Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 24/06/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Agustín Geijo
22/05/2017

¿Retorno al pueblo?

El 60% de la población mundial vivirá en ciudades en 2030. La avalancha humana hacia las ciudades parece imparable lo que producirá un aumento de las desigualdades y una situación que puede ser desbordante. Informe de ONU-HABITAT.

 

 

[Img #29616]

 

 

Como consecuencia, las ciudades han llegado a una talla critica, todo ello en nombre de la competitividad, de la producción, por producir sin sentido, invitan a la consumición, consumir y consumirse consumiendo, alinean a sus habitantes con los objetos que proponen, para obtenerlos, todo debe efectuarse rápido, todo tiene que obtenerse en el instante, rápido a trabajar, comer, dormir, hacer el amor…. el alto grado de toxicidad alcanzado es de tal magnitud, que cabría plantearse un giro de 180° y comenzar a dirigirse en sentido contrario practicando una forma de decrecimiento, una sobriedad feliz, quizás activando de nuevo la ruralidad, viviendo y trabajando en el pueblo. 

 

Por otro lado, a la hora de la mundialización, los pueblos, el pueblo, continúa en el imaginario de los españoles. Pero el divorcio entre mito y realidad no ha sido nunca tan flagrante. La antigua colectividad del pueblo, ruda a menudo, pero  muy solidaria, está extinguiéndose, hoy este colectivo coexiste en un espacio desprovisto de un futuro común. Los mayores del pueblo experimentan el sentimiento de ser los últimos representantes de una cultura en vías de desaparición. En el pueblo que me vio nacer, Val de San Lorenzo, pueblo artesano y labriego, cuando se tejían cobertores, o se cosechaba, también se tejían y cosechaban relaciones humanas. Hoy, nos dicen los ancianos : “existen muchas quiebras, quizás la mayor, fue la llegada de la televisión e Internet, provocando una reducción del trazo esencial de la cultura. El placer de la palabra, la conversación directamente intercambiada ha dado paso a calles que se han vaciado progresivamente y a tardes desiertas”. Es una evidencia, las fracturas sociales se doblan de fracturas culturales que ponen en juego concepciones diferentes de la vida individual y colectiva.

 

Sin embargo,  se continúa manifestando un deseo de quedarse en el pueblo, trabajar, llevar a los hijos a la escuela del pueblo, comprar sus productos en la tienda de la calle mayor, su pan en la panadería, asistir a las fiestas, discutir, casarse, tener hijos, vivir, envejecer, morir y ser enterrados en la tierra que se ha visto toda la vida, esa tierra que se ha contemplado durante todas las estaciones, en la sabiduría de los ciclos de la naturaleza.

 

España no es una idea, es una geología que llega a ser acogedora por su geografía y viva por su historia, cuando se labra o trabaja su tierra, se descubre una geología, como las zonas que son adecuadas para un tipo de cultivo, cereales, vino, hortalizas etc.. o las composiciones de piedras, mármoles, arcillas etc.. todo ello constituye una geografía donde los hombres nacen, viven, piensan, envejecen, mueren y son enterrados, lo que genera una historia, una sociedad, un pensamiento y una espiritualidad. Si se comprende el suelo, la tierra, y nos adaptamos a vivir en función de ello, se sabe el origen, el lugar de donde se viene, lo que puede ser muy importante cuando no sabemos (como actualmente) donde vamos.

 

El contacto directo con la tierra, la naturaleza, nos devuelve las sabidurías antiguas que nos arraigaban, que nos equilibraban y que hemos olvidado. Cuando no se tienen raíces, ¿como comprender el árbol, el tronco, las ramas como resistir al viento, al desarraigo al arranque de cuajo?. En la ciudad, los niños nacidos sobre el asfalto, el hormigón o el cemento, están desprovistos de raíces, de historia, no se pueden integrar, ni arraigarse, si se ponen a cavar el asfalto en la ciudad, descubren las alcantarillas y las cloacas.

 

En el pueblo, los niños tienen acceso a la educación de la tierra; observando un jardín, un huerto, aprenden lo que es un tiempo necesario y largo, tiempo de labrar, tiempo para sembrar, regar, germinar, tiempo para ver crecer, en un cierto momento quizás ver florecer, ver los frutos, luego cosechar; después la planta se seca, muere y desaparece y el año próximo se recomienza, como cualquier trayectoria humana. La fuerza de la naturaleza, la regularidad del ciclo, el sentido de este orden, de esta armonía, cuando se comprende como funciona, se encuentra su lugar, su puesto en el mundo, la posición derecha, vertical, lo que implica afrontar los ciclos de la vida y de la muerte, de su propia muerte.

 

En las ciudades, nuestra sociedad no es capaz de afrontar la muerte, su propia muerte, pues lo que caracteriza nuestra sociedad es su infantilismo; en definición, los niños no saben ni quieren saber lo que es la muerte, por lo que deseamos ser niños, ser adulto no interesa, los jóvenes adultos quieren ser jóvenes, los viejos quieren seguir siendo jóvenes, como si esto fuera una forma de virtud. Sin embargo, en un cierto momento necesitamos vivir nuestro tiempo sabiendo que éste tiene un limite, que vamos a morir y no se puede vivir bien sin saber lo que es la muerte, pues cuando se aprende a vivir, también se aprende a morir y esto solo se puede pensar si comprendemos que hacemos parte del ciclo de la vida. Pero si esto no se enseña, no se aprende ¿cómo los niños pueden comprender que forman parte de un ciclo?

 

El hombre de la tierra, del pueblo, cuando salía a la puerta de su casa y miraba al cielo, sabía si al día siguiente iba a llover o no, si el viento o la luz tendrían incidencias sobre los cultivos, o cuando veía a las golondrinas volar bajo, a una altura particular y comían los insectos, era capaz de saber lo que ocurriría el mañana, poseía una sabiduría milenaria, si se equivocaba, habrían fracasado sus cultivos y perder las culturas, significaba no poder comer, si perdían el pan, se exponían a la escasez y el hambre no era posible, impensable. Esa transmisión del saber popular tan tierra a tierra, se efectúo durante milenios, era una sabiduría empírica. Este hombre de la tierra, una vez iniciado, poseedor de esta sabiduría, encontraba su sitio, su lugar en la existencia y comprendía que la vejez hace parte de la vida, la muerte hace parte, la desaparición hace parte, lo que le permitía pensar mejor para vivir mejor y en armonía.

 

El hombre y el niño de la ciudad, cuando mira al cielo, apenas lo ve, la polución, las partículas finas, la atmósfera opaca, las luces de la ciudad, le impiden ver las estrellas, los astros, no sabe si está o no cubierto, si va a llover o no, no sabe qué tiempo hará mañana y las previsiones meteorológicas se equivocan. Este hombre de ciudad, viviendo en un medio ambiente tóxico, intenta disimular la muerte, no quiere envejecer… ¿cómo se puede vivir si ha decidido no envejecer, no morir?. Lo que le puede conducir a una neurosis de negación.

 

La actual huida de los lugareños de los pueblos hacia las ciudades, cabría cuestionarla, separando las pérdidas y ganancias, el sentido y no sentido de esta andadura, pues hoy ya constituye una curva exponencial y las consecuencias que puede conllevar, determinaran el mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos.

 

Todo humano aspira al amor, la alegría, la calma, la paz, la felicidad… entonces ¿cómo explicar la angustia, la ansiedad, la tristeza, el miedo, la melancolía o la depresión actuales?. Yo solo puedo decir desde mi ya canosa edad, que después de poner muchos años, kilómetros y libros entre yo y mi pueblo, considero que la respuesta a ese interrogante, se encontraba muy probablemente, en el huerto de mi abuelo.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress