Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/07/2017
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Alberto R. Torices (texto) / Amando Casado (fotografía)
1/07/2017
RELATOS EN LA FRESQUERA

Manderley

Con el verano regresan al rincón cultural de Astorga Redacción los 'Relatos en la fresquera'. En este mes de julio ya tenemos refrescando cinco cuentos intensos de Alberto R. Torices, Fermín López Costero, Sol Gómez Arteaga, Tirso Priscilo Vallecillos y Andrés Martínez Oria, cuyos textos dialogarán con imágenes del reconocido fotógrafo astorgano Amando Casado. Sin duda, un cóctel de altura.

Comenzamos la andadura con Alberto R. Torices (Guernica, 1972), autor del libro de cuentos Los sueños apócrifos (2009), la novela corta Piel todavía muy blanca (2005) y la selección de relatos Yo, el monstruo (2002). Ha recibido entre otros premios el de Narración Breve UNED (2009) el de Novela Corta ‘Tierras de León’ (2004) y el premio de Novela Corta Fundación MonteLeón (2016) por su novela 'Sacrificio'.

 

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Anoche soñé que volvía a Estar Con Ella. De los cuernos de la luna colgaba el encaje desgarrado de una nube y ella seguía locamente enamorada de mí, por supuesto. En mi sueño, esta vez, sus facciones acusaban un notable parecido con las de Daphne du Maurier, o por lo menos con las de la jovencita que en su libro se enamora del viudo De Winter: rasgos de muchacha pobre y fantasiosa, toda rabia y timidez, con zapatones negros y piel blanca y cuerpo a medio hacer. Por supuesto también, Estar Con Ella es un lugar que nunca existió ni existirá jamás, que sólo existe en mi cabeza y no siempre, no todo el rato. Imprevisible y veleidoso, reaparece en medio de la noche, de algunas noches, como esas mansiones que sólo cobijan fantasmas rencorosos. En «realidad», sépase, con ella nunca pasó nada porque algunas cosas es mejor que no pasen y ahí la vida acierta, por una vez. Porque no todo en la vida han de ser errores y porque si tales cosas pasasen se desatarían catástrofes, armagedones, universos paralelos e inconcebibles. Yo lo sé y ella también lo sabe. Y además ella sabe que yo sé y yo sé que… Etcétera. Pero resulta que a veces pasa por la ciudad y vuelvo a verla. No ocurre nada porque ella sabe y yo sé y todo lo demás. Nos limitamos a mirarnos, yo a ella, ella a mí, y a constatar que seguimos estando uno a cada lado de un puente que no soportaría la más ligerísima pisada. Pero incluso así, y aunque en la mesa haya siempre otra persona de por medio y no sea posible siquiera un roce casual, ni por encima ni por debajo del mantel, la circunstancia basta para que después, ya solo y apagadas las luces, vaciados los ceniceros, mientras cruzo desnudo y ciego el páramo de la noche, se me aparezca de pronto la silueta de Estar Con Ella, ese lugar fantasmagórico donde pasa todo lo que nunca pasa, lo que nunca pasó ni pasará jamás. Tales «hechos» son previsibles en Los Días Tristes, efemérides que señala el calendario como cualquier otro tiempo de fiesta: Semana Santa, puente de la Constitución, Quincena de Mi Tristeza. Cuando llegan esos días, año tras año, mis sueños adquieren tintes bárbaros, con un fabuloso aparato de alaridos y bragas destrozadas. Y cuando llega ella a la ciudad, y nos vemos y no pasa nada y nos despedimos, y apago las luces y vacío los ceniceros, y cruzo el desolado páramo de la noche, y aparecen ante mí las desvencijadas puertas de Estar Con Ella, sé que tendrán lugar acontecimientos sobrecogedores, indecibles. Cosas como la exacta delicadeza con que su mano se amoldará al bulto de mi pantalón (¿o iba desnudo?), o su sonrisa insegura cuando acceda a depositar los tobillos sobre mis hombros. En mi sueño, vean, cruzo despacio el umbral de Estar Con Ella y las puertas se cierran de golpe a mi espalda, como si el lugar quisiera asegurarse de que no escaparé. Recorro entonces la casa entera, habitación por habitación, corredor tras corredor. No la encuentro pero en todo momento puedo sentirla cerca, encima o debajo, delante o detrás, de frente, de espaldas, de medio lado… Al final comprendo que ella es así y que no tiene sentido buscarla, que con ella sólo cabe sentarse y esperar. Días, años, vidas enteras. Me siento, por lo tanto, y espero, los ojos cerrados para apreciar mejor su aparición. Sólo entonces ella se acerca, me mira y sonríe y me acaricia, se sienta a mi lado y pega su cuerpo al mío como si no hubiera deseado hacer otra cosa durante milenios, como si en unos pocos minutos tuviéramos que recuperar eones de tiempo perdido, malgastado. Son momentos de una ternura tan intensa que debo echar mano de mis reflejos y actuar con rapidez, o acabaré gimoteando en su regazo, consolado como un perro viejo. Así que sin dudarlo mi mano se hunde bajo su vestido de princesa, de reina de todos los mundos. A los catorce segundos, sus bragas deberían yacer, como en el tópico, por doquier, pues Estar Con Ella es un lugar habitado por todo tipo de espectros y bragas rotas, innumerables bragas hechas jirones por todas partes: blancas, rojas, negras; de encaje, de lycra, de algodón 100% orgánico; colgadas de los cuadros, de las lámparas, de los pomos de las puertas… El paraíso, sí. Pero a los catorce segundos, esta vez, sus bragas rotas no salen volando porque esta vez, oh dicha, no se ha puesto bragas. Porque incluso en Estar Con Ella el tiempo es oro y en cualquier momento puede sonar el despertador o llorar un crío. Es entonces, en el exacto momento en que lo advierto, ese instante en que se suspende la gravedad y el planeta deja de girar, cuando ella pronuncia las únicas palabras que tolero en este sueño: «Bésame, idiota». Y yo, fiel como un criado, obediente como un perrito de aguas, me arrodillo a sus pies, levanto el vuelo de su vestido, le separo un poco más las piernas, hundo el rostro y, con el debido respeto, la beso. Así son las cosas en Estar Con Ella. Y después, los aullidos que oímos mientras terminamos de romper y apartar prendas, que se multiplican y crispan cuando ella pone esa cara de estar siendo atravesada despacio pero inevitablemente, dolorosa pero deliciosamente, no sé si provienen de los despechados fantasmas que nos contemplan o del millar de lobos que rondan la casa y espían por las ventanas, muriéndose de celos. Pues sí, que se mueran todos, a quién le importa. En Estar Con Ella los dos nos sentimos casi seguros, casi intocables. Y dure lo que dure mi estancia en el lugar, allí paseamos de la mano todas las tardes, y luego descansamos o lo hacemos otra vez sobre la hierba de las praderas colindantes, o en la playa de guijarros, o entre las dunas incendiadas de fucsia atardecer, orquestados por los graznidos dodecafónicos de las gaviotas, olvidados del resto del mundo porque el resto del mundo, visto desde Estar Con Ella, es feo y no tiene nada que decirnos. En Estar Con Ella despierto mil veces a su lado y al final despierto solo, angustiado como si lo hiciera en otra galaxia o bajo dos metros de tierra. Pero tiene que ser así, me digo mientras tanteo en busca de las zapatillas, de cuadros.

 

Aunque no haya manera de olvidar lo que no pasó ni pasará nunca, yo sé y ella sabe, yo sé que ella sabe y ella sabe que yo sé que debe ser así, etcétera. Y que si Manderley fuese un lugar real sólo podría decepcionarnos. Vale.

 

 

(*) Texto Incluido en 'Trata de olvidarlas', libro en preparación que próximamente publicará TREA ediciones.

 

 

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