me da miedo. Me regañaría, y además se lo chivaría a mamá. Entonces, mamá se pondría histérica, fuera de sí, me quitaría la foto y después me diría lo que siempre me dice: ¿ya no te acuerdas cómo era, lo malo que fue, cómo te maltrataba a ti y a tu hermana, cómo me insultaba a mí? ¿Es que ya no te acuerdas cuando me dio la bofetada? Pero yo no recuerdo de él nada de eso que dice mamá, recuerdo otras cosas, recuerdo sus brazos sosteniéndome en su cuello, su calor, sus palabras cariñosas, sus besos. Sin embargo, le diría que sí, que es muy malo, que nos hizo mucho daño, que no lo quiero. Todo con tal de que no siga gritándome, de que no me hable así. Pero lo peor de todo es que me quedaría sin la foto, lo cual sería terrible, porque lo acabaría olvidando. Y si lo olvido, moriría para siempre, definitivamente.
 

 

 

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