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Bruno Marcos
28/05/2017

Una historia familiar que no es una isla

 

En la ciudad sumergida, José Carlos Llop Alfaguara, Madrid, 2017, 344 pp.  

 

 

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Pudiera parecer que quien no esté interesado especialmente en la ciudad de Palma de Mallorca no debería comprar este libro pero, aunque efectivamente es una historia de esa ciudad, lo que tenemos son unas memorias que están a medio camino entre la elegía y la interpretación del mundo. En las páginas dedicadas por Llop a su ciudad natal se presenta algo universal, se ve cómo el paso del tiempo se escribe en las urbes que habitamos, cómo, a medida que las conocemos y entendemos, estas van desapareciendo en parte, inmersas en un proceso de mutabilidad constante. La ciudad se comporta como un ser vivo en cuyo organismo desaparecen y aparecen lugares y personas y en cuya piel apenas es perceptible la firma de los autores que van dejando lo que permanece.

 

Llop en la primera parte de este libro narra su historia familiar y la historia de la isla encadenadas una a otra. Bien podría inscribirse su relato inicialmente en la tradición del Bildungsroman, pero enseguida aparece la sensación de pérdida, la añoranza de la casa de los abuelos que la familia vende al morir estos, el recuerdo positivo de los ancestros, la mirada al pasado cómo idílico y desprovisto de conflictos, para acercarnos más al género elegíaco. El modelo seguido por el autor ha sido claramente el de Estambul de Orham Pamuk, incluso en la presentación, que incluye fotografías pertenecientes a su archivo familiar. Como en la obra de Pamuk se escribe la historia de una ciudad a través de la mirada de su autor que, al final, es un autorretrato.

 

Más adelante el relato se vuelve más nítido concentrándose en personajes significativos que vivieron en la Isla. Espacialmente vivo es el capítulo dedicado al muy plástico antagonismo entre dos vecinos ilustres, el autor de Bearn o La sala de las muñecas, Lloren Villalonga, y, el luego premio Nobel, Camilo José Cela. No sólo eran poseedores de caracteres diametralmente opuestos sino símbolos de actitudes muy diferentes frente a la literatura e, incluso, frente a la forma de abordar la vida. Llop pone en valor el trabajo de Cela del que asegura que en la literatura ponía lo mejor de él, aunque su vida cotidiana estuviera salpicada de actitudes o declaraciones groseras e interesadas. También ve muy positiva su labor en la revista Papeles de Son Armadans y resalta el hecho lamentable de que un Cela, que vivió desde los treinta y ocho años hasta los setenta y dos en la isla, no haya dejado más huella allí.

 

También resultan gratos de leer retratos como el de Robert Graves, realizado desde su mirada infantil, que paseaba con sombrero de indio navajo y pañuelo rojo anudado al cuello por el centro de Palma y a quien Llop veía como el jefe de una tribu de hombres que están más allá de las cosas porque habitan en el mismo corazón de esas cosas. Divertido es el capítulo de dedicado a Cristobal Serra que, aficionado al espiritismo, hablaba con casi todos los autores difuntos de la literatura hispánica, resultando especialmente sorprendente aquel que, dialogando con el espíritu de Ramón Gómez de la Serna, este le confiesa que está en el infierno.

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