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Isabel Llanos
27/04/2017

Ella

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Llego bien pasada la una de la madrugada. Vengo de un ensayo al borde de las olas, cercano a la playa casi desierta bajo la llovizna fugaz de esta noche serena. Vuelvo de cenar, entre risas y cervezas, con unas compañeras artistas: fotógrafa, bailarina, cantante, y yo. Cierro tras de mí la puerta de casa y entro en mi mundo-refugio. De eso hablábamos, entre tantas otras cosas, de cómo es la manera en la que nos gusta vivir, estar, compartir, amar,…

 

Me siento en el sofá para relajarme antes de ir a la cama y pongo la TV mientras repaso las redes. Y entonces lo leo, y veo sus ojos inmensos que me llegan a través de la pantalla. Un puño me golpea el corazón y lo comprime con inmensa angustia. Ella ya no está, nos ha dejado esta tarde. Apago todo y busco el refugio del silencio, pero necesito hablar, necesito decirle, necesito disculparme…Lo sabía, y lo dije: tengo que ir, siento que no tengo tiempo que perder. Pero lo perdí. Una vez más. Y caí de nuevo en la vorágine cotidiana que amo, de mi caos, de mis doscientas actividades, de mis días comprimidos. Me preguntaban, ahora, al salir de la cena, ¿pero esto que haces es puntual o siempre así? Siempre así, y es que además, me gusta que sea así, me divierte. Yo no aguantaría tanto estrés. Yo no aguantaría vivir con otro ritmo.

 

Imposible dormir. Imposible relajar el alma, alejar la culpabilidad, el fracaso. Le prometí acercarme a verla, y lo hablamos, disculpándome, por no sacar los minutos antes de Semana Santa, emplazándonos al regreso. No hubo posibilidad. O la hubo, y la perdí.

 

Se acercan fechas malas. Recuerdos de pérdidas de hace menos de un año. Y una vez más, prometerme a mí misma vivir, degustar cada segundo, no perder ni uno sólo, por mí, por ellos. Dejar los miedos ridículos en el cajón y avanzar a pecho descubierto, abierta a las heridas de sangre de la vida.

 

Ella…

"No dejes balcones a los que puedas trepar;
ni pechos blancos como la leche donde puedas hallar reposo;
ni cabezas doradas con las que puedas compartir la almohada;
ni copa de vino si el vino es bueno;
ni éxtasis de cuerpo o de alma...
Has de morir, sin duda, pero muere viviendo
en honduras de azul y arrebato, emparejado,
besando a la abeja reina, la vida
."

 

Edmund Pollard 

(Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters)

 

 

Esa era ella. Esa es ella. Esa su lección, ese su legado. ¡Saboreemos la vida, exprimamos los limones cotidianos!

 

Me viene la mente el pretendido invento de otra compañera, el avisador de las últimas veces. ¿Me gustaría tenerlo? Rotundamente prefiero vivir sin ese conocimiento. Sin anticipar la angustia de una despedida, sin tener que forzarme a dar entidad a cada instante, degustarlos, a veces, con parsimonia, otras con la algarada de la despreocupación.

 

Miro el móvil en mi mano. La agenda de contactos está poblada de personas que ya no. Y me cuesta borrarlas. No quiero borrarlas. Sus conversaciones permanecen en mis whatsapp, al menos, las que respetó la última trastada tecnológica que envió parte de mis datos y contenidos al limbo virtual.

 

Y pienso en Jorge Manrique y esa maravilla de las Coplas a la muerte de su padre, y en la tercera vida, la de la fama. Con las otras dos, la terrenal y espiritual, no puedo hacer nada. Así que intento hacerla inmortal con estas palabras, con este cariño, mientras poso mi mirada en la suya, a través de la pantalla del portátil, imaginando que mantengo una conversación con su videobook y recuerdo que la última vez que nos encontramos en persona fue para despedir a otra compañera. Entonces yo no sabía que ella padecía el mismo mal. ¡Tan valiente! Gracias, Yolanda, por enseñarme vida con tu ejemplo. Por tu mensaje desde Spoon River. Gracias a ti, lector, porque al leerla, la haces viva.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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