Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/07/2017
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Isabel Llanos
11/05/2017

Funambulina en el circo

 

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No soy valiente. Soy una funambulista que rezuma sangre agría en cada paso sobre la cuerda floja, que tiembla ante el riesgo de caer pero se siente inevitablemente atraída por la percepción de que, quizás, pueda volar. En los cuentos sucede. También de pequeña lo probé un día. Me agarré con fuerza, la mano izquierda en el balaustre de la escalera de la casa de mis abuelos, la derecha en la valla. Cogí impulso, me balanceé y me lancé.  Y caí. Y estaba duro el suelo. Y estaba dura el alma, incrédula ante lo imposible de lo posible. Aún no me he recuperado de la sorpresa. En ese impase sigo. Dudando si creer y confiar, o si la vida es esto más gris, a lo que le falta colores y risas. Soy bipolar. Me muevo entre la fe y la desesperanza. Estoy totalmente fuera de mí. No se distinguir cuál de las dos facetas de la moneda es la verdadera. Quizás no lo sea ninguna. Quisiera refugiarme para siempre en ese lugar infinito y volátil al que viajan los sueños que se olvidan cada noche. No existir por existir. En el desespero me aupo a las ventanas de los trenes en los que viajan los adultos y miro dentro para sólo encontrar más vacío. Me canso. Bajo y recorro callejones oscuros de calles húmedas y desiertas en los que los pasos se golpean unos a otros en los ecos sórdidos y acompasados de goteras. No hay nadie. Grito. No sirve de nada. No hay nadie, nadie me oye, nadie me escucha. Sublimo iras y echo a correr hacia ningún lugar, qué más da dónde. 


Un día descubrí el cielo en el pasado. Mi cielo. Es una putada reconocerlo tan pronto y que no sea lo que imaginabas. Es un privilegio saber que ya conoces el lugar a dónde irás in eternum. Mi cielo es una tarde de verano, sol tranquilo y perezoso que se cuela entre las lamas de una persiana de madera verde que cubre la ventana abierta al patio de la galería de la casa de mi abuelo. Un televisor Radiola encendido narra historias americanas de esas en que los sueños se cumplen y que hay lugares donde las oportunidades existen; como yo, crédula, en todo un futuro por delante. Soy niña y me siento niña. La merienda de vaso de leche y pan con Nocilla en plato de Duralex  descansa sobre el marco de la ventana que separa la galería de la cocina. Aún siento la suavidad de las manos de mi madrina, tanta que me da hasta dentera, mientras lava las mías con jabón bajo el grifo de la cocina. De nada me sirve decirle que ya me las he lavado, sabe perfectamente que intento engañarla. La amo. Sus brazos gordos y flácidos tiemblan mientras frota con la energía de lo ritual. Ahora ya está fuera, en las sillas del pasillo del jardín con las otras mujeres del barrio haciendo la labor, ella haciendo ganchillo. Mi abuelo también está sentado en silencio escuchando de fondo las voces parlanchinas que se cubren unas a otras. Desde la galería ni siquiera oigo el murmullo. Pero sé que están fuera. Sé que me cuidan, sé que… estoy a salvo. Nunca me he sentido más a salvo. Es ahí. Ese es, ese es mi cielo. Ese momento en el que sé que podría estar eternamente. Estoy sola, pero no me siento sola. Y el futuro por trazar está por delante. Y los sueños se pueden cumplir. Y las historias tienen final feliz. Y Cenicienta ocupará su lugar. 

 

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