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Max Alonso
21/07/2017

Nacionalismo

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Tan de moda esta el término en este ya siglo XXI por el auge que está experimentando en tantos países y que ha encontrado su culmen cuando llegó Trump como si pariera la burra. Talcott Parssons, sociólogo norteamericano,  afirmó a mediados del siglo pasado que toda ideología es un sistema de prejuicios y si esta idea la aplicamos a los nacionalismos en sus variadas vertientes puede explicarnos la situación caótica que estamos viviendo. Definición que puede aplicarse a cualquier ideología. Tanta política, como religiosa o social.

 

De ahí viene que los tertulianos vendidos –porque  cobran o lo parece, que es peor-  y periodistas apesebrados vean con facilidad la paja en el partido contrario y no vean la viga en el suyo, lo que les permite dar consejos paternalistas a los otros sin aprovechar esa sabiduría para sí mismos cuando la necesitan más.

 

Esto ocurre clarísimamente con los nacionalismos aunque  la misma libertad que hay para manifestarse nacionalista la hay teóricamente  para descalificar a los nacionalismos en atención a los hechos, aunque haya que  callarse, que no lo consienten.

 

En palabras de Charles de Gaulle: “Patriotismo es cuando el amor por tu propio pueblo es lo primero. Nacionalismo cuando lo primero es el odio por los demás pueblos.” Sobre odios e intolerancia se expresa muy bien Voltaire. Cuando los sentimientos se confunden llevan a odiar lo que no se siente como propio. El odio optimiza y libra la ferocidad de la violencia para acabar con lo que se odia y el disturbio que genera aumenta también la falta de honradez intelectual y el pensamiento se vuelve acrítico. La intolerancia es el resultado de la irracionalidad de los sujetos que víctimas de sus pasiones no ven la realidad.

 

Hay otra definición que no sé de quién es pero me gustaría saberlo por la inteligencia que demuestra que define perfectamente a jóvenes nacionalistas: “Se creen que su tierra es la mejor del mundo por una razón fundamental: porque ellos nacieron allí.”

 

Nacionalismo que en nuestro país lo estimula y acrecienta una de las perversiones de la democracia. La de comprar votos con dinero y no vale como escusas que lo han practicado los diversos gobiernos. La última ocasión fue la compra de votos nacionalistas para aprobar los presupuestos. Si los canarios tienen problemas peculiares por su insularidad, que los tienen, estúdiense y soluciónense, como corresponde con un recto gobierno. Pero no como un puro chantaje, que se paga con dinero que se da para solucionar estos problemas a cambio de votos para un fin  general, que como en el caso canario comporta  políticas generales diferentes y opuestas a las que persigue el propio beneficiado.

 

No digamos de la compra de votos al PNV a cuenta del deleznable  “Cupo Vasco”, que es para pagar y en sus manos resulta para cobrar y como se ha escrito nos saldría más barato al conjunto de los españoles que se suprimiera y se anulara el pago, que así no seguirían  cobrando. Los 4.000 millones de euros  adjudicados a Ciudadanos al menos han sido para contrapartidas de fines sociales y de modernización de la economía con alcance general.

 

Mientras esto se hace como no  debiera sigue sin ser  de recibo que se pague a cambio de votos para el fin que sea, que,  repito,  eso no es más que otra  perversión de la democracia y pura y llanamente extorsión, que en el conjunto de partidos beneficiados ha alcanzado los 8.000 millones de  euros y que los populares camuflan eufemísticamente no recociendo la realidad sino hablando de los “nueve partidos que se han sumado”. Toma hipocresía y populismo.

 

Al mismo tiempo lo hecho implica estimulación del nacionalismo por la vía de la perversión democrática que lleva a considerar que más que firmar cheques en blanco para las grandes formaciones partidistas más vale inhibirse y formar pequeños partidos nacionalistas que al menos pueden mercadear en las votaciones democráticas generales. Que vale en la sociedad corrupta en la que se compran con dispendios como platos de lentejas  de la caja pública los votos.  Lo mismo que en las comparecencias como testigos cuando hay obligación de decir la verdad bajo juramento se esquivan las preguntas con el no lo recuerdo, que aunque no lo parezca es mentir para escaquearse de responder como con el  “eso lo llevaba mi marido”.

 

Cuando se manifiesta la corrupción y no se erradica sino que proliferan lo casos como epidemia se evidencia que esos tantos casos son posibles porque la sociedad esta corrupta y los votos  corruptos tapan  a los corruptos económicos, -la diferencia entre los que quisieran poder y los que han podido-, en un juego hipócrita. 

 

Una vía  legal que no quiere decir que sea legítima  sino propia de países bananeros y de mala calidad democrática como la  corrompida por las concepciones nacionalistas.
 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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