Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 29/05/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Ángel Alonso Carracedo
28/04/2017

El síndrome de Peter Pan

[Img #28967]  


Muchos somos los que avanzando los años nos aferramos a la burbuja de la infancia. Es la forma de demostrar que no se quiere crecer. Que, como el universal personaje de James M. Barrie, apostamos por no dejar nunca de ser niños. Que infunde miedo madurar, razonar, avenirse a los convencionalismos en los que nos sumen el paso de los años, caídas de las hojas del calendario que se pretenden parar en una especie de rebeldía imposible, por utópica.


Me gustan esas personas que en cuerpos de adulto, incluso ajados por el inexorable paso del tiempo, guardan una mentalidad inocente y juguetona, unas miradas perplejas hacia lo que les rodea, una sonrisa burlona y una dialéctica espontánea, ausente por completo de réplicas convencionales. Dueños de una astucia nítida y transparente,  totalmente liberada de maldades y otras dobleces hipócritas. 


Afortunadamente me he tropezado con muchos de estos personajes excepcionales, con su puntito de inofensiva excentricidad. Muchos siguen llenando mi vida y la de otros con su particular filosofía existencial. Pero otros se nos han ido, dejando el hueco que llenaban en vida con sus particulares e intransferibles mensajes y estilos. 


Un primer recuerdo es para mi tío Perico, el más pequeño de la saga familiar. Un inventor de juegos para sus mejores amigos: los niños. Astorga disfruta en sus fiestas patronales de la vuelta chapista que ideó como una réplica a su gran afición por el ciclismo. Decenas de chavales llenan en las vísperas los firmes de las calles y calzadas  de circuitos trazados a tiza, con lo que ensayar y rememorar, con uno de los más inocentes juguetes de cualquier época, las epopeyas de figuras de la bicicleta como Induráin, Bahamanotes, Merckx, Contador  o Anquetil. Tal idea sólo podía bullir  en neuronas frescas e infantiles, haciendo completa abstracción de arrugas, canas y osamentas a punto de quebrar.


De este ahora mismo, me duele la marcha sin posible retorno, a quien sabe qué paraísos de juegos y sorpresas infinitas, de uno de esos personajes tocados por la difícil empresa de fabricar  alegría y risas exportadas e importadas para el prójimo. Gerardo Alonso Gavela me deja la huella en vida de un duende travieso. De un niño que oculta en el ardid de muecas imposibles la fechoría de hurtar un caramelo ya ronchando en su paladar. De ser el más listo de la clase, más por astucia que por intelecto. De hacer amigos con la sugestión de un vistazo rápido, pero eléctrico al modo del rayo.


Era el rey de la tertulia del Tritón, simplemente porque la disfrutaba como ninguno. Estaba en uno de sus momentos cumbre del día. Rodeado de amigos a los que sisaba la pieza mayor del frugal condumio: el trozo de bizcocho que acompañaba al café con leche. Emergía en su jugarreta, así, como sin querer, otra faceta de niño grande en esa glotonería por la golosina. Escuchaba más que hablaba, pero narraba, cuando correspondía, sus chascarrillos con el gracejo de un miembro del club de la comedia. Y en sus historias, casi siempre, un sondeo recreado en añoranzas del pasado feliz que, como a muchos, tanto nos cuesta dejar atrás. Gerardo  llevó en la proa de su persona una innata bonhomía, visible a la legua, en equilibrada aleación con un estado dominante de alborozo salpimentado, a veces, en una sutil ironía.


Fue en estas vacaciones de Semana Santa, la última vez que lo vi. Y no me gustó verlo así. Algo, desde muy adentro de las entrañas, le arrebató la eterna infancia de Peter Pan que le dio esa inagotable candidez propia de los inocentes, y que tan bien supo contagiar a los demás cuando estábamos con él. Porque, eso, estar con Gerardo, aunque fuera un instante, era un pasaporte al optimismo, a las ganas de vivir, a ahuyentar los malos rollos, a borrar malas caras.

    
Mi tío Perico y Gerardo fueron amigos y coetáneos. Hoy habrán coincidido ya en la misteriosa dimensión de la otra vida, porque, incluso allí,  seguirán haciendo de todo por seguir siendo niños grandes que han jugado a buscarse. Apuesto que todo anda un poco revuelto, pero mucho más divertido, por esos enigmáticos andurriales.
                                                                                                                               
                   

 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress