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Aidan Mcnamara
18/05/2017

Juegos de siembra

 

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La palabra no cambia. Es como el agua. Tiene dos partes. Si tiene algún significado por muy abstracto que sea, incluso inútil, y una pronunciación, es palabra. Da igual que sea banal o importante o que designe algo concreto o al contrario, algo  imaginado. Tiene dos ingredientes. Son y sentido… aunque el sentido sea un sinsentido.

 

Lo demás son la lengua, el lenguaje, la lingüística en general y el contexto diacrónico en particular. Pero éstas son otras historias. Con la palabra no hay gran misterio. Es una herramienta que no va a cambiar. Casi un elemento. Pero efectivamente un compuesto, como el agua.

 

Las palabras son inocentes pero no puras. Ejemplificarlo es tan divertido como arriesgado. Decir que todos somos iguales pero no clones equivale a decir que somos individuos y muy parecidos… pero no iguales.

 

Igual. Vaya palabra.

 

En las demás artes, la música, la pintura, la escultura o el arte que te venga en gana (pero yo estoy con Savater: cocinar es una destreza con algunos trucos llamativos, de buen ver o de caro vender), los ingredientes van evolucionando. Su composición y su desarrollo no paran.

 

Las técnicas (los materiales -hasta la electricidad-, sus fusiones -como el matrimonio entre la fotografía y el sonido en el cine-, el mimo con el baile, el baile con zapatos especiales, el dramón cantado (yo llevaría a Pucini en los cascos en caso de ser invitado a la Casa Blanca si el italiano no estuviere proscrito)…) distinguen a las demás artes del arte más sencillo, más universal, porque éste nace de y yace en la palabra: o sea, la literatura

 

Su unidad principal no ha cambiado desde los primeros fuegos hasta nuestros tiempos. Contar cosas y plasmarlas en formatos como la memoria o una pintada o un libro hace que el arte de usar palabras sea a la vez el más primitivo y el más estático, constante.  Sólo necesitas palabras. Y desde ese puño de tierra puede nacer una mala hierba o un roble. La gran paradoja agridulce es que las palabras pueden engendrar El Quijote o el canto gradero: oe oe oe oe, oe oe.  (Las he contado. Creo que lo he apuntado bien. Son palabras que expresan júbilo, posiblemente etílico, y una ligera, cuando no alarmante, carencia de vocabulario).

 

¿Qué significa nación? Depende. ¿Hablas con un jurista catalán, o con un lexicógrafo español, o con un poeta esloveno? ¿O hablas con un jurista español, un lexicógrafo catalán o un periodista croata?

 

No da igual.

 

La literatura es su propio glosario. Y, sin embargo, cuando la palabra sale del arte entra en el laberinto de lo real. Hoy voy a definir lo real (para dar un poco de autoría a las pobres palabras): donde lo moral (cómo actúo) besa lo político (cómo actuamos).

 

Todos manipulamos las palabras. Somos todos artesanos de la comunicación. Algunos somos más brutos o más sutiles según el tema. Y no somos inocentes. Las palabras sí lo son. Pero no se dan cuenta.

 

De ahí nace la labor del periodista, del escritor, del poeta e incluso de los redactores de la constitución. Y también depende del país, del estado, de la cultura, de la historia, y de ese beso real, de ese nexo que está cambiando conforme a la evolución de cómo concebimos la vida y la claridad que queremos a la hora de pensarla, conceptualizarla y expresarla.

 

La iguala es una palabra bonita. Voy a regarla. Pero lejos de cualesquiera primarias.

 

 

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