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Lala Isla
23/04/2017

El imaginario de las gentes de Astorga sobre la Guerra Civil

Lala Isla continúa desmadejando los recuerdos de su familia y los suyos propios en torno al enorme enredo del imaginario de los vencedores de la Guerra Civil en Astorga y la Bañeza

 

 

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Entre los que tampoco iban a misa estaban los abuelos del escritor astorgano Alejandro M. Gallo, tal como me contó su padre Pepe: “Mis padres no tenían una conciencia política como la que tenemos  hoy aunque tampoco la hay mucho, mi padre no iba a misa, mi abuelo tampoco iba a misa, estaban en contra de Franco, una mentalidad, como si dijéramos, socialdemócrata... Yo me acuerdo que aquí las tierras malas eran de los labradores y las heredades de abajo, de regadío, eran de la Iglesia y del terrateniente y mi padre y otros eran arrendatarios. Y como decía mi padre: ‘labrador honrao, las tierras de renta y los bueyes tiraos.’”  

 

Seguía mi madre: "Quizá no se metieron con mi padre durante la guerra porque tenía una fábrica y pensaban que todos los capitalistas, como decían entonces, eran de derechas. Pero no le interesaba la política, no se metía en nada de nada, aunque era más bien de izquierdas. No se perdonaba a la gente que era de izquierda”.  Hoy le diría: "parece mentira que digas esto, claro que no le pasó nada al abuelo, tenía dos hijos luchando en el frente con Franco y tú te afiliaste a Falange participando en los desfiles por Astorga y siendo enfermera en el hospital de sangre.” Porque ahora sé lo que significaba para cualquier familia –mucho más en las de dudosa filiación golpista-  tener a alguien muy cercano en el frente 'nacional' o ser abiertamente falangista y ella lo debía haber sabido también entonces. Aunque sus ideas no se podían encuadrar en la derecha recalcitrante a la que pertenecía mi padre tenían la seguridad de que no les iba a pasar nada por saberse protegidos. Nadie podía acusarles de no haberse puesto al lado de Franco y vivían rodeados de amigos que habían demostrado con creces ser leales al dictador desde el primer  momento. 

 

Si de mi padre yo sabía que después de marchar al frente el 4 de agosto con la centuria falangista de León, cosa que según Cabañas está bien documentada, sólo estuvo en La Bañeza los breves períodos de permiso que tuvo durante la guerra, su ausencia calmaba mi malestar manteniéndolo al margen de lo que podía haber acontecido mientras él estuvo fuera. Alguna vez le oí comentarios críticos sobre sus dos hermanos mayores que se quedaron en el pueblo y no marcharon al frente. Según contaba, en las familias donde había varios hombres si uno iba a la guerra no obligaban a ir al resto aunque eso, obviamente, no fue óbice para que en muchas familias se alistaran todos. Mi padre hablaba de que mientras él se jugaba el tipo su hermano Benigno “estaba en una oficina” y César ayudaba a mi abuelo en el negocio, pero jamás le oí mencionar –lo he sabido ahora investigando- que Benigno fue el Secretario Local de Falange. Consta en artículos de 'El Adelanto bañezano' y en varios documentos de los que tengo copia y que se encuentran en la Fundación Pablo Iglesias. 

 

A Jose Cabañas le comenté lo que decía  mi padre de sus hermanos y me contestó lo siguiente: “A propósito de esa crítica de tu padre, creo que es contextualizable en el fenómeno general de los reproches de los falangistas de Primera Línea a los de Segunda, y algo de ello he recogido en la página 254 del primer tomo de mi libro 'La Bañeza 1936. La Vorágine de Julio. Golpe y represión en la comarca bañezana': “Se dan incluso casos de escándalo y asombro, también de disgusto y de pesar a veces, en algunos de aquellos añejos escuadristas cuando, después de meses en los frentes desde que al poco de la sublevación acuden voluntarios y masivamente a ellos, regresan a sus pueblos y conocen de los estragos allí hechos por quienes se quedaron en la retaguardia y cara al sol, con funciones de control del orden público semejantes a las del antiguo Somatén, en las que se conocieron como Milicias de Segunda Línea, cuyos componentes fueron llamados, con sorna, 'amas secas', porque 'no daban el pecho' en las trincheras como hacían sus compañeros combatientes de las Milicias de Primera Línea, diferentes también en las mayores retribuciones y devengos con que eran compensados. En sus manos, menos escrupulosos y más obedientes al poder militar, quedó la represión cuando aquellos fueron, movilizados o voluntarios, a los frentes.” “Realizaron también guardias en las Comandancias y custodias de personalidades, censuras telegráficas, vigilancias diurnas y nocturnas en instalaciones y calles, custodias y conducciones de presos, defensas pasivas, etc.“  Se dieron muchos casos de izquierdistas que para lavar pasados se alistaron como falangistas y reprimieron salvajemente a sus anteriores compañeros de partido “con el fervor de los nuevos conversos”, dice Cabañas, y nombra a Serafín Antunez Vela, antiguo socialista, que “interviene activamente en la represión sobre sus compañeros de pasado”.

 

Recién enterada del asunto de las fosas y el 'topo' tuve que presentar 'Canciones después de la Guerra' con los historiadores Paul Preston y Helen Graham en el departamento de español de la London School of Economics. Fui antes para saber lo que tenía que preparar y cuando una de  las catedráticas –Mercedes Coca-, que no me conocía de antemano, me  preguntó de dónde era, al explicarle la cantinela de mi desarraigo: viví en Barcelona pero de pequeña tuve mucho contacto con Astorga, de donde era mi madre, y La Bañeza de donde era mi padre, casi gritó: “¿La Bañeza?” ¡Resultó ser cuñada de Ignacio Alonso Benavides, el hijo del 'topo'!

 

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Dudo ahora si la noticia en El País sobre la fosa común en Astorga me habría sorprendido tanto de no haber estado entonces, cuando lo supe, más de treinta años fuera de España porque yo viví la transición a la Democracia desde lejos. Nunca podré olvidar el día 23 de febrero de 1981 cuando una amiga inglesa llamó muy excitada diciendo: “Enciende la televisión ahora mismo porque en el Parlamento español hay un torero tirando tiros”. Pensé en Pedro Almodóvar y le pregunté: -¿No será una  película? “No, no, estoy oyendo el telediario” me contestó ella. Puse inmediatamente las noticias continuas de la BBC y al ver el tricornio de Tejero entendí por qué mi vecina hablaba de un torero. Oyendo a aquel energúmeno enfurecido dar órdenes a gritos en Las Cortes pistola en mano me eché a llorar y hasta que el rey no salió en la pantalla estuve pendiente de las noticias temiendo lo que podía sucederles a mis amigos en caso de triunfar el golpe. Se dice pronto pero ningún miembro de mis dos familias habría tenido problema alguno.

 

Es interesante sopesar los recuerdos de mi madre, que eran muy claros en lo que respecta al comportamiento humano de ciertas personas que ostentaban un catolicismo de relumbrón, y al estallar la guerra actuaron de forma opuesta a la supuesta caridad cristiana. Decía ella: “La cosa empezó en Astorga cuando el ejército de Franco tomó el Ayuntamiento donde estaba de alcalde Carro, una bellísima persona, que era socialista y al que fusilaron. También fusilaron al director del Centro de Higiene, otro hombre estupendo. Antes de la guerra las cosas estaban muy mal porque, como se decía entonces, la gente obrera andaba en contra de los señoritos y una vez nos llevamos un susto enorme. Habíamos ido a pasear a la Eragudina y al subir por la cuesta del jardín (la del Postigo)  hacia Astorga oímos que nos llamaban señoritas. Era un grupo de chicas de San Andrés, un barrio que se consideraba muy de izquierda, el de Rectivía en cambio no. De pronto vimos que las chicas empezaban a perseguirnos y nosotras empezamos a ir más deprisa y ellas a hacer lo mismo hasta que tuvimos que correr porque nos tiraban piedras. Guillermo, uno de los dentistas que era muy salado, estaba en el jardín y al ver lo que pasaba abajo se tiró desde el final de la muralla donde había un terraplén. Entonces empezó a gritarles: ´¿pero qué hacéis? ¡Dejad a las señoritas, por favor!´ Cuando luego me tocó ir a poner inyecciones a la cárcel me encontré con una de las chicas que la debieron meter presa por eso, entonces sucedían estas cosas. Era mayor que yo y al verme se echó a llorar de miedo pero le puse la inyección como a los demás. Si yo hubiera sido vengativa le habría podido hacer una faena. Muchos lo hicieron.” Esto último jamás lo habría dicho mi padre. Y yo, boba de mí, no le pregunté lo que quería decir respecto a  las faenas o que entonces sucedían estas cosas, ni de qué inyección se trataba. 

 

 

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Alguien que me ha dado detalles muy nítidos de lo que sucedió en Astorga es Pepe Martínez Fuertes, el padre del escritor astorgano Alejandro M. Gallo: “El día que estalló la guerra estaba esto lleno de rapaces porque nosotros éramos cinco hermanos, los otros eran diez o doce, y todas las familias igual. Y yo me acuerdo que andábamos jugando por ahí y estaban los vecinos, mis padres... y oímos un tiroteo. ‘Que es en el cuartel’ decían, ¡pum pum! ‘¿Qué pasa aquí?’ Nadie sabía nada. Era al oscurecer y se oía en el cuartel la ametralladora. Y me acuerdo de ese tiempo como si fuera ayer, en cambio no me preguntes lo que comí esta mañana porque lo tengo que pensar, no me acuerdo. Con que luego empiezan a sonar en Astorga, en la ciudad: ¡ta,ta,ta,ta! Fue el mismo día que estalló la guerra, el 18 de julio, y yo nací el 25 de febrero, o sea tenía 4 años y medio. Bueno, lo mismo que empezó ese ruido por el cuartel yo me acuerdo de las palabras de mi madre: ‘¡Ay! ¡Ha empezado una guerra! Vamos a poner los colchones en las ventanas que dicen que no entran las balas’. Y todos llamando a los niños pa dentro de casa y tal y cual. Bueno, pues resulta que el tiroteo era debido a que iban a venir los mineros a Astorga, que eran republicanos y en una palabra, venían a salvar Astorga. Venían con dinamita y con todo. Los fachas fueron ahí, a Peñicas, a menos de 1 kilómetro en esta misma carretera (la Nacional VI), a ver si venían, entonces no había las casas que hay hoy… …Luego se normalizó, bueno… Mi abuelo, que era muy inteligente, empezó a hablar con unos y con otros ‘¿Pero qué pasa aquí?’ Y ese mismo día dio la casualidad que mi hermana Teresa, que tenía dos años menos que yo, o sea dos años, estaba en la casa de mi abuelo y al lado vivía su hermana, la tía de mi  padre. Y empezó mi madre: ‘-¡AY! Que la niña está en casa de la tía’ y mi padre marchó por ahí abajo a buscar a la hija a San Andrés, por donde pudo, y llegó y la trajo. Y ya se encontró con los falangistas, todos por ahí debajo de la muralla. No  habían tomado el Ayuntamiento todavía pero ya empezaban a situarse en las calles y uno de los cabecillas era el carabinero Peralta que llevaba la voz cantante. Y a mi padre, el hombre, al pasar por ahí debajo de la muralla, por la plaza del ganao y todo eso le dicen: ‘¡Manos Arriba!’ y mi padre con la niña en brazos, y le dijeron: ‘Pase, ande’.  Y tuvo otro chequeo más adelante y llegó hasta donde pudo. Entonces la cosa se calmó y al otro día aparecieron los mineros. Luego fue lo de encerrarse el alcalde y los otros en el Ayuntamiento para resistir.”  

 

 

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Luego... cogieron y detuvieron al alcalde Carro, a Cortés, a Juan Prieto, el padre de Fernando Prieto, y a Balbina de Paz García, de mote  'La Chata'. Tenía 44 años,  era modista y estaba soltera. Era republicana, vecina de esta calle de ahí, y su padre era lechero...” Testigos de su fusilamiento fueron, entre otros, la abuela del escritor astorgano Alejandro M. Gallo. Su padre me dijo lo siguiente: “Mi madre y un grupo de mujeres ese mismo día fueron a lavar a un depósito donde surtían el agua para Astorga y donde había unos lavaderos porque aquí no había agua corriente, era el único sitio que había (para lavar) y se llama La Cagalla. En el invierno, en cambio, iban a un río de ahí abajo. Y estaba lleno de mujeres aquello y empezaron a decir, lo contaba mi madre,  ‘que van a fusilar a los del Ayuntamiento’ y cogieron y subieron allá arriba, que no existía La Milagrosa ni todo aquello, y vieron como los pusieron a todos en fila, allí estaban todos los fachas, y allí los fusilaron a todos y, bueno, se armó un revuelo y mi madre y todas cogieron y vinieron todas sobresaltadas, medio locas. ‘¡Mataron al alcalde, mataron a...’“ 

 

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