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José N. Fuertes Celada
11/06/2017

Un panóptico de espejismo

Rilhafoles en su número tres entra en fase introspectiva. Vendrá su metamorfosis, su camisa de culebra, abandonada en una piedra de riachuelo. ¿Nos contentaremos con los despojos de sus vestiduras o se nos seguirá escurriendo metonimia tras metáfora? La revista que solo se puede conseguir en la librería Galatea de León sigue permaneciendo en el misterio de la autoría, pues V. Karbajc es un tapadijo de la idea de infinito, de la infinita autoría en retroacción permanente.

 

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El mal del panóptico es como el del farero, un mal de severa vigilancia. Un buen día la mirada se te nubla y te lleva a ti, te descubres en completa soledad cumpliendo con una función que parece impropia. Te has quedado solo, sin despegar los labios, en tu sitio.


Ha sucedido así con mi investigación sobre la revista Rilhafoles, del Círculo de Lisboa, que llega puntualmente a mi buzón justo al día de su publicación; pensé que a esta tercera iría la vencida y no ha sido así. La indagación en internet ha dado por resultado el reencuentro con mis propias pesquisas anteriores, como si yo fuera ahora la máxima autoridad en la materia, yo que no sé nada y cuyas conjeturas se diluyen al minuto en las fantásticas lucubraciones con las que, cuando se han dignado a responderme, me obsequian los que colaboran con sus escritos en la revista. La verdad desnuda está contaminada, ha pasado a ser una investigación sobre mí mismo, autorreflexiva.

 
Doy por imposible llegar a saber algo más de la revista por medio de sus colaboradores, lo intenté en el pasado número, las respuestas siempre fueron vagas, fantasiosas; la que más se acordaba me habló de una llamada en la noche cuya conversación se le confundía con el material de sus sueños.


Así que nos encontramos frente a frente con el tercer número de la revista plegable y de bolsillo y la abordaremos con el solo ojo de cíclope nocturnal. Nada diremos de su formato, que sigue siendo el de siempre, desplegable, con multiplicidad de usos desde el estético hasta el intelectual o el visionario, todos usos para ponerse frente al espejo.


Una vez la revista abierta, distendida sobre la mesa de operaciones, el lomo es todo fotografías: siete fotografías y el anagrama del 20 aniversario de la librería Galatea de León. En esa posición decúbito supino ventral, la parte de la derecha es la de los créditos, donde también se aprovecha para un spot publicitario de ‘Editores sumergidos’. Para mirar la parte de la izquierda hay que girar la revista 180 grados y quedan a la vista las cuatro fotografías de David García Casado, cuyo título o apodo es ‘El fin de algo’. Ya sabemos que un apodo es el nombre de un título y que dada la factura de Rilhafoles ese título es secreto, como el de la revista, un nombre de un nombre. Son fotos decadentes, trabajadas con la técnica  de  ‘conmutación fotográfica’, reduplicación especular de los objetos en superficies reflectantes o en cristales de ventanas; fortuitos encuentros entre elementos disímiles, surreales. No sé como elabora el editor cada uno de los números, si tiene en mente una idea previa y luego rebusca entre los materiales para componerla o si lo deja todo al azar del momento y del gusto, digamos de la inspiración. En cualquier caso ya en esta parte de la revista se intuye la idea unificadora, ya digo que no sé si es una intención, del reflejo, del espejo, del doble.

 

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En decúbito supino ventral, la revista es de posición única, los textos a cuatro columnas. Tal vez el hilo que los unifica no sea racional, sino el de los hallazgos fortuitos, el del azar que se decanta en un punto de vista o en otro y no de cualquier manera. Poetas y cuentistas acuden al llamado espectral y picnolésico del director V. Karbajc.


Entrar en Rilhafoles es entrar en la casa de los locos. Quien esté dentro -con su cuento, con su poema, con una foto, como yo lo estoy en internet por Rilhafoles y en Rilhafoles por internet, o cuando la miro ahora tan detenidamente- es objeto de la vigilancia del farero que ocupa la cúpula del panóptico y nos mira vehementemente con cara de loco aunque no lo esté. Pues él está dentro y fuera a un tiempo, hasta que le sobrevenga la crisis del límite y se percate de su esencial falta de fundamento, demostrando que no existe un fuera del orden.


Los textos son casi todos de desdoblamiento, de despliegue. La mirada del farero provoca la mirada sobre sí de los encerrados, el espejismo. A fin de cuentas todo el mundo es como un sustituto de sí mismo, un suicida sustituto de sí mismo. La simple pureza de la presencia no existe.


Poemas de Juan Bonilla, de coqueteos con el suicidio. ‘Epitafio del suicida’, el desdoblamiento como distancia de sí, cuyas partes se aman y odian o se desengañan y aflora el cuchillo y me mato a ti mismo. Violeta Serrano con tres poemas: ‘Quién te dice que no volverás a estar a los pies / de tu propia estatua’, son los versos finales de una reflexión que implica tres instancias, tres desdobles. La duplicación de los nombres al llegar a una patria nueva o la locura que supone la ruptura de los nexos con el origen son los temas de los otros dos poemas. En ‘Habitación 103’ Pablo Andrés Escapa nos hace conscientes de que tras cada ruptura no volveremos a ser quien fuimos, pero queda una conciencia común en esta diferencia que añadimos, en este caso de perdición; tal vez con el único objetivo de evitar ser 'uno mismo siendo otro'. El cuento de Alberto R. Torices se titula ‘Traba, curva, paso muerte’. Una narración truculenta de amor a todo corazón y ‘contranatura’ de una mujer por su dogo. ‘Tic tac’ el tiempo que pasa, el de antes y el de después, en viaje o desnudamiento de confusión amorosa a un tiempo cosmológico casi incomprensible y regreso en polvo de estrellas, ángeles caídos al breve sueño cotidiano de lo que fuimos, de lo que seremos, tú y yo. Tic tac es una breve narración de Elena Lafuente Alonso. Por último el Polaco, seguramente el nombre de un nombre, otra pista de despiste, nos deleita con cuatro aforismos sentenciosos y breves de lector experimentado: “Los libros como los amigos pocos y buenos”.

 

 

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Rilhafoles rinde homenaje otra vez a Ângelo de Lima, poeta marginal internado en Rilhafoles, que participó en la revista Orpheu, fundada por Fernando Pessoa y otros y que no llegó a publicar su tercer número, aunque estuviera ya para la imprenta. Rilhafoles rompe el hechizo en este su tercer número, lástima que no nos haya regalado el poema que Ângelo de Lima tenía preparado para la revista de Pessoa. Hubiera sido la réplica de la famosa Orpheu, su doble, Rilhafoles.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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