Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/11/2017
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Mercedes Unzeta Gullón
14/07/2017

La dulce Arcadia

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Me vine a vivir al campo huyendo de la ciudad. El campo, símbolo de la sencillez, de lo auténtico, de vida sana, de salud, de bienestar, de disfrute del ritmo natural de la vida, de la armonía entre razón y emoción, entre cuerpo y espíritu.

 

Llegué al mundo rural llena de buenísimos sentimientos de fraternidad y simpatía por las gentes que vivían en este pequeño mundo al que yo me sumaba con grandes esperanzas. Pero lo primero que me encontré fue con una ofuscada curiosidad y recelosa animadversión hacia mi presencia. ¿Quién es ésta? Se preguntaban cuchicheándose al oído mientras me miraban con gran hostilidad los habitantes del pueblo. ¿A qué viene ésta aquí? ¿Qué querrá?

 

Yo, sencillamente, opté por no considerar esas descortesías que solían ir cargadas de desprecio, a la espera de que, pasada la primera impresión, se suavizaran los ánimos y me vieran con otra mirada.

 

Como mi respuesta era nula pasaron a considerar mi postura como fruto de una inmensa arrogancia: ¿Qué se habrá creído esta?, y alimentaban su ánimo con un creciente resentimiento. Bueno, acabé pensando, peor para ellos, y no sin pesar retiré mis esperanzas en aquellas personas hostiles.

 

Pero la situación no acabó ahí. Pronto empezaron los ataques más directos. No me dejaban enganchar el agua al suministro general, me talaban los árboles, me cortaban el cable del teléfono, me machacaban todo lo que plantaba, me denunciaban por cualquier estupidez: porque pasa mucha agua por la zague, porque querían hacer un camino por la finca, por esto, por lo otro… Era la guerra. Yo llegué a sentirme Escarlata O’Hara: “¡Pongo a Dios por testigo...!”, frente a los hombretones que me acosaban, me amenazaban y se empecinaban en hacerme constantes pirulas pensando que, como venía de la capital, no entendía nada y, además, como era mujer, entendía menos que nada. Todo resultaba insólito.

 

Esto me dio que pensar. Antes, cuando yo era pequeña y mi madre nos traía en verano a su casona familiar, tengo la impresión de que existía, en el espíritu de los que veníamos de la capital, un cierto sentido de indulgente superioridad hacia la gente del campo (los renteros familiares, en este caso), de los que se suponía no tenían muchas luces, y se les trataba con cierto paternalismo: “pobres, no saben, no entienden”.

 

Ahora han cambiado las tornas. Ahora sucede todo lo contrario pero aderezado de un ancestral resentimiento por aquel espíritu servil de entonces. Los habitantes del mundo rural se han vuelto los amos de ese su ancestral mundo (que, por cierto, deterioran impunemente). Se han crecido hasta límites insospechados, se han hecho más listos que nadie, se han vuelto astutos y engañosos, y se creen que los que venimos de las ciudades somos ilustres ignorantes que no entendemos de lindes, ni de cosechas, ni de árboles, ni de derechos, ni de nada… Nos tratan con auténtico desprecio y, además, intenta darnos continuamente gato por liebre.

 

 

También descubrí que la virtud por excelencia entre la apacible e inofensiva gente del campo es la cautivadora envidia. Una afable ancianita me contó un día que tenía dos orondos nogales en su finca al borde del camino y que la gente al pasear le pelaba la nuez (es decir, cogía nueces). Así que, fastidiada por esa rapiña, la buena señora decidió acabar con tal escamoteo y mandó talar los nogales. Ante mi sorpresa le señalé que con esa decisión ella se había quedado sin sus nueces. “Ah, ya”, contestó satisfecha, “pero así ya nadie puede cogerme nueces”. Evidentemente, no habiendo nogales no hay usurpación. En seguida me vino a la cabeza aquello que decía mi padre (era militar) de: “Que se fastidie el capitán que no como rancho”. Tampoco tienen panadería en el pueblo por no enriquecer al vecino con la compra del pan de cada día. Prefieren la furgoneta del desconocido. ¡Qué sentimiento tan confortador este de la envidia!

 

En fin, no ya encontrar la felicidad en la legendaria Arcadia sino en el humilde sosiego de un tranquilo pueblo leonés es, en verdad, una gran fábula.

 

Miguel de Cervantes exclamaría aquí: “¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!”



O témpora, o mores,

 

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