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20/06/2017

La absurda prepotencia del ser

Por Luis Fernández Terrón

 

A lo largo de la historia siempre hubo y seguirá habiendo hombres y mujeres con mucho poder que, abusando de él, se convierten en autoritarios o autoritarias insensibles a las distintas vicisitudes de los demás. Personajes que emplean toda su maña en beneficio constante de sus intereses, autoexcluyéndose de las verdaderas comunidades humanas más evolucionadas. Ejemplos hay unos cuantos, no sólo a nivel mundial o continental, también a nivel nacional, autonómico, local y cómo no decirlo, en el mismo entorno familiar.

 

La cosa vista así se quedaría, nada más y nada menos, en la existencia de redomados prepotentes. No obstante hay algo todavía peor que eso, la aparición de seres con escaso o nulo poder que, debido a su idiotez, obran en su aburrida vida tratando de emular algo tan despreciable como lo descrito anteriormente, convirtiéndose, además, en absurdos.

 

Seres que nunca aportan acciones positivas o de valor a la sociedad, ni siquiera a su entorno más próximo, el familiar. Sin embargo van actuando con un constante entusiasmo patológico reivindicativo, asociado a un tufo interesado de victimismo y sin  reconocer su ignorancia o sus errores.

 

Seres sin iniciativas interesantes, estableciendo un modorro comportamiento a su conveniencia para, desde la oscuridad de un escaso intelecto, elaborar críticas infundadas, envidias maquinadas ("polillas del talento". R. de Campoamor), intentando hacer malo lo bueno que les rodea y así, cargarse de pesados rencores. Seres que sin darse cuenta acaban siendo víctimas de su propio proceder. Llegan a tal estado de equivocada valoración de sí mismos que al final confunden la humildad ("la vida es una larga lección de humildad". James M. Barrie) y la bondad ("las fuerzas que se asocian para el bien no se suman, se multiplican". C. Arenal) con la tontería, hasta que en algún momento la vida les desvela que ellos son los verdaderos lelos o lelas.

 

Menos mal que hay infinidad de personas sencillas con gran sentido común que, transcendiendo más allá de lo material o perecedero, disponen de una base sólida dialogante, comprensiva, generosa y que tratan de aportar lo mejor de sí a su familia, a la vecindad, a su nación... al mundo, sobre todo en los momentos más difíciles.                            

Se me acaba de ocurrir una frase con la que quiero concluir este escrito: da mucha más luz una llama de amor que todas las hogueras de prepotencia y de odio juntas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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