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Isabel Llanos
22/06/2017

Personas que dan fe en las personas

 

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Ahora tengo un momento de esos, de los especiales. Suena música que acoge el espíritu y puedo dejar ir mejor la cabeza mientras hago la odiada tarea doméstica de fregar los platos, que no me gusta nada, pero que ciertamente me pasa con las tareas mecánicas, como conducir, caminar o ducharme. A mí me funciona. Así que acabo y me lanzó al PC, abierto, porque apenas hace veinte minutos que estaba tecleando como una loca y acababa de terminar un capítulo de lo que me retiene encerrada en casa desde las últimas semanas, y creo que no hace falta expresar el escatológico placer que me recuerda.

 

 


Pues eso, que vengo feliz al PC. Me siento afortunada. Es increíble que a veces pasen cosas maravillosas sin que uno haga nada para ello. Normalmente siempre tengo que ir persiguiéndolas, y luchándolas. No, la vida no me ha puesto las cosas fáciles, precisamente. Lo comento a menudo con Blanca…nieves. No le gusta que la llame así, pero es su nombre de verdad y a mí me encanta haber conocido a la protagonista de  un cuento. Y es que ella es así. Tan pura en su bondad como un personaje, tan soñadora como ellos, tan generosa como sólo se es en las historias narradas, y lo mejor, es que tampoco renuncia a creer. Y encontrar eso en una persona es extraordinario. Sí, soy afortunada. Ella es una de las personas que me dan la fe en el ser humano. Y eso es lo que más me conmueve de este mundo. Hace unos años, en un ejercicio final de un proceso de formación actoral con mi Maestro, teníamos que hacer una declaración. Decir en qué creíamos. Y nos pasó algunos ejemplos de otros cursos. Recuerdo que me marcó el de una compañera que creía en los funerales. Y de hecho lo recordé sin ir más lejos el domingo pasado. Fui a un funeral pensando que el fallecido se trataba de una persona y era otra.

 

 

Es lo que tiene conocerse por nuestro alter ego del Arca de Noé, la asociación cultural que creó en 1927 el poeta Santiago Rusiñol, pero esa es otra historia, ese grupo de extraordinarios animales más humanos que muchos. El resultado es que me quedé allí porque, en el fondo, cualquier ser merece mi respeto, cualquier vida es admirable, cualquier persona tiene su historia, y aunque sólo fuese por ello, y por la poquita gente que había (era un fin de semana largo de festivo en Cataluña), me pareció que debía ser de justicia honrarle. Y es una oportunidad y un aprendizaje asistir a un funeral cuando no hay una involucración emocional de desgarro con la persona o con sus familiares directos. He estado, como la mayoría, en más de los que me gustaría, pero esta vez, estar presente me llevó a otras reflexiones.

 


En fin, que yo iba por hablar de mi creencia. Pues después de cuestionarme muchas opciones, al final, la que realmente me conmueve y podría ser mi resumen vital es “yo creo en las personas”. Creo que ya lo he dicho en alguna ocasión, pero ¡qué le voy a hacer! Realmente es lo que me mueve. Pues esta semana se me presentó una situación en la que tuve que levantar el teléfono y llamar a un amigo, de esos que no necesariamente ves frecuentemente, ni mantienes un contacto habitual. Y me lo dio todo. Y si es verdad la frase la verdadera fortuna de un hombre se mide por sus amigos, realmente soy enormemente rica. He tenido tantas ocasiones en la vida de encontrarme con personas maravillosas, que realmente, sólo por eso, podría decir que ha merecido la pena pasar por este mundo. Vale, que también hay de las otras y sí, también me las he encontrado y me han hecho buena pupita pero ¿y qué? Me compensa.

 

 

Me compensa arriesgarme al dolor, si la recompensa es vivir con total intensidad. No hay miedos. Siempre hay un momento después de otro (momento a momento a momento, como nos enseñó nuestro querido Javier Galitó-Cava), y eso también pasará. Pasará lo malo, pasará lo bueno, y hasta lo mediopensionista, pero ¡qué más da! Lo importante es estar presente cuando pasa, no dejar que se pierda un instante, no dejar de mirar a la persona que tienes al lado y sentirte afortunado porque la vida hace que los caminos se crucen, aunque a lo mejor sólo sea en ese instante, de por sí ya irrepetible, porque nunca nada es igual. La oportunidad es aquí y ahora. ¡Ay, madre! Que casi parezco un libro de autoayuda. Bueno, ¿y qué? Mi misión vital estaría recompensada si pudiese dar un trocito de felicidad… o de fe, a cada uno de vosotros tal y cómo vosotros me la dais a mí. Así que: gracias.

 

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