Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/09/2017
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Texto: Fermín López Costero. Foto: Amando Casado
8/07/2017
RELATOS EN LA FRESQUERA

Tarde de circo (Crónica sucinta de un misterioso suceso)

Fermín López Costero (Cacabelos, León, 1962) ha publicado varios libros de cuentos y microrrelatos: Pequeño catálogo de historias breves ( 2009) La soledad del farero y otras historias fulgurantes (2009). Teatro de sombras (2017. Ed. Nazarí. Granada).
En poesía ha publicado varios libros Memorial de las piedras (2008) con el que obtuvo el Premio de Poesía Joaquín Benito de Lucas. La fatalidad (2011) y La costumbre de ser lluvia (2016).

 

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A Pablo Andrés Escapa

 

 

Dedica Silverio Díaz de la Barga (1893-1958), en su inexplicablemente inédita Historia de los espectáculos circenses en la provincia de León (Biblioteca Pública Provincial de León, r. 3688), apenas media página mecanografiada —suficiente para estimular mi curiosidad— al misterioso caso del Circo Arabia, acontecido allá por los años veinte del siglo pasado en la localidad de Castrocalbón. Sin embargo, fue mi subsiguiente tarea de roedor de hemeroteca, escudriñando en la prensa de aquel tiempo, en el Archivo Histórico de la noble y aforada villa del Eria y, sobre todo, el trato directo —estirando al máximo un frío fin de semana— con algunas de las personas más longevas y memoriosas del histórico municipio del sur de la provincia, lo que me proporcionó la información suficiente para pergeñar el argumento de aquella inexplicable historia. De esta manera, y aunque no pude consultar la documentación judicial relativa al asunto, que fue destruida durante la Guerra Civil, puedo decir que me encuentro en disposición de narrar aquel acontecimiento de forma bastante fidedigna, a pesar de que me resultó imposible hallar datos sobre algunos pormenores que considero de capital relevancia para el esclarecimiento de los hechos. Dicho lo cual, y sin más preámbulos, paso a referir, de manera resumida, el insólito episodio.

 

Corría el mes de junio de 1924 y el alegre y piadoso pueblo de Castrocalbón se preparaba para celebrar sus sonadas fiestas de la Octava del Corpus. El modesto, aunque internacional, Circo Arabia, instalado en el espacio que en su día ocupara el solemne patio de armas del castillo de los condes de Benavente, exhibía como «actuaciones estelares» a los Belletti, una familia de trapecistas valencianos, a pesar del apellido, y al Gran Mago Edouard Carlier, de nacionalidad francesa. No obstante, los payasos (de nombre artístico Rocamora Brothers) y la écuyère Sophía Crespo tampoco desmerecían, en opinión de Don Rogelio Pérez Fraile, afamado albéitar que, en sus ratos libres, también ejercía la crítica de espectáculos en El Adelanto Bañezano, semanario eclesiástico de la época.

 

Para el truco final de su actuación, el Gran Carlier —que así se anunciaba en la cartelería— solicitó la colaboración de una muchacha del público. Fueron varias, las manos que se alzaron solícitas; pero el mago, quizá por deferencia, escogió la de la hija primogénita de Don Ricardo Castro Cenador, pequeño terrateniente e ilustrísimo alcalde de la localidad, que asistía a la función acompañado de su esposa y de toda su prole, compuesta por cinco chiquillas de edades comprendidas entre los quince y los tres años. La joven en cuestión, de nombre Paulina, accedió «rauda y gustosa, aunque visiblemente ruborizada», al centro de la pista, donde la aguardaba, sonriente y con los brazos abiertos, monsieur Carlier.

 

 Según el testimonio de Olga Sienkiewicz, ayudante —de origen polaco— de Carlier dentro de la pista y amante fuera de ella, fue después de introducir a la joven en el baúl cuando el mago comenzó a sentirse indispuesto. Así y todo, consiguió hacerla desaparecer sin ninguna dificultad aparente, recibiendo por ello, tal y como estaba previsto, el asombro y los aplausos del entregado público. Pero, nada más iniciar la segunda parte del truco, la correspondiente a la reaparición o retorno de la muchacha, Carlier se llevó las manos al pecho y, tras un gesto crispado, acabó derrumbándose sobre el baúl antes de que la señorita Sienkiewicz, que en ese momento se encontraba de espaldas, pudiera asistirlo. Un médico que casualmente se hallaba entre el público, de nombre Jacinto Carnicero, no pudo hacer otra cosa que confirmar y certificar su muerte.

 

Fue Doña Asunción Esteban de Nogales, esposa de Don Ricardo Castro Cenador y madre de la joven Paulina Castro Esteban, quien, transcurridos los primeros instantes de desconcierto, comenzó a preguntar, angustiada, por su hija. Sin embargo, al abrir el baúl se comprobó que éste estaba vacío, igual que cuando el mago lo había mostrado al público, poco antes de desplomarse sobre él.

 

Preguntada entonces mademoiselle Sienkiewicz por el paradero de la muchacha, entre lágrimas vino a decir que, debido al infarto, el mago no había tenido tiempo de «regresarla»; y que ella, humilde subalterna, desconocía el modo de hacerlo. De inmediato, se procedió a revisar el amplio baúl en busca de algún doble fondo o de cualquier tipo de pista o indicio; pero, aunque se desmontó por completo, no se halló señal alguna de la joven. Entretanto, el doctor Carnicero hubo de inyectar un tranquilizante a Doña Asunción, que se hallaba en manifiesto estado de ansiedad. Luego, el propio Don Ricardo, acompañado por un sargento de la Guardia Civil y dos números, más docena y media de voluntarios, comenzaron a buscar a la muchacha entre las instalaciones y vehículos del circo. Pero, aunque inspeccionaron todo concienzudamente, incluidas las jaulas de las fieras, y algunos afanados vecinos hasta optaron por remover las escasas piedras sobrevivientes del que un día fuera majestuoso castillo, de la joven Paulina no se halló ni rastro.

 

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, las fuerzas del orden comenzaron a tomar declaración a toda la troupe circense. Y, meses después, los máximos responsables del circo, los hermanos Calatrava García, y la señorita Sienkiewicz fueron llevados a juicio. Aunque, finalmente, nadie acabó en prisión, el circo y toda su infraestructura, que había sido precintado por la justicia, hubo de ser embargado y buena parte de sus bienes y enseres subastados para hacer frente a indemnizaciones, costas, minutas y demás.

 

Durante años, Don Ricardo Castro Cenador mantuvo contacto epistolar, telefónico e incluso personal con los magos y prestidigitadores más acreditados de la época, entre ellos Howard Thurston, Harry Blackstone Sr. y Harry Keller. Mas todo fue inútil: ningún mago conocía la manera de devolverle a su hija. El Gran Carlier había inventado el número y él era la única persona que conocía su secreto, secreto que se había llevado consigo a la tumba, pues no tenía la costumbre de dejar constancia escrita de sus trucos, precisamente para que nadie pudiera copiarlos o sabotearlos.

 

Se estima que Don Ricardo gastó importantes cantidades de dinero en prolongados —lo mismo en el espacio que en el tiempo— viajes, tanto continentales como ultramarinos, así como en numerosísimas conferencias telefónicas de carácter internacional. De ahí que, con el transcurrir de los años, el vulgo achacase su posterior ruina económica a todos estos afanes viajeros en busca de alguien que pudiese restituirle a su hija, que pudiese rescatarla del lugar ignoto en el que se hallaba.

 

En Castrocalbón y su alfoz, todo el mundo entiende que, desde mayo de 1925, en este municipio estén prohibidos los espectáculos circenses, especialmente los de magia e ilusionismo. Un decreto de alcaldía así lo proclama. Y ninguno de los alcaldes posteriores, que han sido numerosos y de diversa condición, se ha atrevido a derogarlo.

 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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