Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/07/2017
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Aidan Mcnamara
14/07/2017

Choque agradable de enfoques complementarios derivado de una anécdota verídica

[Img #30763]

 

 

En un viaje a la capital de la Irlanda verde (ahora que va de guay sin la ‘u’ de ultra, gay de primer ministro, y alegre de la antigua acepción del término inglés gay) con un amigo un poco menos verde, Juan Uriel Mijas, decidimos hacer una peregrinación a la torre Martello ubicada en las afueras de Dublín, en el barrio de Sandycove (que antes era una aldea pesquera), donde se ambienta el primer capítulo de la novela más famosa y menos leída del siglo veinte, Ulises de James Joyce.

 

Comenzamos el viaje (siempre a pie) desde otro barrio, antaño también una aldea y ya igualmente engullida por la gran ciudad, (Dublín representa más del cuarenta por ciento de la economía (PIB) de la república actual, gracias a las becas de la UE y las inversiones norteamericanas tipo Google, Amazon, eBay etc.) que se llama Blackrock.

 

En estos dos pueblos que forman parte de la costa sureña del condado de Dublín residió Joyce. (Joyce ha dormido en más camas que Trump tiene tuits). Hay una placa en el edifico del punto de partida de nuestra excursión que lo indica, ya que su pueblo irlandés natal ha pasado de escandalizarse por su obra a forrarse gracias al turismo literario.

 

Hace bueno. El cielo nos abanica con una polca de azul y beige. Tardamos una buena conversación en llegar a la torre. Justo antes de visitarla, Juan me pregunta si conozco una taberna cercana para almorzar y, a ser posible, con vistas al mar. Yo le confieso que estoy oxidado en cuanto a las zonas de juerga del barrio y que hace mucho que no he caminado por el distrito.

 

De pronto, provocado por un impulso de toda la vida, me acerco a una pareja joven de paseo con su hija de tres o cuatro años y les pregunto. Tienen pinta de lugareños por sus pecas oriundas y su atuendo camisetero ¡Los turistas van con bufandas!!!

-Disculpen etc.

-Sí, muy cerca etc.

Risas contenidas al presenciar una leve discusión entre los adultos sobre las direcciones más eficaces para ayudarnos a situarnos y encontrar el bar de su encarecida y unánime recomendación.

 

Les doy las gracias, mientras registro con agrado que el señor tiene un fuerte acento inglés del sur de Londres y la señora, uno igual de estridente del Norte de Dublín. Vamos bien, pienso, a pesar de los tópicos rancios sobre las relaciones tradicionales entre ambas islas.

Juan hace una mueca amable de teleñeco a manera de despedida a la niña, que le contesta con una mirada precoz que parece querer decir “¡cómo tardan los padres en ponerse de acuerdo sobre temas nimios!”

 

Después de visitar la torre, que sí vale la pena porque la entrada es gratuita (aunque la visita no es para tanto), y estar es más emocionante que ver virtualmente, nos dirigimos al pub. 

 

Nada más sentarnos con unos bocadillos de chorizo (España va muy bien en las cartas irlandesas y la porcelana de los servicios también procede del reino), y unas cervezas negras (con gluten como el buen Dios del Vaticano manda), Juan me dice:

Estás viejo ya. En vez de incordiar a la gente, podrías haber consultado tu Smartphone para aclarar la información sobre chigres aledaños y echar un vistazo a los comentarios de los clientes.

 

Medito un poco y le contesto:

Los vecinos, cuando son clientes habituales de una tasca, no se toman la molestia de comentar sobre ella. Y además, ¿no sería más bonito echarme un cumplido por haber identificado una fuente local de información, en vez de pasar quince minutos de mi vida con TripAdvisor?

 

Juan asiente lentamente con un ademán entre la humildad y la expiación, y se levanta para aliviarse del denso lúpulo.

 

Vuelve en seguida.

Oye, no encuentro la puerta de los servicios.

A mí qué me cuentas. Hace décadas que no piso este establecimiento (que sí me resultaba familiar), que, por cierto, tiene casi más objetos relacionados con el maestro, que la torre ¡¡¿Por qué no sacas tu teléfono?!!

 

Me levanto con él (aunque habla inglés perfectamente) con ganas de solucionar el misterio y porque poseo una vejiga más pequeña que el C.I. de Mike Pence, el vicio-presidente del tuitero. En vez de acerarnos a la barra a consultar, empleo la fórmula española que casi nunca falla. Al fondo a la…

 

Juan me mira con cara de impaciencia y frustración acuciante. Llegamos a una puerta de madera con mucha solera. Tiene un letrero bien viejo que dice: Almacén de cerveza usada.

A Joyce le habría gustado.

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