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Ángel Alonso Carracedo
14/07/2017

Elegía de la discreción

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No vivimos  tiempos presididos por lo discreto. Toda celebración, evento o efemérides demanda, mejor, impone, una exageración impostada, un vocerío de berrea. Es la civilización del espectáculo sin más reglas que llamar la atención, que ser masa colosal y amorfa en la fiesta o en la reivindicación. No hay medición alguna de calidad, sino de cantidad. Todo tiene que girar sobre los ejes de la impostura, del llamar la atención con la escandalera. Hay que ser provocativos y zaherir, disfrazándose previamente de rupturistas o agraviados, para estafar la justicia de lo estético y eternizar el sinsentido.  El ruido arrolla los silencios. No hay mínimo espacio para la reflexión, todo un anatema, porque la algarabía a escape libre es el gran dogma.

 

A la delicia de vagar sin un rumbo fijo, hoy se opone una masa camuflada en ese gran negocio del turismo. Como toda actividad visiblemente rentable se ha hecho de inmediato con sucursales en forma de calificativos a discreción. Así, bien envueltos en paquetes,  y con pulseras al jurídico modo de una libertad condicional,  tenemos el largo y estrecho menú del ocio de playa, rural, termal, gastronómico, de aventura, sexual y hasta de borrachera, sin aún culminar todas las posibilidades  que, llegan incluso, al cénit de la idiocia de saltar de balcón en balcón a las piscinas de los hoteles. Perfectos remedos de los primates invaden hoy ciudades que añoran la tranquilidad de los viajeros silenciosos, algo atontados en la mirada, despistados, sonrientes en la amable recepción de la información y, sobre todo, tranquilos en la nocturnidad, lejos de esos vampiros modernos a los que sigue haciendo daño la luz del sol, pero  que mudan la succión de la sangre por ingestas irracionales de alcohol.

 

Me gusta una ciudadanía rebelde y reivindicativa. No hay nada peor que una sociedad alienada, sin capacidad de reacción ante los poderes fácticos y reales. Resignada a costumbres y tradiciones que son imposibles de sostener. Me rebelo contra las injusticias que ponen trabas a una libre convivencia e igualdad de oportunidades por razones de pensamiento, religión o militancia sexual. Que cada uno sea como quiera ser en las lindes de la normal convivencia. Me sé imperfecto y dubitativo y no puedo estar en condiciones de imponer mis pautas de comportamiento a los otros, tan imperfectos y dubitativos  como yo.

 

Los grandes avances de la humanidad han tenido que ver más con las revoluciones silenciosas de la mente y la razón que con las conquistas bélicas e imperiales de dinastías. El mundo siempre ha sido mejor y ha avanzado más con un paso en la tolerancia hacia los demás que con el despliegue de legiones y cuerpos de ejército. Habrá que saludar, pues, ese movimiento imparable de la inteligencia que coloca al diferente lejos de los guetos del fanatismo.  No puede extrañar a nadie que logros en ese campo reciban el homenaje y la evocación de las sucesivas generaciones.   

  

Pero aquí es demandable también el valor de la discreción como divisa de la normalidad. Injusticias aberrantes del pasado no pueden ser saldadas con compensaciones sin fecha de caducidad, sometidas en su reparación a la eternidad de conceptos inamovibles. Volveríamos al mismo círculo vicioso dejado atrás. Ni tampoco vale apelar a continuas insatisfacciones, como si el recorrido reivindicativo fuera infinito e insaciable, cuando son más que visibles y palpables los equilibrios obtenidos en la larga y penosa travesía contra las desigualdades en muchos de esos campos.

 

Las modernas costumbres han instalado estas conquistas en el selectivo marco de lo políticamente correcto. Regla de oro es una megafonía continua que abunda en el chirrido y empieza a tomar cuerpo inquisidor  contra quien ose levantar la voz, simplemente, contra el más leve de los matices a los nuevos axiomas. No le va a la zaga un cierto poder de lobby, hábil vendedor de victimismos que se han de alimentar  como correa sin fin desde las redes sociales y mediáticas como asuntos por encima de cualquier prioridad. La estrategia cuaja, y así no resulta extraño, rodear el ambiente de ocurrencias que son todo un insulto a la discreción que siempre guarda una inteligencia sosegada y reflexiva que, por cierto, jamás abandona la rebeldía de las grandes ideas que prenden la llama de un mundo mejor.                     

                                                                                                                

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