Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/05/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Sol Gómez Arteaga
18/05/2017

Identidad

 

[Img #29545]

 

 


Buscar nuestros orígenes responde a una necesidad inherente al género humano y es algo a lo que nos dedicamos, en mayor o menor grado, en algún momento de nuestra vida, al objeto de conocernos mejor, de saber quienes somos, de comprendernos más, de encontrar nuestro lugar en el mundo, de posicionarnos, de tomar decisiones con respecto a las cosas que nos atañen y vinculan. 

 

La historia más importante que ha llegado hasta nosotros es la de un accidentado, lleno de avatares y de experiencias, retorno al hogar. En el poema épico de la Odisea, el reconocimiento que, tras el disfraz de mendigo, hacen de Ulises su fiel perro Argos y su antigua sirvienta Euriclea a su regreso a Ítaca, significa la recuperación de la identidad fragmentada o reconstrucción del ser a través de la memoria. 


  
Y es que responder a la cuestión de quienes somos en tanto seres únicos, iguales a nosotros mismos y diferentes del resto, no parece tarea fácil. Somos lo que hablamos, lo que hacemos, lo que mostramos, lo que sabemos, lo que sentimos, lo que amamos, lo que soñamos, lo que asumimos, lo que contamos, lo que tenemos, aquello por lo que perseveramos, pero también, también somos lo que callamos, lo que ocultamos, lo que rechazamos, lo que odiamos, lo que olvidamos, lo que nos falta, lo que nos causa pavor, es decir, esa parte desconocida de nosotros mismos que constituye nuestra sombra y de la que no podemos escapar. La certeza de identidad se desmorona en la magistral obra de Stevenson, “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde” cuando el doctor Jekyll, obsesionado por la naturaleza dual del alma, crea un alter ego de sí mismo dañino, monstruoso, que representa la parte negativa de su personalidad. Y que años más tarde desarrollará el psicoanálisis con el descubrimiento del ello.

 

Frente a la identidad tradicional, clásica, solida, irreversible, asentada en lo tangible, que tiene su exponente en el álbum de fotos de toda la vida, asistimos, con la instauración de las nuevas tecnologías, al surgimiento de una identidad inestable, efímera, borrable, biodegradable, virtual, como esa sucesión de imágenes que discurren continuamente en la pantalla del televisión. Hace unos días, estuve tomando una cerveza en un bar de pueblo que ofrecía, a través de tres televisores de plasma distintos, uno situado a la entrada, los otros dos al fondo y casi juntos, tres programaciones –anuncios, fútbol y tenis– también distintas. Nuevas patologías mentales, como el trastorno de personalidad, tienen mucho que ver con las nuevas formas y estilos de vida.  


    
Añadir que la propia identidad no se conforma de forma aislada, individual, independiente, sino en relación con el otro. No hay identidad sin el otro, y solo podemos vernos a través de los ojos de los demás. Como dijo Angel González en el poema titulado  ‘Muerte en el olvido’ “yo sé que existo porque tú me imaginas, soy alto porque tú me crees alto, y limpio porque tú me miras con buenos ojos, con mirada limpia”. 

 

O como señala la serie de hipótesis-interrogantes del Talmud atribuidas a Misnah Abat que me ha acompañado todos estos años en la búsqueda personal hacia el yo misma, recién nacida eterna que madura a corros –incluso pudre a corros–, en tanto otras partes de mi ser permanecen vírgenes, inalterables, que dice así: 

 


Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será para mí?
Si yo soy para mí solamente, ¿quién soy yo?
Y si no ahora, ¿cuándo?

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress