Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 26/07/2017
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Mercedes Unzeta Gullón
7/07/2017

El Tuerto se muere

 

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Tuve la suerte de vivir los últimos días hermosos del río Tuerto. A principios del 2000, año en el que me trasladé a estas tierras, las aguas venían caudalosas a refugiarse en el embalse del molino para luego seguir corriendo entre las columnas que soportan el cuerpo principal del edificio, por debajo de sus salones y biblioteca. El sonido del agua cayendo en pequeña cascada bajo los pies era el arrullo permanente que envolvía el ambiente de la casa.

 

El edificio del molino hace una U abierta hacia la corriente y en medio de esa U quedaban recogidas las aguas que, desviadas del Tuerto, venían con alegría por la zague y se remansaban en medio de la casa esperando su  turno para atravesar la compuerta que las daba paso al otro lado del edificio y libertad para seguir su camino hasta encontrase de nuevo con su cauce principal, el río Tuerto, 400 metros más abajo. Desde las ventanas de la biblioteca se observaban bancos de pequeños peces y truchas enormes nadando en todas direcciones.

 

Las aguas lamían las paredes de las habitaciones del piso bajo. Venían llenas de peces grandes y pequeños, y se podían pescar desde los dormitorios orondas y lucidas truchas. El martín pescador, ese pájaro tan pequeño con esos colores azules tan brillantes y exóticos, se apostaba todas las mañanas en el alfeizar de la ventana de la cocina y esperaba paciente su momento. De pronto salía disparado hacia el agua, se zambullía como un pequeño torpedo, y salía triunfante con un pececito en el pico. Una brillante demostración del origen de su nombre. Resultaba un estimulante espectáculo para iniciar el día.

 

En primavera aparecían las nutrias, siempre alegres y juguetonas, y desde la ventana del comedor observábamos cómo desde la orilla se zambullían en el agua y buceaban hasta la otra orilla para volver a salir y volver a tirarse de cabeza. Familias enteras de nutrias podían estar jugando y pescando durante horas en esa agua que venía corriendo. Era una verdadera explosión de alegría verlas disfrutar justo a dos metros de nosotros.

 

Una vez vi venir hacia la ventana desde donde observaba el río un animal largo que navegaba por la superficie y grité a unos amigos que estaban en la misma estancia “mirad una boa”. Todos se rieron de mi entusiasmo por la naturaleza e imaginación desbordante. En realidad era una nutria muy grande con una cola muy larga y gorda que se movía sinuosa nadando a medias aguas.

 

También en primavera anidaban los patos reales en la zague, un espacio más recogido y más tranquilo que el cauce principal del río. Se veía a la madre seguida con su prole en hilera navegando arriba y abajo en procesión. Y las ocas, blancas y radiantes, se bañaban y danzaban en las aguas, debajo de las ventanas, en una fiesta de alegría y diversión.

 

Eran tiempos felices para la fauna fluvial. Los cangrejos se iban recuperando de aquella terrible invasión americana. Empezaban a desarrollar su autonomía e independencia. Habían vuelto a recuperar su color negro, y se reproducían con tranquilidad.

 

En pocos años el nivel del agua en primavera empezó a bajar. Y un día, de la noche a la mañana, la zague se quedó seca. Los peces boqueaban en el lodo y los cangrejos corrían buscando un refugio húmedo. Me quedé espantada. Bajé corriendo al cauce y recogí a los peces es sus últimos suspiros para pasarlos al otro lado del molino donde la zague hacía poza y el agua se conservaba.

 

Y así estuvo unos días en seco hasta que llegó el final del mes de junio, fecha en que se abren las compuertas del pantano de Villameca. Entonces afluyó agua en torrentera, pero durante tres días, luego se paró en seco, luego volvió a afluir… y así en intermitentes días, el agua subía mucho o bajaba del todo. Los peces no podían resistir estos cambios tan bruscos de caudal y fueron muriendo o emigrando y desapareciendo. El pantano regula las aguas y los tiempos de riego. El agua del río sube y baja como un ascensor, rápidamente. Insoportable para la fauna.

 

Yo era nueva en eso del control de los ríos y las aguas pero no podía comprender cómo en una tierra de cereal como es ésta, y habiendo un problema de agua tan grande, se plantara maíz a destajo. Desde Astorga a León, todo el Páramo plantado de maíz, amén de las riberas, la Cepeda… ¡toda la provincia! Yo siempre había visto el maíz en Cantabria, donde crece sin necesidad de riego. Impresionada me informé, el maíz requiere tres veces más agua que el cereal. Pregunté ¿por qué se planta? Subvenciones europeas, me dijeron. ¿Pero no se controla que lo que se plante sea adecuado al medio? No, el dinero es lo que manda lo demás no importa, me aclararon.

 

 

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Esperé que se acabaran pronto las subvenciones para el maíz pero se acabó antes el agua de los ríos y sus habitantes.

 

Cada año la zague del molino ha ido aumentando su tiempo de sequía. Empezó siendo unos días, luego algunas semanas. Este año han sido meses. En el cauce donde corría el agua hoy crece mala hierba. Queda un reguerito que circula triste y solitario entre los hierbajos. Hace algunos años que ya no hay peces, ni martines pescadores, ni nutrias, ni cangrejos, ni vida. Y se sigue plantando maíz en sus alrededores y regando a manta los cultivos, es decir inundando el terreno y rebosando a grandes charcos en los caminos. Y no parece que nadie sea consciente de que el agua se acaba.

 

También hace años que llevo denunciando a Seprona que el agua del río llegaba, y llega, con una gruesa capa de grasa animal flotando en la superficie lo que naturalmente impide cualquier oxigenación para la vida fluvial. “Hay que analizar de dónde viene”, me dicen. Y se marchan hasta el año que viene que vuelve a repetirse la misma escena. Yo les digo que a pocos kilómetros río arriba está el matadero municipal de Astorga. “Ellos tienen depuradora” argumentan como si eso fuera una garantía, pasando por alto que la depuradora de Astorga ha estado infestando el río desde sus comienzos, hace muchos años, porque según me informaron en su momento, se instaló una más pequeña de lo presupuestado y el dinero sobrante se quedó por el camino. También, las aguas sobrantes, que no entraban a depurarse, se quedaron por el río. Nunca supe nada de las investigaciones de Seprona. El río ha seguido con su grasa.

 

Parece que hace poco se cambió la depuradora, pero vemos que sigue siendo insuficiente o no funciona como debe. Las pocas truchas que quedaban han acabado intoxicadas.

 

Qué pena de ríos. Hay sequía, eso es indudable. El cambio climático del que tanto se habla en general es real y lo sufrimos en particular. Pero con la sequía se vuelve más evidente el maltrato, el terrible maltrato administrativo y particular de algo tan importante como son los ríos. Yo lo sufro en mi molino. En dieciséis años, quizás son muchos para una vida humana pero verdaderamente son muy pocos para el desarrollo de la Naturaleza, he visto desaparecer una abundante, exuberante y valiosa fauna, y asisto a los últimos estertores de un río que, debido a su abundancia, llegó a otorgar a los habitantes del pueblo de Nistal el gentilicio de peceros, y que hoy sólo lleva plásticos y grasa flotando en sus aguas.

 

Precisamente porque la Naturaleza es la primera en acusar ese cambio, esa desertización que avanza lentamente desde el sur, todos deberíamos ser tremendamente cuidadosos con ella, y sobre todo y ante todo las Administraciones.

 

Los ríos son las arterias de vida de la Naturaleza, es imprescindible, por el bien de todos, procurar que no se desangre.

 

Oh témpora, oh mores

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