Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/10/2017
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Ángel Alonso Carracedo
15/06/2017

La generación sandwich

                                                

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Se da una tendencia a poner un nombre a cada generación. A la mía se la llamó 'baby boom', en consonancia con las altas tasas de natalidad que se dieron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Nuestros padres recibieron el áspero legado de la posguerra y con aquellos años duros se la identificó. Dando el considerable salto en el tiempo, la de nuestros hijos se vinculó a una X, que toma la forma de una incógnita a despejar en la ecuación de futuro.


Esta es la pincelada de las tres últimas generaciones que han surcado la vida más reciente de España. En ella, nosotros, los jóvenes del posfranquismo, la avanzadilla de la democracia que cumple por estas calendas la efeméride de los cuarenta años de régimen oficial,  aparecemos  encajonados  entre padres de extraordinaria longevidad e hijos que no culminan, porque ni pueden ni les dejan, la deseada y natural emancipación de las tutelas paternales. Parecemos el relleno entre dos rebanadas de pan, un sándwich, por buscar una metáfora.

 
Sí, estamos aprisionados por obligaciones que tienen mucho de sagrado, incrustadas en una cultura salpicada de tradición religiosa, pero también de la humana y agradecida condición de las reciprocidades. Nos movemos entre la obligación moral de no abandonar a los que jamás nos abandonaron y de no desligarnos de los que nos siguen necesitando  porque las puertas de su existencia no terminan de abrirse a una independencia de índole económica.

 
Los perceptibles adelantos de las ciencias médica y farmacéutica han disparado las expectativas de vida de los seres humanos. Llegar en estos tiempos a los noventa años forma parte de la cotidianeidad, cuando en tiempos de nuestros abuelos conocer a alguien con esa edad era encontrarse ante un fenómeno de la naturaleza, una auténtica rareza. De pequeño miraba a un hombre o mujer con la cronología que hoy suscribe mi DNI, y parecía estar ante una representación de la decrepitud. En estos tiempos a los sesentones se nos dice todavía jóvenes, con más voluntad zalamera que sincera, todo hay que decirlo, porque goteras y achaques se dejan sentir. Pues, como decía aquel amigo: si teniendo más de cincuenta te despiertas y no te duele nada, sencillamente, estás muerto.  


En mis tiempos de chavalería imaginar a una persona de más de sesenta tacos con padre, madre, y no digamos ambos a la vez, era casi inexplicable. Los había, pero salían en televisión como acontecimiento noticiable. Ahora deambulan angustiados de urgencia en urgencia hospitalaria o en los fríos y desangelados pasillos de residencias geriátricas. Lo decía un famoso médico en una entrevista leída hace unos meses: ganamos la batalla de la edad, pero no acompañamos la victoria de una óptima calidad de vida paralela. El círculo está por cerrar y, mientras tanto, toda una generación, la mía, tiene que sellar como puede ese sensible flanco de nuestros sentimientos. 


Porque al descubierto queda otro costado, simultáneo, el de los hijos. En este mundo construido a base de prioridades artificiosas y mercadotécnicas, la natural cadena de relevos generacionales en el trabajo ha quedado dramáticamente interrumpida por los apóstoles de la rentabilidad instantánea. Millones, digo millones, de jóvenes en esta España no han podido llegar a la orilla de un trabajo digno que abra las puertas de su necesaria autonomía. Paro, sueldos de miseria e inestabilidad  son la pavorosa geografía a la que se enfrentan. Y ahí estamos esos padres, a su vez, hijos de ancianos repletos de pasado y vacíos de futuro, tapando los desagües de tanta incapacidad e injusticia. Con nuestro dinero y nuestro techo, y con el dolor de los latigazos que propina sentir en la propia carne la desesperación e impotencia de unos seres queridos que luchan a brazo partido para despejar definitivamente la X de su esperpéntica ecuación.

 
Y todavía hay que oír a un presidente del Ejecutivo declarar que los pensionistas de este país, de esta generación sándwich, son unos privilegiados por tener asegurados unos ingresos fijos, ¿fijos, Sr. Rajoy?  ¿Se ha parado a pensar cuánto dinero se nos va por hacer la cobertura de unas obligaciones de gobierno (no pido dádivas, sino políticas efectivas y prioritarias) para con sus jóvenes y sus mayores que, para más inri, no tienen ninguna ayuda fiscal? Rechazo de plano que alguien lea victimismo en esta columna, pero el relleno de este bocadillo va camino también de la miseria.
                                                                                                                    
             

 

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