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Astorga Redacción
25/06/2017

El triunfo de Luis Alonso Luengo, el de toda una generación de niños astorganos

Hace unos días escribimos sobre la relación crítica entre Leopoldo Panero y Ricardo Gullón con el fin de atemperar ciertas críticas y enfrentamientos comparativos o no, que no logramos entender. Rafael Sánchez Ferlosio escribía en ‘Los lectores del Ayer’ sobre las disputas de unos historiadores por un ‘quítame allá esas pajas’. Sobre si unas guerras habían sido siete u ocho, números que concluían en interpretaciones de sí mismos disímiles y totalmente enconadas. Ahora parece que también en Astorga habría partidarios o partidistas de añadir a nuestro elenco otra batallita más por el reino, la octava de las Barcialeras, la de si aquel por haber sido más o menos que este no le honraríamos su memoria como se merece.



¡Hasta en el cementerio llegarían las diferencias de clase y las rencillas!


Eran falsas disputas que queríamos diluir a partir de algunos comentarios, habrá más, publicados por Leopoldo Panero sobre la obra de Ricardo Gullón. En este rastreo hemos ido hallando otras cosas que abundan en la buena amistad de Panero con los demás componentes de la llamada ‘Escuela de Astorga’.

 

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He aquí algunos de ellos:


En la ‘Cena homenaje a Luis Alonso Luengo’ por el premio a ‘La invisible prisión’, novela de Luis, la intervención de Leopoldo se remonta a la niñez y recrea momentos felices de la adolescencia, de las revistas literarias juveniles como ‘Humo’ y ‘la Saeta’, recordando a la par a Ricardo Gullón y a Lorenzo López Sancho. Dice que “el triunfo de Luis es el de toda una generación de niños astorganos”.

 

A los 20 años escribe Panero en ‘El Pensamiento Astorgano’  (12 de julio de 1929) un artículo de crítica sobre Luis Alonso Luengo. Era su primer libro de  poemas ‘Estampas y madrigales’. Le había precedido otro de Ricardo Gullón, otro artículo crítico, en que “agotó con sagacidad el caudal de influencias clásicas, románticas, modernistas” de la inspiración fluidizada de Alonso Luengo.

 

Penetrando en 'la esencialidad poemática’, otro artículo de Panero, encuentra una cierta “inquietud vagarosa, flotando sobre las normas artísticas, impecables con que el autor modela sus sensaciones estéticas y los delicados, traslucidos atisbos de su alma emocional”. Halla en Luis Alonso Luengo novedades, pero no quiere llamarle “revolucionista”, sino que se alegra de que siga un “cauce templado y moderador” y hasta la misma evolución de la poesía de Alonso Luengo es “espiritual, idealista, canónica”. Comenta Panero como la vida al igual que la poesía, era el año de 1929, había cambiado de “ritmo y de temperamento”. Los jóvenes son instauradores de ese ritmo nuevo, equilibrado y pujante. En el ansia de una renovación normativa, preceptiva que llega a lo ideológico, pero que según Panero no es preciso que se desarrolle “al modo estridente y desacordado de algunos prevoceros de la vanguardia”. Él está en la forja y el temple lírico de Jorge Guillén y Pedro Salinas. La poesía de Alonso Luengo, comenta Panero, asocia “una neblina estética renovadora”. Prometedor, su poesía está contraseñada con el “lírico marchamo de un alma de poeta esencial y delicadísima. Diáfano. Bien orientado”.

 

En el artículo ‘Leyenda y verdad’ Leopoldo Panero se plantea el tema del mito y la realidad, y  acude para ello a la reciente biografía que Luis Alonso Luengo acaba de realizar sobre ‘El gran capitán’, “quien paseó campeadoramente la soledad todavía medieval y callada de las viejas ciudades españolas, cuyo aire respira y cuyos paisajes recorre ávidamente a través de las páginas apretadas y hermosas de este libro”.

 

Alonso Luengo, escribe Panero, “con prosa despierta y bien timbrada crea en González de Córdova el crecimiento interior de su personalidad, la enjundia y significación legendaria de su vida, de su quehacer heroico”. La biografía en vez de estar planteada desde el interior anímico lo está desde lo visual y pictórico “más extenso dejando adivinar su sentido y su total armonía”. Las cualidades de su prosa se centran “en el ámbito imaginativo, por el ornato y vuelo de su palabra, por el afán de reviviscencia y toque de gracia y color con que se nos brinda su interpretación”. Como se trata de una biografía, aprovecha la ocasión para dar su medida de cómo entiende la biografía como género literario que “resulta ser el arte de interpretar y descifrar el sentido de una leyenda, de aprehender su interior esencia y su más clara y misteriosa significación poética”. La leyenda recoge lo más íntimo y sincero de la personalidad que es transmitida en transparencia con aroma propio y estremecimiento hacia adelante. “El que pretenda escribir una biografía artística, menos erudita que verdadera, tendrá lo primero que sumergirse en esta corriente clara de la leyenda y soñar, antes que analizar por lo menudo, la vida de su héroe”. Conocemos siempre una docena de nombres envaguecidos por la leyenda. De ellos se ha venido acuñando una leyenda poética, a condición de que en el origen hubiera un vicio de contraleyenda. De todas formas en estas biografías lo más interesante no es que se parezca a la exactitud de la erudición sino que “coincida internamente con la verdadera poesía de la historia, con la verdadera verdad”.

 

 

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En el esrito ‘Cuando miro en mi memoria’ en el que Panero presenta la lectura del poema de Luis Rosales ‘La Casa encendida’ se pregunta por la esencia de la poesía, lo concreta más tarde como “el arte de reducir a personalidad y unidad espiritual y estética la muchedumbre de las cosas creadas”. El poema ‘La Casa encendida’ se muestra “pululante de cosas, dramáticamente objetivado en la palabra nocherniega y fluvial, alumbrado continuamente por el corazón y la inteligencia”.


‘La Casa encendida’ según el testimonio paneriano agrupa “figuras y nombres, años y minutos lejanos centrados en tres etapas sucesivas y simbólicas en torno a la amistad, el amor y el cariño filial”. Es la suya una “casa de memoria total” iluminada de ventanas, pero en cuya “ascua elemental” radica la poesía. Panero fue testigo de la vida de Luis Rosales desde 1933. Tenían amigos comunes. Vivían en Jorge Juan y bajaban juntos Juan, Leopoldo, Waldo Rico, Luis Alonso y Rosales, juveniles en la primavera para matar el tiempo en el Lyon. Pasaban junto al Retiro y frente a Espartero acudían a un estanque, donde “Luis compraba por treinta y cinco céntimos un puro ‘farias’ que fumaba después toda la tarde y que le duraba más conforme los días iban siendo más grandes, abril y mayo arriba; y ya avanzada la estación lo tiraba”.

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