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Eloy Rubio Carro
4/06/2017

Hubo una melodía que se llenó de ruidos

'La protección de lo invisible' es el último libro de poemas de José Luis Puerto, poeta y etnógrafo reconocido con amplia obra. En su últimos libros de poemas aborda el sentimiento de protección, frente las asolaciones intemperantes que sufrimos. Es también autor del libro de referencia ´Leyendas de tradición oral en la provincia de León'.

 

José Luis Puerto. La Protección de lo invisible. Calambur, Poesía 2017

 

 

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Este último libro de poemas publicado por José Luis Puerto consta de tres partes. ‘Transcurso de las sílabas’ es la más extensa; ‘Melodías del padre’, que ya fuera publicada como libro exento en 2014 por la Diputación de Salamanca y ‘Días de Grecia’, con doce poemas motivados por un viaje a Grecia, pero que entona a la perfección con el canto de las otras partes del libro.


El poemario podría empezarse por cualquiera de las partes y facilitaría el viaje a cualquiera otra, e  incluso a cualquier poema de los del libro. Sucede, decía el preso de ‘El hombre de Kiev’ que empezar a leer la ética de Spinoza era como subirse a la escoba de una bruja; de vuelta del viaje ya no eras el mismo, sucede aquí de esa manera. El rastreo de lo esencial desde lo mínimo, desde las múltiples perspectivas facilita la acrobacia.


Vamos a empezar por ‘Días de Grecia’.


Es como echarse al mar, a la aventura, a la peripecia homérica; solo que la aventura contemporánea será en segunda navegación, a sabiendas de la que hicieran Homero, Carles Riba, Paul Valery y otros; teniendo en cuenta, además, la epopeya de los cayucos y pateras. Aquí se encuentra ya todo; en uno o en cualquiera de los poemas se refleja la totalidad del libro, que es la totalidad del mundo. Un poco paradójico, pues el poemario quiere reflejar una totalidad huidiza al tiempo que en cada poema se codifica el poemario entero. Ese mar, el mar de Grecia re-sume todos los mares, pero también contiene una campana, la ‘sonrisa de un niño’ o la maravillosa disposición de unas columnas a la luz del atardecer en el centro de Atenas.


Son lugares sanadores que pasan invisibles; están si los sabes mirar. Este poemario podría ser como una guía, un intento de mostrar los lugares, los sucesos y las cosas hermosas que nos pasan invisibles; un despertar.


Son lugares de comunicación con la sabiduría perdida, aquel saber que, decía Aristóteles, se busca; más adelante en la historia ese rastreo sufrió una torsión en la que lo sagrado del mundo se esfumó, se esfumó la sacralidad del mundo.


Grecia es un mar de fondo en cuyas playas se abandonaron huellas de dioses; a cada paso una corazonada, un atisbo de belleza, norma de amor. Un arrebato interrumpido, una resonancia que llega del silencio para entrar a la vía del milagro o a la de Epicuro.

 

 

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En ocasiones, como en la ‘Sonrisa del niño’, (estatua en el Museo Nacional de Atenas) la belleza sentida es un ‘trascendental’, un ‘a-priori’ de nuestro ser, un hallazgo que siempre da alegría e incitará a la vida, a las pasiones alegres, un logro que está antes y más allá de la existencia, alegría e inocencias del mundo.


Una vez en sintonía con la maravilla se retiran los prejuicios contra el misterio y las presencias vitales otorgan su viatico; así una anciana vende espigas en Eleusis en oferta todos los misterios de la muerte y raíz de vida indestructible.


Son lugares de salvación, pero exigen la puesta en sintonía, abrirse a las huellas, seguirle el rastro por el sendero aún no recorrido hasta el portón cerrado, a la rosaleda. ¿Será esta el paraíso?


En ‘Caballos’, un poema que viene de lejos en la poesía de José Luis Puerto, los caballos desbocan un itinerario ideal, el de la fantasía, el del arte; remontan los héroes a horcajadas y nos guían airosos “Al mundo cenital, ay, de los astros”. -Como señalando al lugar donde los dioses ya no están-. En Grecia el oído del poeta se aguza, a cada paso una llama(ra)da de atención, una sincronía, Epidauro lugar de salvación, donde su acústica llega a gritar la luz que transparenta el mundo. En Olimpia se interpreta la audición, el canon de vida: “Se abre la rosa de la luz” en el tilinteo de las estrellas. Estamos cerca; sin embargo aquellas sincronías fueron despedazadas por los Titanes o los turistas que ahogan el silencio. Han venido a ver y oír y no podrán ni ver ni oír, pues lo ahogan con su presencia. El observador una vez posicionado ante la maravilla la invisibiliza con su actitud, pero no la salva. Jamás se llevará una nota machadiana en la memoria de su móvil. La comunicación con lo sagrado está rota “¿Hacia quién dirigir hoy la palabra, / para que llegue al centro / y que la escuche Dios?”


Este poemario empieza como acaba, la enseña podría ser la de Tales de Mileto : “Todo está lleno de dioses”. Esta proclama hilozoísta tendrá que ser matizada de la siguiente manera: “Todo está lleno de huellas de dioses”. El matiz es importante y además habrá que situarlo en la modernidad actual, líquida o reflexiva, en el poema de Holderlin ‘Pan y vino’; y en lo filosófico, en el certero diagnóstico de Nietzsche de que “Dios ha muerto”, pero leído a contrapié, con la enorme nostalgia. Aquel mundo encantado se ha convertido en este sin dios, deshumanizado por el suma y sigue.


Los poemas de ‘Transcurso de las sílabas’ que es el título de la primera parte del libro, se lanzan a la búsqueda de los residuos de belleza, de las síncopas melódicas que merodean el mundo, de las que nos llegan tan solo fragmentos atónicos. 


La reunión de todos esos fragmentos tal vez pudiera decantar toda la belleza del mundo y llegar a la inmensidad de los dioses.


Pero no solo es la belleza, también lo extraño, lo marginal, lo considerado feo también enseña su huella de dioses. Al modo teresiano, en cada menudencia habría un rastro divino, pero el mundo de José Luis Puerto es el de Holderlin y su divinidad es plural, omnipresente, hilozoísta.


Dice en ‘ese’ (p. 57) “El retraído, el apartado, / el que ama el silencio…” “…El que se queda ahí  fuera de los combates de los hombres / En la intemperie de los derrotados…”


Figuras de la pasión de los excluidos, donde la humanidad está a flor, donde lo que domina es el sentimiento de respeto. Decía Kant: “Ante una persona de condición humilde, en la que aprecio rectitud de carácter en una medida que yo soy consciente de no poseer, mi espíritu se inclina, lo quiera yo o no, y aunque levante mucho mi cabeza para no permitirle que olvide el rango.” En ‘ese’ el yo poético se inclina ante “El que camina leve por el mundo / Atento a lo esencial / Ese.” Ese respeto puede encontrar su objeto en “Un leve decir “donde cabe el rumor del mundo ( pags 58, 59, 60.)

 

 

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Hubo un modo de vivir mucho más cercano a la plenitud, desbordante de sentidos, de pasajes invisibles, puertas a otros mundos que eran protectores. En la actualidad son residuales y tienen que ser protegidos de la voracidad humana. ¿Estará también en las cunetas el sentido perdido de la vida? ¿Era ese el significado del ‘changer la vie’ de Rimbaud?


En ‘La protección de lo invisible’ se expresa una enorme confianza en la cauterización del lenguaje, un lenguaje para el amor, con potencialidades fraternales infinitas, que ha sido usurpado por quienes interpretan el mundo, por los poderosos. (Temo que no podrá haber un mundo al margen, un mundo de la humildad independiente del poder que lo margina, del mundo de los usurpadores)  “Conseguir que las sílabas / actúen como vendas protectoras / Frente a tanto dolor.” (‘quedarse’ p. 60) 


Esta confianza en el lenguaje como recurso salvador sintoniza con la belleza de lo feo, y conduce a ese recurso del platonismo o del agustinismo del ‘sumo bien’. En la segunda parte del libro ‘La melodía del padre’, será la huella del padre en la memoria la vía regia hacia Dios, o tal vez hacia el hombre que uno se ha ido haciendo, o tal vez hacia la primera memoria de la infancia cuyo padre custodia.


En ‘el vaso de cristal’ (P. 62), un poema que dedica a Sánchez Robaina se nos proporciona una clave de acceso al sentido del mundo, la fraternidad humana ínsita en el meollo del ser, una clave antigua que ya sospechara Anaxágoras: “Lo mismo habla con lo mismo. El átomo de la estrella le habla al átomo de nuestro ojo en lenguaje de la luz”. El lenguaje se articula en doble hélice para darse en sentidos, se enlaza a la vida. La belleza es la de la danza, la de las melodías. “En esa copa conseguida y sobria, / En el limpio fulgor de transparencia / Del vaso de cristal, con que nosotros / Llegamos a entender / El sentido del mundo.”


En el sentimiento oceánico de trabazón de todas las cosas cualquier gesto es importante, entonces el sentido de cualquier mínimo instante es el sentido eterno del tiempo. Esa comunión le lleva al padre (‘ardes en mi memoria’ p. 69): “Estás resucitado en mi existir…” En este retorno se encuentra también una posible vía al paraíso, a la perdida inocencia, todo parece estar abierto. Sin embargo la realidad desmiente la esperanza. El final de ‘sin aura’  (p. 97) dice: “Vivimos en la noche / Más aciaga del mundo. // Hemos perdido el aura. / ¿Hemos perdido el alma?”


El poemario va de un lado a otro, de la desazón a la esperanza.

 

 

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Un tema importante en el mismo es el del lenguaje y el del lenguaje de la poesía. Ya hemos dicho que la palabra en los humanos conforma y exige el sentido de comunidad, de comunicación, con ellas damos y recibimos; detrás de esa palabra nos queda su respiro, su callada expresión, su soledad sonora tal vez. (‘las sílabas respiran’ p. 33)


En  (‘la palabra’ p. 51) la reflexión es casi aristotélica. La palabra hace al mundo habitable, conforma, humaniza, es de razón y corazón, la palabra conjunta sus notas y genera melodía .Una melodía de palabras no es un solo, es para una orquesta.


La poesía se emparenta con ese cantar, una articulación melódica que va un paso más allá, para ir a lo que se nos escapa. Tal vez “Una tarea antigua / Y a la vez perdurable, / Bajo la copa del mundo y del tiempo.” Tal vez la labor actual de la poesía fuera la de articular a partir de esos fragmentos una composición que volviera el sentido. Pues el sentido ya estaría en el lenguaje, doblemente articulado enlazando la vida.

 

La poesía puede también simular, pareciendo hermoso lo que no es. El paisaje lunar, gélido, desprotegido, deslocalizado incita a la queja del blues, del flamenco. El lenguaje tiene muchas posibilidades de juego, infinidad de malabarismos. En (‘llega’ p.54) se muestra ese afán de supervivencia en la helada de la radiación postnuclear: “Quedémonos aquí / Donde la espera es larga / Y la vida una súplica en silencio.”


El lenguaje. ¿De quién es el lenguaje que habla de tantas maneras? La poesía ¿De quién es la poesía que apenas balbucea? Pues el lenguaje es de quien manda y la poesía triunfa en los márgenes. El lenguaje está contra su ser, secuestrado, mientras no sea el lenguaje poético. 


La melodía es el otro gran tema de ‘La protección de lo invisible’, es el lecho de río que encauza la vida, un sustrato en el cual lo que acontece adquiere sentido, orden, interpretación; pero también es sincronía identitaria de lo actual con lo antiguo, lo que hará de lo presente futuro estar, lo hace 'futurizo'. Ahí la siembra de una vida más alta.


Esa melodía de fondo que solo existe fragmentariamente es inaudible, pero la vida de cada uno es una composición personal que aprovecha las esquirlas. El vínculo individual con esa melodía lo es con la vida. ¿Cómo recuperarla e interpretarla de manera fraternal y ofrecerla a un destinatario?


En la segunda parte se proporciona una guía para llegar al otro, a lo totalmente otro y darse y recibir en su melodía. ‘Melodías del padre’ son al tiempo melodías del hijo.

 

 

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El libro se inscribe siempre en dos planos; el del decir y el del mostrar, planos paralelos que se acoplan también en doble hélice. La melodía atonal del mundo se abraza al lenguaje, a los logros de la poesía.

 

“Como pequeños ángeles / Los copos de la nieve…”  “…Caricias de silencio son sus pétalos / Blancos, apaciguados, / De un rosa celeste”

 

Una cosa más, que habría que pensar con más detenimiento. En estos libros y en otros anteriores la teoría del conocimiento, (perdón por la ínfula filosófica) es la de la memoria; lo que encaja de manera inmediata con el platonismo o el agustinismo. Pero  creo que en el caso de José Luis Puerto, si bien conocer es recordar, -las cosas bellas también son acicate para el conocimiento de la melodía total-  a donde ha de llegar el conocimiento no es a un ‘mundo de ideas’ o al puñado de chispas en la oscuridad, sino a la propia infancia, a una infancia en que hubo melodía y que extrañamente se llenó de ruidos.

 

 

Melodías del padre se publicó como libro exento. Astorga Redacción ya hizo por entonces un comentario del mismo: "La herencia más hermosa de los desheredados".

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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