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Catalina Tamayo
27/04/2017

Ofensa o libertad

 

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Recientemente, en los dos últimos meses, los medios de comunicación nos han informado de algunos sucesos que para la opinión pública han resultado ser controvertidos. Me refiero a la actuación del travestido como una Virgen María y un Cristo crucificado que ganó la Gala Drag Queen del Carnaval de Las Palmas de Gran Canarias, al baile de un hombre disfrazado de Jesucristo portando una cruz en una discoteca de Sant Cugat del Vallés decorada como una iglesia para la ocasión, al recorrido que está haciendo el autobús de la plataforma ‘Hazte oír’ por la principales ciudades de España con el eslogan rotulado en los laterales “Los niños tienen pene, Las tiña tienen vulva, Que no te engañen”, y a la condena de un año de cárcel que le impuso la Audiencia Nacional a la chica de 21 años, Cassandra Vera, por haber publicado en su cuenta de Twitter 13 tuits sobre el atentado de Carrero Blanco.

 

Travestirse de Virgen María o publicar chistes sobre Carrero Blanco para algunos es un ejercicio de libertad de expresión, que no se tendría que limitar, porque, si bien constituye una crítica, puede que dura, no conculca ni induce a conculcar ningún derecho fundamental de las personas. En cambio, para otros, especialmente para algunos católicos, es una ofensa intolerable; pues, respecto al primer hecho, el obispo de Canarias, Francisco Cases, dijo, entre otras cosas, que se trataba de una frivolidad blasfema que ofende a muchos ciudadanos, y el arzobispo Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal, pidió respeto para las creencias católicas. Y en cuanto a los ‘tuits’ de Cassandra Vera, la Audiencia Nacional los calificó de desprecio, deshonra, burla y afrenta.

 

Pero esta controversia no es nueva, ya se ha dado con otros hechos similares. Entre estos hechos, el más conocido es la publicación que hizo el medio francés ‘Charlie Hebdo’ de unas caricaturas de Mahoma. Cuando se publicaron estas caricaturas, muchos musulmanes se sintieron ofendidos y los yihadistas respondieron con el atentado de enero de 2015 en el que murieron varios dibujantes de este medio. También entonces se escucharon voces, sobre todo procedentes de una parte de la iglesia católica y de algunos sectores de la izquierda, censurando esas caricaturas, a la vez que, por otra parte, se creaba el coro ‘yo soy Charlie’ con el propósito de defender el derecho a expresarse libremente.

 

Respecto a los últimos hechos, es curioso cómo los transexuales, que ven en el travestido de Virgen María la libertad, en el eslogan del autobús de ‘Harte oír’, un hecho de la misma naturaleza, ven ofensa, y se sienten legitimados para detenerlo y lanzarle huevos; y viceversa, los mismos católicos, que consideran este último hecho como un ejercicio de libertad de expresión, se sienten ofendidos por el otro. 


Ciertamente, no está bien hacer algo únicamente para ofender a alguien; pero por no ofender, para que alguien no se sienta ofendido, no hay por qué dejar de expresarse libremente, de criticar algo. No, la libertad no da derecho a insultar, ni a burlarse de nadie, pero tampoco se puede cercenar con el pretexto de que alguien se puede sentir ofendido o insultado. Además, quién no se ofende cuando se le critica. Muy pocos. A nadie le gusta que le critiquen. Pero la crítica es necesaria, porque es un antídoto contra el dogmatismo. El dogmatismo nos estanca; la crítica, en cambio, nos hace avanzar, hace que las cosas mejoren. En realidad, los que tratan de impedir que alguien pueda travestirse de Virgen María, que circulen autobuses, tanto el de ‘Hazte oír’ como el de Podemos, el ‘tramabús’, que lo mismo da uno que el otro, o que se hagan chistes, bien sean sobre Carrero Blanco, Franco o Santiago Carrillo, se están oponiendo a la crítica, van contra el pensamiento crítico-racional.

 

Este pensamiento es el fundamento mismo de nuestra cultura Occidental. Sin él no sería posible la democracia ni la ciencia, los principales elementos que hoy modulan nuestras vidas. En una sociedad en la que uno no pueda expresarse libremente, criticar, teniendo como único límite los derechos fundamentales de las personas, no hay democracia. La libertad, la crítica, es la esencia de la democracia. Y sin democracia no seríamos ciudadanos, seguiríamos siendo súbditos, seres que viven al dictado de otros, que casi siempre son los más poderosos. También la ciencia se alimenta de la libertad. Es verdad que la ciencia es posible en las sociedades autoritarias, pero donde mejor florece es en las sociedades democráticas, donde hay libertad y se puede criticar. Por eso, la ciencia moderna surgió principalmente en las repúblicas italianas, en Alemania y en los Países Bajos, donde había más libertad que en otras partes de Europa, como España, que a pesar de ser un imperio, se hallaba encorsetada por el catolicismo de Trento, la contrarreforma. Y fue precisamente la crítica de Galileo a la interpretación literal de la Biblia la brecha por donde se coló el heliocentrismo, que revolucionó la astronomía, la punta de lanza de la Revolución Científica. Sí, los Padres de la Iglesia se sintieron ofendidos por la crítica de Galileo y lo condenaron a arresto domiciliario. Sin embargo, a pesar de la Iglesia, la ciencia siguió avanzando y gracias a ella hoy vivimos mejor y más.

 

También el mismo pensamiento crítico ha sido objeto de crítica. Sócrates, su representante más destacado en la antigüedad, fue ridiculizado por Aristófanes, que en su obra Las nubes lo presentó como un sofista colgando de un cesto observando el cielo. Como un sofista, él que no cesaba de discutir con los sofistas, sus adversarios dialécticos. No cabe mayor ofensa. Y sin embargo, que se sepa, nunca se quejó. También Darwin, que revolucionó la biología con su teoría de la evolución, fue caricaturizado en la prensa de su época por los más conservadores. Y tampoco pasó nada.

 

Sin libertad, libertad para criticar, nuestro mundo no sería como es ni nosotros viviríamos como vivimos. Ir contra la libertad es ir contra nosotros mismos. Ir contra el modo de vivir que nos hemos ido dando a lo largo de los últimos siglos, que, si bien no es perfecto, es el mejor que hemos tenido. Por eso suscribo las palabras de Voltaire: “Detesto tu opinión, pero pelearé con todas mis fuerzas para que tengas derecho a expresarla”. Porque nadie tiene por qué callar. Porque las cosas hay que hablarlas y atenderse a razones, como se dice en los pueblos.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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