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Eloy Rubio Carro
8/07/2017

Floración mística de los silencios

 

 

Manuel Olveira. Muero todos los días (2015 - 2016) Manual de Ultramarinos. León 2017

 

 

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Dice Yves Bonnefoy en ‘La poesía en voz alta’: “El lenguaje, del que quiero recordar que es reafirmado por el poeta en su reencuentro con la mística, es el lugar del combate, el único…en  que los poetas, mayores o menores…supieron reencontrar en sus palabras la vida del referente  bajo el significado, la del ‘uno’ en el corazón de lo múltiple.”

 

Parece como si Manuel Olveira se acogiera a estas palabras en su plaquette poética ‘Muero todos los días’, recién editada por Manual de ultramarinos.

 

En primer lugar estamos ante una escritura que se plantea aquello de “La escritura o la vida”, una escritura que se desenvuelve bien en el epigrama, en la brevedad vecina del silencio; pero que lo hace con menor desenvoltura en los poemas más largos, más prosaicos; aunque estos últimos sean tanto o más necesarios para explicar lo que tan hondamente callan los otros.

 

¿Qué callan esos versos que se escriben desde el silencio, desde la callada sería mejor decir?

Callan la causa del desdoblamiento, la esquizofrenia originaria de la ‘auto-con-s-ciencia’. Ahí es nada. Callan lo que fue la caída en el yo, en ese maldito yo, y el dolor que conlleva. Ese momento en el que el yo empieza a ser otro, o cuanto menos imagen del que en el origen era. Yo y otro. Estamos ante un escrito ‘hiperreflexivo’ para indagar de ese UNO en el corazón de lo metamórfico.

 

En la página 23 hay un poema de once versos que comienza así: “Entre palabra y palabra / pausas e intervalos / un hombre roto”. Habla de un lenguaje adánico, como un todo unido (sin saber lo que sea la unión, puesto que no ha sido aún roto) que se dinamita en el uso. Habla también de un uso del lenguaje que se produce al resquebrajamiento del ¿yo?  

 

 

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De esta constatación trágica de lo que sucede en el origen se nutre todo el breve poemario.

 

“Todo cabe / en el invierno / del expulsado” son los últimos versos del poema citado. Cabe lo que no cabe, lo que no tendrá cabida, toda la expresión del mundo y la multiplicación de sus imágenes en el espejo ‘añicado’ e infinito en que el yo se hizo, en primera visión yo y otro, y en las visiones sucesivas de los alter sobre ese yo desde ahora duplicado.

 

Esta es la tarea de estos versos dolientes, reparar la resquebrajadura que la conciencia y su lenguaje han operado sobre el ser y el mundo, volver al yo sin doblez de antes de la duplicidad.

 

El itinerario descrito es el itinerario del deterioro, el sujeto al duplicarse adquiere conciencia de la culpa, del crimen del abandono de la animalidad inocente (Lascaux, el chamanismo,  “Ich bin du, wenn ich ich bin.”). “Hoy /  hice algo / de lo que no / me siento orgulloso” es el primero de los poemas del libro, al que sigue  “Hoy / cabe la posibilidad / de que sea demasiado tarde”. (5, 6)

 

Vemos un desgajamiento y oscurecimiento del ser al tomarse conciencia, un desencanto de las primeras luces, de las primeras emociones. Pronto la conciencia de estar ‘desiendose’, de ir dejando de ser, de estar siendo otro. De ahí la sentencia, todo un poema: “Debo ser yo / Debo ser yo” (9).

 

Sin embargo en este agrietamiento del yo y del ser que acontece a la primera conciencia, en esta explosión y huida hay una tentativa paradójica, casi mística: “Con lo que callo / escribo” (13). Se callan las palabras, ya se sabe, que se tienen; se retienen por no vivificar al referente y mantenerlas en unión de lo UNO en el corazón de lo múltiple. Sin embargo, la imposibilidad de la mística es la proliferación de las maneras de callar, de tantas formas en que el silencio se dice.

 

Esto no deja de ser otra imposibilidad más, y los desvíos (desvaríos) hacia esa unificación producen 'heridas del amor', los celos y ese inmenso peso de lo pasado sufrido como ‘deseimiento’.

 

 

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Hay otro momento peor que el de la salida del 'Edén de la infancia' y es el de la confrontación de las máscaras con el encaje y/o desencaje y adaptación y acomodación de unas a otras: “Toda una vida / de vivir otra vida // la de otros // toda una vida / de satisfacer otro deseo // el de otros // toda una vida / de hablar otra lengua // la de otros… (24)

 

Esa relación ‘deformadora’  que proveen las miradas es siempre autorreferenciada. El desdoblamiento es lo que tiene: el punto de vista, el perspectivismo, el cruce y síntesis de las miradas, el inacabamiento. “Lo que quiero / sacar de ellos / es / lo que quiero / sacar de ellos / de mí” (33). Aunque resulte un tanto ambiguo, el que dispone de la mirada es el yo, el ‘mí’. Con lo que se refiere a los puntos de vista de los demás sobre uno mismo, tal vez con la idea de conformar una imagen ajustada de lo que uno sea, no siendo 'la de aquel que era'.

 

Este querer saber de sí por el otro tiene su retaguardia en el recuerdo, en el verse pasar y morir cada día un poco. Decía a este propósito Rafael Morales: “Recordar es volver a vivir, es ser lo ido, / Lo que ya se acabó, lo que no es nuestro.” A lo que añade Manuel Oliveira: “Recuerdo / perfectamente / el día que yo / delante de mi madre / decidí vivir” (35), quizás tuviera frente a su madre que sopesar el instante de su muerte.

 

En (39), de modo epigramático asistimos a lo determinante y energúmena que puede ser la mirada del otro sobre la propia valoración de uno mismo, hasta odiarse, (no al modo catuliano) por aquello que más se ama: “Tu odio / por mi amor // padre // Mi odio /  por mi amor”.

 

Presintiendo la muerte ya cercana, agotado por los sentimientos de culpa que impiden sentir ni “un día de fiesta”, aún cabría la posibilidad del trampantojo, de que la visión estuviera equivocada: “No era el cielo // era el reflejo / de una bolsa / de plástico azul / en la ventanilla”. (40). Pero no.

 

 

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Finaliza el poemario repitiendo el oxímoron ya mentado: “con lo que callo / escribo” (45). En masticación e indigestión de todo lo que empoza, como charco de culpa, en el alma,  de lo que pasará a la sangre y a la voz, a la vida y a las palabras que tan callando, y aun para callarlas, podrían todavía ser escritas.

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