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Mercedes Unzeta Gullón
15/06/2017

La mediocridad como método

 

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Quousque tándem abutere, Catilina, patientia nostra?

Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?
Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?
(1)

 

Estamos asistiendo a una época de mediocridad realmente asombrosa y terriblemente penosa. Es como una pandemia.

 

Por desgracia la mediocridad es el método de supervivencia más en uso y, además, para el padecimiento de unos pocos, se tiene a gala su querencia. El mediocre es como una figura de caucho: él bota y bota y todo le rebota. En cada bote alcanza mayor altura. Y en ese incansable botar va aplastando lo que le estorba mientras se eleva hacia ese quimérico sillón donde piensa, tranquila y satisfechamente, descansar, dispuesto a disfrutar de todo aquello que en cada bote y rebote haya podido apañar.

 

Lo peor que tiene la mediocridad es que es incombatible. Discutir con un mediocre es como darse coscorrones contra la pared.  “¿Cómo te llamas?”, “¿manzanas traigo?”. Imposible llegar a un discurso coherente y lógico.

 

La mediocridad nos rodea, la encontramos en todos los oficios con beneficios. Característica típica del mediocre es el salirse por peteneras ante las cuestiones a las que tiene que enfrentarse, también el recelo de los éxitos ajenos y el creerse superior al género humano.

 

El albañil, al que mediante un test de cuánto son 4+4 le han dado el título de oficial de primera, te arregla el tejado creyéndose que es el mejor de los arquitectos. Te cobra como si lo fuera y en las primeras lluvias el tejado resulta lo más parecido a un colador.

 

El político. Hartos estamos de escuchar en esta profesión el: “y tú más” tan pueril. Si tú me sacas cuatro manzanas pochas de mi cesto yo rebusco y rebusco hasta encontrar una cereza podrida en el tuyo y te digo que he encontrado una sandía en estado putrefacto. Las simplezas de sus explicaciones y la utilización de la estrategia del calamar, de soltar mucha tinta (o palabrería o basura) para despistar al contrario y así escapar al enfrentamiento, son características de una gran pobreza de espíritu y de vil inteligencia. Lo vergonzoso es que el personaje en cuestión luce su mediocridad con total orgullo.

 

Y si miramos hacia el cuerpo académico resulta penosísimo encontrar al enseñante que utiliza el insulto y la descalificación como argumento para rebatir la tesis del contrario. Además de ser táctica muy poco gratificante es terriblemente preocupante el hecho de que, con su gran responsabilidad sobre los futuros pobladores de la patria, el enseñante transmita mediocridad en lugar de transmitir solidez de pensamiento. La cadena de transmisión siempre pierde fuelle en sus consecutivos pasos y, si tenemos como partida un nivel de intelecto tan bajo, llegamos finalmente a una altura mínima de la línea de flotación intelectual difícil de remontar.

 

La inteligencia tiene como principio básico de la dialéctica el que la contradicción no debe nunca paralizar sino dinamizar la razón y contribuir con el talento a avanzar en la comprensión. Por el contrario la mediocridad hace parón, y la falta de lucidez induce a la ofensa y el desprecio. ¡Padecemos esta última situación con tanta frecuencia! Qué decir. Puro descorazonamiento.

 

 “Cómo es posible que escriban bien los que no han tenido tiempo de discurrir?"

 

“Hay quien buscando la brillantez cae en la oscuridad cuando expresa con términos demasiado figurados y exquisitos lo que sólo pide natural simplicidad.“

 

“La primera calidad para producir cosas grandes, es un ánimo elevado; y así no es posible que el hombre que ha vivido con hábitos e inclinaciones bajas y serviles, pueda alcanzar jamás espíritu para decir cosas maravillosas y dignas de la posteridad.”

 

La Filosofía de la Elocuencia es un tratado muy interesante y recomendable a todos aquellos que opten por salir de su pequeñez y pretendan comunicar algo.

 

También es recomendable para la elevación del espíritu, y para aprender a utilizar La Dialéctica como método de comunicación inteligente, el comenzar por la lectura de de los clásicos griegos: Heráclito, Platón, Sócrates, Aristóteles… Este puede ser un buen comienzo para los que ‘quieren parecer y no son’. Podría nombrar un sinfín de escritores y textos interesantes sobre este tema, pero no quiero ser pedante ni cargante.

 

Disertos ait se vidisse multos, eloquentem omnino neminem (2)

 

Frente al Elogio de la Locura de Erasmo, Voltaire escribía sobre el Elogio Histórico de la Razón, otra lectura recomendable.

O témpora, o mores

 

 

(1) ¿Hasta cuando has de abusar de nuestra paciencia, Catilina?

¿Cuánto tiempo hemos de estar siendo el juguete de tu furor?

¿Cuál será el término de esa tu desenfrenada osadía?

(De las Catilinarias de Cicerón)

 

(2) Había visto muchos oradores disertos, pero ninguno elocuente

(De El Orador de Cicerón)

 

 

 

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