Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/11/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Lidia Latiseva LLK
4/05/2017

Tras la mirada de Camarón

 

[Img #29120]

 

 

En diciembre del año pasado, coincidiendo con el cumpleaños de José Monge Cruz, Camarón, y con la inauguración en la Biblioteca Nacional de una exposición antológica, 'Cuatrocientos años de arte flamenco en España', de una calle céntrica de Astorga desapareció un grafiti con la imagen de Camarón que nos había acompañado durante doce años. La sustituyó un espléndido mural promocionando las mantecadas de Astorga. La victoria de las mantecadas me parece legítima. Astorga siempre fue famosa por sus mantecadas y no por la epifanía a Camarón. Hasta mi marido Pepín Ortíz tenía de apodo 'el mantecada' cuando estudió en la Escuela Naval ¡Viva la mantecada! ¡A sus órdenes!

 

La aparición de una imagen de Camarón en Astorga me la tomé como la presencia del genio en la ciudad. Me resultaba muy gratificante pasar a su lado admirando también el arte del grafitero. Me costó un esfuerzo y empeño conocer el nombre del grafitero, pero no pude hablar con él, porque como un verdadero artista callejero es huidizo.

 

En todo este tiempo la imagen de Camarón en la pared ha sufrido algún deterioro a causa del natural desgaste que sufrimos todos por las inclemencias del tiempo y de un atentado cuando directamente sobre su cara pegaron el papel ‘compro oro’. Esta bofetada también la compartí yo. Con ayuda de una amiga intentamos despegar el agresivo cartel pero la cola del mismo se llevaba también la pintura. Mi imaginación me llevó a pensar que ese absurdo cartel pegado sobre la misma cara de la imagen se debió a la lucha entre familias gitanas, unos que admiran a Camarón y otros que compran oro.

 

Más tarde alguien me comentó que el mismo grafitero, en la medida posible, había restaurado su trabajo. Esta pared con la imagen de Camarón yo misma la utilicé para depositar unos claveles rojos en fechas señaladas de la corta vida de Camarón, en homenaje a un artista, un creador y un intérprete excepcional. La mezcla de rigor e imaginación, sabiduría e instinto, y de una presencia tan poderosa siempre llamaba la atención. Y a pesar de su timidez, fragilidad y humildad, siempre fue un centro, un punto donde empieza todo.

 

“No lo había más gitano, más flamenco, más elegante, más torero ni más místico”. Consciente siempre que Camarón es de los gitanos “porque el cante es nuestro, es de gitanos”, decía el mismo. No me atreví a dejar en la pared unos mensajes como los que le siguen dejando los gitanos en distintos sitios “olé Camarón, que viva tu madre y to tu familia. Pues no lo había kien se compare con él, te lo aseguro primo”. Yo no voy a hablar del cante de Camarón ni de su jipio, decenas de flamencólogos y otros artistas lo han hecho con emoción, sentimientos y conocimientos. “El famenco está hecho” decía Camarón, “pero si yo puedo añadir algo propio ¿por qué no lo voy a hacer?”. De Camarón ya lo han dicho todo pero si yo puedo añadir algo propio por qué no lo voy a hacer. A pesar de epígonos, imitaciones, malas e irregulares copias, después de su muerte nadie ocupó su lugar. Las discografías, los ejecutivos de un marketing incipiente y muchos flamencólogos, se han enterado tarde y mal del prodigio que tenían delante. Yo también me he enterado tarde y mal del arte de Camarón, aunque mi primer contacto del arte flamenco fue de asombro. 

 

A finales de los años setenta del siglo pasado yo vivía en Varsovia, tras el telón de acero, que no fue sólo una metáfora. En aquellos tiempos ya empezaron a surgir unas tímidas relaciones entre España y Polonia. Hay que reconocer que la gente de la calle, en la que yo también me incluyo, sabíamos muy poco de la España del momento. Sabíamos que existía un Siglo de Oro en el arte español pero no sabíamos exactamente de qué siglo se trataba. Sabíamos de Federico García Lorca que estaba traducido al ruso y al polaco por ser comunista y mártir. Sabíamos de las corridas de toros y teníamos una idea muy romántica de la guerra civil española, por oír a los testigos de una descomunal valentía de los combatientes españoles que salían de las trincheras a pecho descubierto. Sabíamos de ‘Picasó’ que fue muy popular en Rusia por ser comunista, pero pensábamos que era francés y lo nombrábamos con el acento en la o. Y gracias al hecho de que Carlos Saura recibió la Palma de Oro en Cannes nos llegaron sus películas. Y ya, como de un tirón, llegó a Varsovia un espectáculo de arte flamenco, que lo relacionamos en nuestra profunda ignorancia con la pintura flamenca. Y sin saber por dónde iban a ir los tiros me fui a verlo. Fueron tres: una bailaora, un cantaor y un guitarrista, que con una elegancia innata y con una personalidad flamenca salieron al escenario, ocuparon sus sitios e hicieron lo suyo. Me quedé pasmada. Delante de mis ojos se materializó el espíritu de un pueblo. Se me saltaron las lágrimas, lagrimas de amor por el flamenco.

 

Cuando llegué a España en los años ochenta del siglo pasado, mi ambiente no fue ni andaluz ni flamenco ni complaciente. Parecía raro que una rusa, fuera ya de la edad de desarrollo, le gustara el flamenco, Los Chunguitos, y un conjunto de rock, Barricada. Alguna gente de mi entorno hasta me consideraron una aventurera. Tengo que reconocer que hasta cierto punto tenían razón. Pero unos años más tarde, un amigo mío me oyó narrar mi encuentro con el flamenco y me dijo “si te gusta el flamenco escucha a Camarón, él es lo mejor del flamenco”, y me regaló una cinta con grabaciones de Camarón, “y si puedes vete a algún concierto suyo”, sugirió el amigo. 

 

Nunca he estado en un concierto de Camarón porque sus giras y mis giros nunca han coincidido. A Camarón solamente lo vi en algún espectáculo de televisión. Me llamó la atención su mirada cuando al acabar de cantar la dirige al público. Parecía que cantando se ha marchado a otro sitio y ha vuelto asustado y sorprendido. Y aunque ha nacido con un don, con una personalidad, con gusto y estilo, creía que no le corresponde del todo, que se lo habían mandao, según sus propias palabras. Puede ser que esta mirada suya dirigida al público sea un resumen del dolor y ansia de libertad de los gitanos. ¿Por qué esta mirada? ¿qué hay tras de ella? Preguntaba yo, y me fui detrás de la mirada de Camarón. Mientras tanto José Monge Cruz, el mayor mito gitano de todos los tiempos, ha muerto. Pero yo seguí su mirada hasta llegar a San Fernando de Cadiz, donde él ha nacido, ha vivido, ha cantado y donde está enterrado. Hasta ahí me acompañó mi amiga Mercedes, que me ha dejado en la ciudad para que me acoja y me acompañe el espíritu de Camarón. Ella misma cruzó el Estrecho buscando otras inspiraciones, pero antes de su partida hemos cenado en la Venta de Vargas, una taberna andaluza, sitio emblemático en la vida del artista, donde José empezó a cantar casi adolescente antes de convertirse en Camarón. El sitio me sorprendió gratamente. Yo lo esperaba abarrotado de retratos y de recuerdos de él. Fuera, en la calle, un monumento del cantaor en mármol negro, reproducido en distintos materiales por toda la ciudad. La misma Venta reproduce un patio andaluz con un techo de cristal lleno de macetas con flores, carteles taurinos de la época y sólo algún que otro retrato de Camarón y algún cartel de sus conciertos. También hay un pequeño tablado para sus espectáculos.

 

Era un día laboral y había pocos comensales además de nosotras. Después de un lago viaje, ya con los equipajes en el hotel, empezamos a relajarnos acompañadas de un jerez en las copas y algo al ajillo en los platos. Charlamos de nuestras cosas y yo esperando que el espíritu de Camarón, que estaba segura de que seguía allí, se me manifestase en algún modo libremente, y que me diera alguna señal de que sabe que estoy allí por él y que no le disgusta mi intrusismo. Pero nuestra cena llegó a su final y la botella de jerez también, así que nos dirigimos a pagar. El comedor vacío, el camarero impaciente detrás de la barra, nosotras ya casi en la puerta de salida “¿de dónde son ustedes?” pregunta Lolo, actual encargado de la Venta, “de León” contesta Mercedes, escueta para no alargar el tiempo de nuestra presencia en el lugar, “pero usted tiene apellido ruso”, “¿cómo lo puede saber?”, pregunto sorprendida, “por la tarjeta”, me contesta Lolo, “¿por qué cree que es un apellido ruso?”, sigo indagando, “eso me parecía”, dice Lolo, “si, lo es, me ha descubierto”, “entonces ¿qué hace una rusa aquí?”, “he venido por Camarón, y su espíritu sigue aquí, yo lo noto”, y yo le cuento en breve cómo una rusa puede conectar con Camarón y sentir su espíritu. “Ahora les voy a enseñar un sitio que a pocas personas le enseñamos”, dice Lolo, y nos invita a entrar a una habitación colindante con el bar, algo parecido a un comedor privado con una gran mesa de madera en el centro y con todas las paredes rebosantes de fotos de Camarón, privadas, familiares y recuerdos de todo tipo, hasta un traje del artista. “Nosotros  seguimos siendo ‘camaroneros’ y aquí tratamos de conservar su memoria y su espíritu", "y su espíritu está aquí, créame”, me atreví a constatar, y desde aquel momento me sentí acompañada por Camarón durante toda mi estancia en San Fernando. “En Astorga también somos camaroneros”, presumí yo, “tenemos un grafiti con su imagen. Les voy a mandar una foto”, menos mal que las fotos ya las había hecho antes y puedo cumplir con mi promesa.

 

En San Fernando hay otro sitio donde el espíritu de Camarón está muy vivo, es La Peña de Camarón. Una sala con tablado y mesas, un bar, y ¡cómo no! otras dos estatuas de Camarón, una en la entrada del edificio y otra en el mismo tablado. Ahí mismo cené y disfruté de un concierto y de un espectáculo flamenco en un tablado auténtico. Desde las paredes las miradas de Camarón me seguían en todas sus modalidades: fotos, cuadros, esculturas. Todas las mesas de la sala tenían cartel de reservado. Yo llegué a la Peña puntual como es mi costumbre, a las diez, hora a la que se anunciaba el concierto de Paco Trinidad, cantaor de la Isla, a las diez. Pero según la costumbre andaluza la hora siempre es aproximada. Mi llegada a deshora, una mujer mayor con bastón y sola, despertó un instinto de protección de los tres organizadores y me destinaron una mesa preocupándose de que pudiera ver y oír bien, y aunque ahí no hay camareros, sólo barra, a mi todo lo pedido me lo han llevado a la mesa. Sorprendentemente en la Peña de Camarón me trataron como una invitada de honor. También en este sitio, en este tablao, yo he comprendido qué significa tener una personalidad flamenca y porqué los pobres japoneses se desgañitan sin conseguirlo, porque eso tiene que venir mandao.

 

San Fernando es de Camarón. Me lo imaginaba caminando por las calles de la ciudad con pasos apresurados yendo hacia la Venta de Vargas a cantar. Me lo imaginaba cantando sentado en su silla decorada, entre canto y canto recluido en esta habitación privada, que nos enseño Lolo, para descansar en soledad. No me ha gustado su tumba en el cementerio con el mismo monumento suyo que está repetido por toda la ciudad. Ostentosa sin necesidad.

 

Yo llegué a San Fernando siguiendo la mirada de Camarón pero no me olvidé que San Fernando de Cádiz también es de la Armada Española por excelencia, con su arsenal, su buque insignia Elcano, con su cuartel de la Marina Militar y su Comandancia. En la ciudad hay varias escuelas técnicas relacionadas con la ingeniería naval y la investigación. Hay un telescopio de la Marina de una prestación que es comparable con los mejores del mundo. Con una Escuela Superior de Matemáticas de gran prestigio, y también es el sitio donde se gestó la primera Constitución española.

 

He vuelto varias veces a la Venta de Vargas mientras seguía en la ciudad. He tomado unos vinos con Rascapinos, amigo de infancia de Camarón con el que empezó a cantar en los trenes de la bahía de Cádiz. Lo recordaba con mucha ternura y ojos vidriosos. También he tomado vinos con un ingeniero especialista en tratamientos de residuos navales y de otro tipo, pero él no me habló de Camarón ni de residuos, me habló sobre literatura y cultura rusa. En aquel momento llegué a pensar cómo en aquel sitio, santuario de Camarón, se manifestó un fenómeno misterioso, la capacidad del español para entender y amar lo ruso y la afinidad de los rusos para amar lo español. Porque ¿cuáles son las corrientes subterráneas? ¿por dónde manan? Son afinidades que resisten a una explicación vulgar.


Espero que nuestro alcalde que ha encontrado las conexiones históricas entre rusos y astorganos también encuentre la razón de tan manifiesta afinidad. 


En San Fernando se echa mucho de menos a Camarón y yo en Astorga echaré mucho de menos el grafiti con su imagen. 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress