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Violeta Serrano
14/05/2017

Los Panero. Encinas parían cadáveres

Violeta Serrano (León, 1988) es periodista y escritora. Co-dirige el posgrado internacional Escrituras: creatividad humana y comunicación de FLACSO-Argentina y es creadora y directora de la revista digital continuidaddeloslibros.com. Es colaboradora habitual de ‘RADAR’, de Página12. Ha escrito también para los suplementos culturales de La Nación, Clarín y Perfil. En 2016 publicó su primer libro: Camino de ida (ed. Modesto Rimba). En Twitter: @VioletaSerga.

 

 

 

“Hay restos de mi figura y ladra un perro. 
Me estremece el espejo: la persona, la máscara 
es ya máscara de nada. 
Como un yelmo en la noche antigua 
una armadura sin nadie 
así es mi yo un andrajo al que viste un nombre.

Dime ahora, payo al que llaman España 
si ha valido la pena destruirme 
bañando con tu inmundo esperma mi figura. 
Tus ángeles orinan sobre mí.

San Pedro y San Rafael 
en una esquina comentan 
mientras avanzo borracho 
sobre esa piedra, payo, 
que llaman España”.

 

Piedra negra o del temblar,

Leopoldo María Panero (1992)

 

 

 

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—La ropa sucia se lava en casa.

 

Mujer de avanzada edad, no identificada, que llama a la misma hora durante meses tras el estreno de la película. Siempre a las cinco de la mañana. Ganó el particular concurso de mejor anónimo de entre los muchos que les llegaron a los Panero entonces. Sin duda ella lo merecía: su fuerza de voluntad era heroica. O eso o era insomne. Pero, sobre todo, supo dar en el clavo: lo que pretendían era no callarse más, tomar posiciones, luchar contra la hipocresía instalada por el franquismo, hacer volar por los aires uno de los pilares básicos del régimen: la familia nacional-católica. Y vaya si lo hicieron. Pero a qué precio.

 

Jaime Chávarri empezó a rodar El desencanto en el 74. Franco estaba vivo, por poco. Elías Querejeta, el productor, no tenía fe en la idea. Pensaba que como mucho aquello daría para un corto, si daba. Pero las horas de rodaje se fueron ampliando y con la suma de todas ellas se podrían haber hecho hasta cinco películas distintas gracias a la pericia del cineasta. Todas muy baratas: por lo visto Querejeta no quería gastarse un duro de más y lo grababa todo en blanco y negro con una sola cámara, en principio. “Yo creo que Elías compraba las bobinas en el Rastro. ¡O las robaba del No-Do!”, bromea el Michi Panero de los últimos tiempos. El origen, asegura, fue idea suya. “El desencanto nace del hambre que yo pasaba en París”, afirma en una conferencia en Astorga, ciudad a la que regresó al final de su vida desde Madrid, enfermísimo de múltiples males. La base era su proyecto de guión titulado Los abanicos de la muerte. Su amigo Chávarri confesó en el programa Negro sobre blanco, que conducía Fernando Sánchez Dragó, que la oferta de Michi de hacer algo con aquello no le sedujo de primeras. Lo que le cautivó realmente fue la mujer de los ojos azulísimos, la dealer, la culpable de todo, la amante relegada, la paridora de cadáveres: la muy elegante Felicidad Blanc, base también de aquel pre-guión de Michi que, en realidad, se sustentaba en filmar los recuerdos de ella, sobre todo los vinculados a la Guerra Civil, tomando como escenario la casa de Astorga. Por un personaje como ese Chávarri sí haría una película. Y eso que Felicidad aún no se había convertido en la dealer de un hijo loco, ni en una moribunda, ni apenas en unas cenizas olvidadas por sus hijos en Bilbao después de que un cáncer acabara con ella. Pero sí era ya la mujer capaz de asegurar ante una cámara, en su papel de viuda insigne –y mujer florero a pesar de su enorme inteligencia y talento–, que ella, durante la guerra, leía Madame Bovary mientras escuchaba caer las bombas a su alrededor y aseguraba, además, que se había enamorado de su marido porque le había dicho, en plena juventud, que la veía como una mujer vieja, ya acabada la vida. No es de extrañar que de esa comunión de amor sólo fueran capaces de engendrar cadáveres o, dicho de otra forma, hombres empeñados en coquetear con la muerte.

 

Querejeta se decidió a empezar el rodaje coincidiendo con la inauguración de la estatua de Panero padre que sale, justamente, en el primer plano del filme. Hoy esa misma escultura está en el jardín de la casa museo y centro cultural en que se ha convertido el lugar, tras muchos años de empeño y esfuerzo del ex-alcalde de Astorga, Juanjo Perandones. Después de todo, Querejeta fue el primer sorprendido del éxito que tuvo El desencanto: más de veinticuatro meses en cartel, en el marco de una democracia recién estrenada. Y todo conseguido sin darle lo que realmente buscaba, según comenta Michi: “Querejeta quería que hiciéramos una película política. Que dijéramos que mi padre llevaba pistolón, camisa azul y que nos obligaba a cantar el Cara al sol por las mañanas, pero eso no era cierto. Y además, aunque lo fuera, yo tenía diez años cuando se murió y no lo recordaría. Pero vamos, mi padre no era ese tipo de señor. Yo lo recuerdo como una persona mucho más… tratable”. Quizás ese morbo que daba en aquel tiempo que una familia se despellejase en público fue lo que en el fondo cautivó a un público acostumbrado a capas y capas, sedimentos ya, de familias hiper-felices retratadas en el cine español desde los años cuarenta en adelante. Después, en esos 90 largos en los que Michi volvía a reflexionar sobre el tema, confirmaba que El desencanto parecía un juego de niños al lado de algunos programas de sobremesa que se daban entonces por televisión, o incluso Tómbola, que era ya una monstruosidad y que, para desgracia de todos, no ha hecho más que empeorar con otros formatos aún más catastróficos y descarados.

 

 

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Los grajos no son cuervos, pero se parecen bastante. He escuchado toda mi vida los mismos ruidos que los Panero debían oír desde la casa de su padre. Esos graznidos impertinentes y las campanas de la catedral tocando a misa o cada hora en punto, con todos sus cuartos y medias. He visto a los sacerdotes y a las autoridades pasar por delante de mi casa, de camino a esa catedral, con sus picudos capuchones y sus músicas terroríficas de Semana Santa. Casi se podía tocar el madero de Cristo desde el balcón de la casa de mis padres. Y las calles cortadas al tráfico y a mí, que me habían asegurado que ya había nacido en democracia y que en eso debía creer. He visto a los mismos católicos que cargan esos pasos beber o “matar judíos” toda la noche hasta caer desmayados si no han podido contrarrestar el bajón del alcohol con algunos gramos de la cocaína que llega directamente a Astorga desde Galicia. No por nada en León, la capital de la provincia, el Jueves Santo se celebra el día de San Genarín, en honor a un borracho que murió atropellado por un pionero camión de la basura mientras meaba en la muralla romana de la capital una Semana Santa de principios del siglo XX. He visto cómo el último bastión en provincias de una redacción de un diario nacional se iba a pique en mi ciudad: era la de El Mundo, que estaba a apenas dos minutos de mi casa cuando yo recién empezaba a estudiar. Allá iba Michi a dejar sus artículos, y mi madre le veía tomar café, agua o lo que fuese  –entonces ya padecía cirrosis–, en el bar de enfrente: una tortillería, en realidad, que aún sigue en pie, aunque con otros dueños. En España, los bares, siempre tienen un futuro más prometedor que cualquier otro negocio u ocupación intelectual. Y ahora veo al Michi de entonces en YouTube y sé que no podría haberlo reconocido ni aunque mi edad se juntase con la suya. Tampoco los de una generación anterior a la mía lo recuerdan paseando por Astorga. Quizás la que más se ocupó de él en su última etapa fue su amiga Mercedes Unzeta, escritora y heredera también, de otro de los más acaudalados que tuvo una vez la ciudad: Ricardo Gullón, y que hoy vive en un molino de un pueblo cercano, Nistal, que heredó y ha readaptado como parador rural con un gusto exquisito. La vida adulta de Michi, seguramente, estuvo mucho más ligada a Madrid que a la provincia. Pero su infancia no. Y por eso, tal vez, tanta nostalgia y tanta necesidad de dejar testimonio de una época que todos y cada uno de ellos, se empeñaron en odiar. Y él más que nadie. No quería ser poeta, todo lo contrario a sus hermanos Juan Luis y Leopoldo María. Michi quería huir de la poesía como de la peste. Así lo dejó escrito su amigo Enrique Vila-Matas en el obituario que publicó en la revista mexicana Letras Libres. Michi sólo quería que le dejaran en paz. Pero fue imposible. “Su gran sueño, siempre en clave muy irónica, era ‘dejar de ser un niño pobre, salido de un cuento de Dickens’ y casarse con una millonaria como Bárbara Hutton para divorciarse pronto de ella, y desde luego no tener que escribir. Curiosamente, escribía muy bien, pero no fue nunca un escritor. Nunca trabajó en nada que pudiera ser nombrado con solemnidad en su biografía. Trabajó a fondo su propio aburrimiento, eso sí”.

 

Veo en la pantalla a ese mismo Michi caminar por la calle que lleva el nombre de su padre Leopoldo. La catedral de Astorga queda tras él. Dice que parece que el sonido lo hubiese puesto Spielberg. Él, reputado crítico de televisión y amante declarado del cine, obvia a Hitchcock y la cámara que lo enfoca se va de repente hacia el rosetón de la catedral donde los grajos hacen círculos y aúllan al atardecer de la calle más sombría y bella de la ciudad. Los colores son tostados sobre una pared torcida: hay faroles de hierro que iluminan mal. Michi va, a paso lento, acercándose a la casa en ruinas de su familia y que, sin embargo, nunca heredó. Más aún: nunca llegaría a verla restaurada como hoy lo está. Se cumplió uno de sus sueños cuando ya no le importaba. No le sobraba más vida. Igual que a su padre el día que él fue corriendo a buscar un médico para que lo salvase y una vieja del pueblo cercano a Astorga donde pasaban los veranos, Castrillo de las Piedras, paró en seco su inocencia y le espetó: “¿Para qué corres, si ya está muerto?”. En su lápida en el cementerio de Astorga lo irá a acompañar cuarenta años después ese mismo niño: Michi es el único de los hijos enterrado en el panteón familiar.

 

Fue el 27 de agosto de 1962 cuando el padre desaparece. Leopoldo Panero había llegado haciendo eses de las fiestas de Astorga, una localidad de no más de 15.000 habitantes situada a 47 kilómetros de León capital y en la que, gracias a él, entre otras cosas, pasearon César Vallejo y otros intelectuales destacados de la época. Nadie le dio importancia a su conducta: lo normal era que viniera borracho. El niño José Moisés –al que llamaron luego Michi– tenía sólo diez años. Había ido a saludarle y a buscar consuelo: acababa de picarle una avispa. Pero su padre le quitó de en medio de un manotazo. La palanca de cambios del auto estaba quebrada. El padre sube a la habitación. Dice que se siente mal. Felicidad no le quiere molestar: así lo ha ordenado. Pero ve que está frío, como si estuviese muerto. Y a los pocos minutos efectivamente lo está. Lo bajan de la habitación con una sábana que tapa mal su enorme cuerpo. La mano del insigne poeta del franquismo sobresale y se da, uno a uno, con todos los peldaños de la escalera ante la mirada de sus hijos.

 

Y pensar que podría haber muerto mucho antes si no hubiera sido por Carmen. O no, más bien, si no hubiera sido por la dueña original de la casa de Astorga: doña Máxima. La madre del poeta se plantó en el cuartel general de Salamanca para salvar a su hijo de la condena a muerte que pesaba sobre él en la entonces cárcel de San Marcos de León –hoy reconvertida en un precioso hotel de lujo–. La abuela de los Panero fue capaz de amedrentar a la mismísima Carmen Polo de Franco. “Es muy plausible porque doña Máxima era mucha Máxima. Y ante aquello doña Carmen pues sí, se aterraría y le dejaría en libertad. Bueno, no, le dejó enrolarse en el ejército… victorioso, entre comillas”, afirma Michi. “Que un hombre esté condenado a muerte en San Marcos y que luego escriba el Canto personal me inspira una curiosidad que todavía no he desvelado a lo largo de los años”, añade hablando de su padre. Y no le falta razón. Leopoldo Panero fue el poeta que contestó al Canto general de Neruda para salvaguardar el valor de esa España franquista y colonizadora que, como pensaría también su íntimo amigo Luis Rosales, estaba siendo atacada por la impertinencia de un miserable chileno. Rosales, por cierto, nunca les perdonó a los herederos de su amigo El desencanto.

 

 

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La casa Panero tiene una reja. Y un torreón. Y una palmera igual a la que tenía la de Ricardo Gullón, que está a apenas diez minutos de distancia, más cerca del Palacio de Gaudí y que hoy funciona como una posada real. Eran casas de indianos que fueron a América y regresaron con una fortuna que invertir, sobre todo, en piedras. Y de eso, en la comarca de la maragatería, hay un montón. Y silencio, toneladas de él. Y honestidad brutal, como la de la vieja que le aseguró a un chaval que su padre ya estaba muerto y que entonces para qué correr. Durante años esa casa fue lugar de travesuras para los niños que estudiaban en el colegio de monjas que está justo al lado, sobre la calle del poeta Leopoldo Panero: La Milagrosa. Era el lugar fantasmal al que estaba prohibidísimo entrar, y por lo mismo, no se podía parar de intentarlo.

 

Cuando Michi regresa a Astorga para morir, arrastrado por la necesidad de dejar el piso del número 35 de la calle de Ibiza, en Madrid, ya desahuciado, no tiene empacho en decir, de nuevo, todo lo que piensa. Una costumbre que no perdió nunca, ni él ni sus otros dos hermanos: Juan Luis y Leopoldo María, que tampoco se guardan casi nada en el filme que grabó, años después, Ricardo Franco: Después de tantos años (1994). Una película cuyo título original era El desconcierto. La idea de retomar aquello fue, de nuevo, de Michi, que aparece en un estado pésimo, poniendo al descubierto casi un inventario de su propia destrucción. En la conferencia que pronunció en Astorga asegura que el productor de El desencanto era un ladrón –“Querejeta es lo más parecido al cuento de Navidad de Dickens”–, que seguía cobrando royalties que ellos nunca han visto, que les dieron 300.000 pesetas de la época a cada uno y santas pascuas. No hay derecho a réplica porque Querejeta también está muerto. Esa película significó mucho para España, pero más significó para ellos y su familia. El éxito trajo consigo el polvo. Perdieron, entre otras cosas, la famosa casa de Astorga, que pertenecía, en sus dos terceras partes, a sus tías, a las que no tuvieron ningún inconveniente en poner a escurrir delante de todo el país y parte del extranjero. El desencanto se siguió proyectando por el mundo: desde México, donde tuvo un éxito esplendoroso, hasta Japón. Desde luego que las mantecadas de Astorga llegaron a límites insospechados y la vergüenza que sintieron muchos, también.

 

 

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El desencanto tuvo que caer como una bomba sobre la sociedad astorgana de entonces. Aún hoy se caracteriza, entre otros atributos de belleza innegable y de compadreo noble que es propio de los leoneses y de su tierra, por un conservadurismo declarado. Astorga es una ciudad de provincias con una densidad de población bajísima y que, sin embargo, contiene ella sola una catedral y una iglesia por cada barrio y hasta cinco conventos, dos de ellos de clausura. Es, además, sede episcopal de la comarca y aloja, asimismo, un cuartel militar. No es raro encontrarse a hombres uniformados comprando el pan. Aún el pasado día de Navidad de 2016 el obispo celebró misa en la catedral y sustentó su sermón en el ideal de la familia católica atacando a las mujeres que decidían interrumpir la vida, decía, el amor, decía, de sus vientres. Eso no es sorprendente, pero sí el hecho de que hubiera muchos jóvenes que no sólo asistían, sino que también comulgaban. Desconozco si alguno de ellos vio alguna vez El desencanto o si sabe siquiera que a apenas cinco minutos de ese espacio de culto se forjó una de las leyendas más controvertidas de la literatura española. Sobre quién se llevaba la palma hubo siempre choques. Michi decía no quererla, pero parece evidente que entre Juan Luis y Leopoldo María la competencia fue feroz. El primero, de hecho, le llamaba al segundo, despectivamente, ‘el conde’. Juan Luis fue autor de una obra de corte más clásico con muy buena acogida en el mundo académico: Francisco Rico lo incluyó como uno de los mejores poetas españoles de las tres últimas décadas del siglo XX. Críticos de la talla de Fernando Valls lo defendieron y alabaron su obra tildándola de excelente. De hecho, fue ganador del premio Loewe en 1988, entre otros. Valls, que era, además, su amigo, lo recuerda hoy así:

 

 

“Cuando regresó a España, tras bastantes años en la América hispana (Bogotá, Quito, México...), donde trabajó en el mundo editorial, vivió un tiempo en Barcelona, hasta que acabó instalándose en el Ampurdán, en Torroella de Montgrí, donde vivía con Carmen Iglesias, médica, y creo que ángel de la guarda de Juan Luis... Allí llevaba una vida muy retirada: se acostaba tarde, se levantaba muy tarde, leía mucho y escribía cuando tenía algo que decir, y fue dejando de beber conforme pasaban los años, refugiándose finalmente en el vino blanco. De vez en cuando recibía a unos pocos amigos, con los que le gustaba hablar de libros y cotilleos literarios varios. Juan Luis era un gran conversador y hombre de una gran cultura. Las cosas que conocía, las sabía en profundidad, pero tenía un carácter difícil, a veces explosivo, por lo que acabó peleándose con muchos de los amigos que más lo apreciaban”.

 

La obra de Lepoldo María fue fascinante en algunos periodos, sobre todo en sus inicios, y tuvo adoradores que lo iban buscando y visitando por los distintos sanatorios psiquiátricos en los que recaló a lo largo de su enfermedad que algunos consideraban fingida. Tanto así que se podría concluir que el personaje acabó devorando al autor. Muchos se aprovecharon de su calamitosa situación y exprimieron una obra que quizás debiera haberse clausurado antes de desvariar hacia un simbolismo demasiado frágil. El personaje Leopoldo María cultivó una risa cavernosa. En sus últimos años fumaba un cigarro tras otro y bebía coca-colas de forma compulsiva. En cualquier conferencia o evento al que le invitaban pedía permiso para levantarse e ir al baño, así fuera en medio de un programa de televisión en directo: sufría incontinencia. Antonio Gamoneda, otro gran poeta vinculado a León, que coincidió con él en más de un evento, lamentaba sinceramente su situación. Leopoldo María, en su juventud, fue un personaje mítico de la movida madrileña. Uno de sus más reputados compañeros de correrías de aquel tiempo fue Luis Antonio de Villena, que en 2014 retrató, de manera muy personal, su propia historia de la familia Panero en un libro editado por la fundación José Manuel Lara: Lúcidos bordes del abismo. Allá se daba cuenta de lo que fue aquel piso de la madrileña calle de Ibiza. Contaba cómo Felicidad Blanc soportaba, con bastante dignidad, las inclemencias de Leopoldo María que, poco a poco, según su visión, se fue adueñando de la casa. El mismo Villena relata cómo un día Leopoldo María le invitó a que usase el viejo despacho que perteneciera al pomposo Panero padre para follarse a uno de los dos chicos guapísimos que habían encontrado en uno de los bares gays de Madrid que frecuentaban casi todas las noches. Cada libro, cada lámpara, cada resto de valor se fue vendiendo poco a poco: incluidos los de esa habitación que muchos considerarían mancillada por semejante acto impuro cometido, encima, entre dos maricones. Michi fue el último habitante del apartamento. El rastro de esa decadencia queda inmortalizado en el filme de Ricardo Franco. En él también se puede seguir el rastro de Juan Luis, que habla desde aquel pueblo del Mediterráneo en el que decidió cobijarse y del que sólo salió para acudir a encontrarse con sus hermanos el día que le comunicaron que su madre había fallecido. Pero llegó tarde. Ya había pasado el episodio escandaloso en el que Leopoldo María había intentado resucitarla besándola en los labios. Estaba seguro de que no había muerto, sino que había sido asesinada. Cuando le comunicaron la muerte de Michi sospechó lo mismo. Él fue el último en morir, a pesar de su extrema fragilidad y de ser el que más claramente estaba enamorado de la muerte desde el día que nació. En el primer poema que recitó, a sus apenas siete años, la llamaba casi por su nombre:

 

 

“Mi corazón temblaba y no era un sueño
fueron muriendo todos los soldados de la guardia del rey
y mi corazón seguía temblando”.

 

A su padre le preguntaba cuando usaba un interruptor adónde se iba lo claro cuando se apagaba la luz. Niño prodigio para muchos, José María Castellet lo incluyó como uno de los Nueve novísimos poetas españoles en su famosa antología de 1970.

 

 

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Toda la destrucción que construyeron con tesón durante años forjó una leyenda y una radiografía molesta sobre la historia cultural de España. Ellos fueron de los pocos intelectuales que vivieron el franquismo desde el terreno. Fueron testigos del deterioro y de la sepultura de las ideas de los exiliados. De cómo los que volvieron después del 75 se encontraron los despojos de lo que no se pudo defender. Ellos fueron juez y parte de cómo se ahorcaba la cultura en pos de un ideal católico contra el que desearon luchar. ¿Lo desearon o lo necesitaron? La muerte de su padre significó una catástrofe económica y las 300.000 pesetas que les proporcionó interpretarse a sí mismos en El desencanto fueron, seguramente, un desahogo importante tanto para la viuda como para sus hijos. Pero, ¿valió la pena, como dice Leopoldo María en su poema, destruirse para que el esperma de España bañase su figura? Los reproches, más tarde. Los insultos, también. Ahora ya están todos muertos y ninguno tuvo descendencia: cualquier puede hablar. Incluso bien. Y mientras tanto el cine les condena a la vida eterna. Más aún, el escritor y periodista estadounidense, Aaron Schulman, radicado en Los Ángeles, está ahora mismo preparando la no-ficción narrativa –así la etiquetan en Estados Unidos– sobre los Panero que publicará la editorial neoyorquina EccoBooks, perteneciente a Harper Collins. Si le preguntas por qué, responde así: “Vi El desencanto en 2012 y, como muchos, me obsesioné. Me pareció una novela de Bolaño, pero todo real. Escribí un ensayo para la revista The Believer sobre el documental, y un par de años después, aún obsesionado, me di cuenta que la historia de la familia entera tenía el peso y la extensión dignos de un libro”.

 

Al final, todos volverán  de alguna manera a su polvo original: la literatura. Y entonces no podrán morir jamás.

 

 

 

 

 

 

Publicado en ‘fronterad’: www.fronterad.com

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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