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Bruno Marcos
15/06/2017

La sombra de Caín

 

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“No dejamos de ser esa tierra maldita donde cruza errante la sombra de Caín”. El aserto machadiano lo citaba el poeta José María Álvarez, hace poco en Facebook, a raíz de algunas opiniones surgidas en contra de la altruista donación de Amancio Ortega para dotar de material radiológico a la sanidad pública, con destino al diagnóstico y tratamiento del cáncer. 


Es comprensible la desconfianza de los españoles, ya secular, hacia sus gobernantes y poderosos que, primero, dejaron caer un imperio próspero y, luego, eludieron la modernización. Es razonable que exista rabia entre los habitantes de un país que, hoy en día, tiene a gran cantidad de sus cargos elegidos democráticamente imputados en los juzgados o ya en la cárcel por robar a todos, pero que eso haga entrar en barrena al sentido común de una parte de los ciudadanos es desolador. 


Por lo que cuentan quienes han investigado la vida del fundador del imperio textil de Zara, Amancio Ortega, se trata de un hombre surgido desde abajo, hijo de un ferroviario, hecho a sí mismo, a quien no se le conoce hasta el momento delito alguno. Se habla de que da en torno a ciento cincuenta mil empleos en todo el mundo y de que paga mil millones de euros en España de impuestos, pudiendo cotizar mucho menos en varios países vecinos. Si son ciertos todos estos datos, y en tanto no afloren irregularidades demostrables en sus negocios, presentar como negativo este acto filantrópico es puramente una atrocidad y una inhumanidad. Claro que debería la salud pública ser autosuficiente, no necesitar donación alguna, pero la realidad es que, aunque tenemos una de las mejores y más universales del mundo, siempre se necesita más. Es, además, la gente más pobre la que más precisa estos equipos puesto que las clases pudientes disponen de ellos en el sector privado pagándolos de su bolsillo. 


Todo el mundo es tocado, antes o después, por esa grave enfermedad, amigos, vecinos, familiares o uno mismo. No se trata sólo de la dureza física de tratamiento y enfermedad sino, también, de la quiebra psicológica que produce, todo ello en la perspectiva de la posible muerte. Hay que pensar también que muchos pacientes de radioterapia se ven obligados a viajar muchos quilómetros para someterse a diario a esos tratamientos cuando las fuerzas están por debajo de cero, las físicas y las psicológicas. ¿Cómo explicar a esos enfermos que hay conciudadanos que rechazan la máquina que ellos esperan, vecinos que se permiten hacer política mientras su dolor y su existencia están en juego?¿Cómo explicarles que unos cuantos españoles quieren hacer, aunque sólo sea eso, crecer su inquietud en lugar de sumarse a la solidaridad con su sufrimiento? Sólo se puede explicar aludiendo a la barbarie que se pasea, bajo múltiples disfraces, por España continuamente, proyectando la sombra de Caín.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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