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Miguel Casado
14/05/2017

“La crisis como forma” (sobre la poesía de Víctor M. Díez)

Reproducimos un artículo del poeta y crítico Miguel Casado sobre la poesía de Víctor M. Díez que apareció publicado en 'La Sombra del Ciprés', el suplemento de Cultura del periódico vallisoletano El Norte de Castilla, el pasado 6 de mayo de 2017.

 

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“La cuestión del poeta y del escritor –su naturaleza, posición y relaciones recíprocas– es un tema actual que se ha debatido con frecuencia en conversaciones literarias”, escribía en 1930 Gottfried Benn, el gran poeta alemán, que añadía: “y casi siempre en el sentido de que al poeta le ha llegado su final y otro fenómeno ha ocupado su lugar”; citaba también a un crítico de la época: “ya no se cumplen las condiciones sociales para desempeñar el oficio de poeta, cada día goza de menos credibilidad”. No importa que la comparación, en el caso de Benn, fuera con la novela, y después lo haya venido siendo con tantas otras cosas; lo cierto es que, parafraseando a Paul de Man, la poesía existe desde hace siglo y medio “en la modalidad de la crisis”, en el filo de su negación. Y de su poder para integrar ese límite proceden sus mejores virtudes. Pocas obras lo asumen con tanta consecuencia como la de Víctor M. Díez (León, 1968); sigo sus poemas desde hace treinta años, cuando él era muy joven y aún no había publicado, y mis libros preferidos entre los suyos son siempre los últimos, ahora ‘Discurso privado’ y ‘Todo lo zurdo’, donde su capacidad de hacer de la crisis una ‘forma’ alcanza la plenitud.

 

En contacto directo con el mundo –“salgo un momento y todo son roturas. / La discontinuidad de lo urbano, la respiración / entrecortada”– la textura de los poemas evoca el “montón de imágenes rotas” nombrado en ‘La tierra baldía’, imágenes crecidas desde residuos, de un desgaste o de una falla previa, material de desecho. Ciudades con agujeros, casas, calles, personajes, agrietados. Lo que puede sencillamente verse y nadie percibe, una extrema precariedad, espacio que ‘casca’ en su coagulación de tiempo.

 

Es arriesgada la poesía de Víctor M. Díez, expuesta a la intemperie. Espesa una atmosfera enrarecida y se da, a la vez, con transparencia peculiar. Su mirada parece animista y en ella todo vive, se hace animal, pero sin generar ningún vitalismo: como si todo tuviera vida, sí, pero vida parásita, hecha de lo que se sustrae de aquí y allá, vida como proliferación. Marcada por este signo bullente, se ve como en la placa del microscopio, con el cristal de la ironía, el reactivo del humor negro. Y se alejan, en ese pulular orgánico, tanto un posible espacio común como uno personal, perdiéndose los dos en un gesto sincronizado: “se hacen borrosos los otros / mientras tú te apartas”. El fondo de este mundo caído es una violencia existencial, interiorizada: “un desierto físico. / Se agujerea el espacio hasta desangrar la identidad”. Así, el hilo común de estas dos imágenes que recojo: una nace de una fría soledad: “A veces me recorto con tijeras, / recorro toda la silueta con delicadeza. / Me despego para hablarme. / Y le echo palabras a ese hueco que dejo de mí misma”; la otra dice un ahogo: “Abrimos ojos con puñales en el cartón / de la noche; casi no deja respirar / esta careta azul oscuro”. Papel o cartón trabajado con el corte de tijera o cuchillo, formas de autorretrato y a la vez de agresión, manualidades infantiles para hacer venir esta herida desde el origen.

 

Palabras arrojadas a ese hueco, los versos de Víctor M. Díez se tienen en el fiel de la conexión entre realidad y poesía. Y entienden que esto no depende solo de las imágenes, sino de que el lugar de la voz pueda él mismo ser el mundo. Pues, igual que el espacio o el sujeto, se agujerea el texto: “el poema, abierto por debajo, va dejando / un reguero sin sentido”. Escritura en la modalidad de la crisis. “Las palabras son ese alambre de espino enrollado que hiere las manos al intentar desliarlo”.

 

Va Víctor M. Díez recorriendo los accidentes que obturan lo poético. La repetición: refugio en la costumbre, amenaza que uno mismo fabrica. El ruido incesante en uno mismo y en torno, como vía de esa repetición: “tú en el callejón / un mosaico de diminutos ruidos / que no sabes cómo interpretar”. Ese no saber: “lleno de huecos / por la ignorancia: nidos y nidos de nada”. Pero precisamente es el no saber, con su ansiedad y su requerimiento también repetidos, lo que invierte la energía; permite que de la precariedad y la carencia se haga la escritura. Lo muestran dos momentos cruciales de ‘Todo lo zurdo’: la parte inicial, titulada “Roto”, y los fragmentos en prosa y verso de un diario imaginario de Denardo Coleman, hijo y batería de Ornette Coleman, quien bautizó el ‘free jazz’ y a cuya memoria se dedica el libro: biografía y autobiografía, notas para discutir de estética, desdoblamiento de la discusión del poeta consigo mismo que compone la obra última de Víctor M. Díez.

 

El no saber y la conciencia del no saber son el alma de la escritura, que la mantiene viva, siempre preguntando, sin reconocerse en alguna clase de fijeza o logro. Es la herida, esa fuga en el fondo del poema, lo que aguza la percepción, lo que mueve a decir la extrañeza, a tomar los días como haz de diferencias, a buscar el tacto, el sonido, la fluidez y viscosidad, el brillo opaco de las cosas-palabras. Si Díez dijo que quizá su poesía es un cine verbal, ahora sabemos que no solo, que imprime una cualidad táctil y sonora en el mudo papel, como si en él quedara activa la conexión con las memorables ‘performances’ en que dice sus poemas. Se oye la textura al leer, se diría, aplicando un juicio atribuido a Coleman: “aprender a discernir los sonidos que merecen la pena, para eso hay que zambullirse en el ruido”.

 

De esta materia es el “balbuceo de lo común”, la conversación informe de quienes no alcanzan voz, y el ‘discurso privado’ que constituye al poeta ha de generarse ahí, perfilarse con la mínima luz del instante; o, de nuevo en la voz de Coleman: “Cosí cien botones en la chaqueta de la noche / Ninguno era igual, todos significaban algo”. Mientras escribo, escucho a Nick Cave; recuerdo cuando lo descubrimos, tocando en una vieja nave, al fondo de la multitud, en una secuencia de ‘Cielo sobre Berlín’. Y, en una especie de azar objetivo, me acuerdo también de Juan Larrea: “era posible retroceder hasta el borde del sonido para hacerse dolor”.

 

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