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Eloy Rubio Carro
10/06/2017

La memoria en la tinaja de Sol

Sol Gómez Arteaga, colaboradora de Astorga Redacción, ha publicado ya con 'El sol a la tinaja' dos libros de relatos, ambientados en el momento de la Guerra Civil y de la posguerra. En todos ellos se consigue imitar las voces de los perdedores, de los perseguidos, de los fusilados, de los que todavía padecen el hambre canina de posguerra, una hambre viva de justicia.

 

Sol Gómez Arteaga. El sol a la tinaja y otros cuentos. Fundación Fermín Carnero. Valderas, 2017

 

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“Era un niño que soñaba /un caballo de cartón. /Abrió los ojos el niño / y el caballito no vio”. Esto es ‘Caballo de cartón’ (p 104) donde un niño en un ensueño inmenso, de pronto y con mala fe es advertido de una mácula en su fantasía y se le rompe el mundo. Al intentar repararlo, como un anillo al agua su modo de vida se le escurre, salvando apenas lo que le cabe en la mano y con ello se echa al monte, su aventura de verdad; la vida de adolescente que comienza. Así quedaría la lectura de este cuento si lo leyéramos al margen de los otros cuentos de Sol Gómez Arteaga que componen ‘El sol a la tinaja’.


El bosque al que se interna es el bosque de la noche, el de los huidos, el de las alimañas más temidas a las que habrá que acorralar, darles caza, el de los horrores de los vencidos en la Guerra Civil española. El niño que huye es el maquis en el bosque, una de las figuras de la alimaña herida que en este libro encuentran voz. 


Quizás el cuento más elaborado es el que da título a todo el libro. ‘El sol a la tinaja’ (p. 129), donde un niño de la guerra tiene que enfrentarse, la técnica es el contrapunto, con la memoria terrible y escondida (bajo un cerezo) de su infancia. Solo cuando se cierre el ciclo, cuando los huesos de su padre y hermano puedan ser completados encontrará el descanso y saciará su hambre de infancia.


Ese maquis, el bandido adolescente que entra en el bosque perseguido de su infancia, vivirá en la oscuridad, donde se susurran historias que cayeron al silencio y que ahora Sol nos transmite para que a la Historia no le falte el rabo ni tal vez los cuernos; para que el ángel de la historia sea terrible y no sea barrido por el vendaval.


Las historias son múltiples, como fueron las vidas que las representaron, articularlas todas en una danza es lo que presume el libro, eso sí, recuperando a cada cual en su individualidad, en su peripecia con nombre y apellidos.


Las personas, el hambre, la injusticia y la sed de justicia, las humillaciones, el ultraje, la arbitrariedad de la muerte son temas que van hilando un tiempo de oscuridad en el que vivieron los protagonistas y que ahora unas veces luchan por seguir olvidando y otras por rescatarlo del olvido, dejar que brote el agua de la represa abierta.

 

 

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Entre los cuentos algunos destacan por la intención de abordar el asunto desde diversas perspectivas. Así ‘Historia de una maestra’ (p. 17) o ‘A qué huelen los sueños’ (p. 29), donde la imposibilidad de la descripción del mar, lleva a una maestra de pueblo a organizar una excursión con sus alumnos a una playa de Salinas. Bueno ahora ya se ha visto el mar, ahora la imposibilidad es la de describir las emociones de sus alumnos al ver el mar. Comienza el juego de las perspectivas, de las emociones, del mar de cada uno. El mar, dijo Luisa, que “olía a maravilla, a horizonte, a azul, a verde, a primavera, a brisa, a libertad, a flor, a gaviotas, a abrazo, que el mar olía al olor de los sueños.” Este cuento está inscrito en el sueño de la República, ahogado por la larga y terrible oscuridad que vino luego.


También la narración ‘Trío de voces para una ausencia’ (p. 49) se quiere ‘perspectivesca’. Son las voces de la novia, del amigo y la del propio verdugo las que reconstruyen la vida de una víctima. Cada cual resucita la ausencia de una manera distinta. 


Esta visión de la Historia, de las pequeñas historias, abordada de esta manera tan poco sentenciosa, tan humilde, conduce a una interpretación de la realidad más cercana a lo que pudo ser, siendo un contrapunto a la narración habitual de los historiadores.

 

Otras narraciones juegan con los conceptos tradicionales invirtiéndoles su valor, con el consiguiente regusto de extrañeza que deja entonces la lectura. Es el caso de ‘El fusilado de Villafer’ (p. 93) donde la orden de ‘vamos, levántate’ (y anda) que recibe Heliodoro Villar, el fusilado, deja un sabor testamentario, pero en este caso sin pretensión de resurrección, sino como incitación a un paseo por la muerte. El lenguaje de esta narración es muy duro, de ‘afusilado’, sucede en otros de estos cuentos que el lenguaje se acomoda con facilidad a la acción, o que podamos disfrutar de expresiones de la tierra, leonesismos, diminutivos, palabras olvidadas de las labores del campo; también en alguna narración, como en ‘Pan blanco, pan negro’ nos beneficiamos de la visión etnográfica de una niñita que interpreta el coito de sus padres, otras veces se aprovecha la acción para la descripción de costumbres ancestrales. En ‘Aniversario de lluvia’ (p. 89) el lenguaje es prostibulario por requerirlo la ocasión. Esta labor recuperadora de la memoria de los perdedores de una guerra se extiende a los lenguajes y a las faenas y a los utensilios de las mismas.

 

 

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En ‘El fusilado de Villafer’ es el milagro el que opera la extrañeza, pero este milagro es obra del azar y del gusto estético del personaje por la visión de la luna llena, una luna como la del barranco de Viznar, se nos dice, y por el recuerdo de la piedad de la madre: “Levantar la cabeza para mirar la luna mientras evocaba a mi madre hizo que la bala entrara por un carrillo y saliera por el otro.”


El sarcasmo explota en ‘Agua milagrosa’ (p. 83), una historia de una larga impostura, donde el supuesto milagro no se desmiente a pesar de que los interesados en la patraña sabían que el agua de Lourdes había sido falseada, sustituida.”


Pan blanco, pan negro’ (p.25) es un cuento realista en claves de cuento fantástico, maniqueo. El bien y el mal se enfrentan como en Gilgamesh. Niña rica, niña pobre como bien y mal, como sol y luna, o noche. Pan blanco sinónimo de pan de vida y pan negro o ácimo que representa la privación y el recuerdo de los orígenes, símbolo de pureza y de sacrificio. La niña rica está en la órbita de las estrellas, sus trenzas al mover la cabeza como signo de negación titilan. Viste de domingo, de sol, de estrellería, vestido vaporoso, zapato de charol.

 

La niña pobre por el contrario va trasquilada, pertenece a lo más terrestre, cercana a lo animalesco. De un tirón le hurta a la niña blanca, casi con sus fauces, el pan tan blanco al que estaba acostumbrada. (Hay en este cuento otro contrapunto o guiño a ‘la conquista del pan’, al encierro del padre de la niña pobre en el pozo minero por un pan más blanco y solidario para todos). Y es ahora cuando lo simbólico cede a lo real, la conquista de ese pan igualitario, tal vez mezcla de borona y ácimo es una exigencia, es algo que en conciencia la muchacha pobre tendrá que exigir y presionar para que aparezca en el contrato, en exigencia de justicia en el reparto de los alimentos terrenales.


Hay otros cuentos donde se abordan los motivos de asesinato y fusilamiento en tiempos de la Guerra Civil, siempre son motivos nimios. Destaca entre todos ‘Los tres de la Salgada’ (P.39), donde se insiste en que la mirada azul celestial del más joven es motivo suficiente para su asesinato: “A ti por mirar”. La madre del “gazapo” se acerca por de noche al lugar en que están expuestos los tres cuerpos fusilados: "Cómo es posible, Jesús, María y José”, se acerca, “puede ver los ojos limpios pero sin brillo de su hijo”…”hasta que amparada por la llegada de la noche va y los cierra”. Esas vidas que nada valían, a la altura de los tiempos insuficientemente lloradas.

 

 

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El lenguaje de las miradas funciona en más de uno de estos cuentos, es lógico que ante la prohibición los personajes expresen su dolor, su miedo, su entendimiento en lenguajes no verbales, en ‘Los tres de la Salgada’, pero no solamente, también en ‘Campo rojo’ (p. 43 ), donde se cuenta la madurez de un infante ante una situación límite, resulta de vital importancia el lenguaje de los afectos y las miradas y su autocontrol en los momentos en que estas expresiones son vigiladas y contabilizadas. Parece como si los asesinos creyeran que la expresión en la mirada fuera la verdad, y por ella serán perseguidos, matados, cegados…


Cuentos que insisten en ese ocultamiento, en este vivir callando son ‘P`adentro’ (p. 57) , ‘Última oportunidad’, (p. 103) para enseñar al mundo algo que se pierde, el secreto más bien guardado de los herreros y alquimistas: el hierro a la calentura de la cereza y el ‘Club de los poetas’ (p. 109). No hay ningún cuento que no sea protagonizado por la memoria, a pesar de que esta no sea tan brava como la de la guerra; así, ‘Licor casero’ (p. 93) y ‘Aniversario con lluvia’ (p. 89) o incluso ‘Gelín habla con su pierna’ (p. 123 ) rememoraciones de especialísimas amistades.


Por último ‘Cuento de Navidad’ donde la narración de Dickens obra en el cuento de Sol Gómez Arteaga como un pasado que sigue activando el sentimiento del presente. El cuento de Dickens interfiere en este cuento así como la memoria obra en la vida presente, condenando al cuento y al presente a una vida vicaria. La vida de verdad llegaría cuando al darnos cuenta de ello, obrásemos en consecuencia.


Hay otros cuentos en  este libro de Sol Gómez Arteaga, pero están en estos.

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