Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/09/2017
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Texto; Sol Gómez Arteaga. Foto: Amando Casado
23/07/2017
RELATOS EN LA FRESQUERA

Carta a Carlos

Sol Gómez Arteaga, colaboradora y columnista de Astorga Redacción ha publicado dos libros de relatos: 'Los cinco de Trasrey y otros relatos' (2012) y el reciente 'El sol a la tinaja y otros cuentos (2017)

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Ayer a las cinco oíste el timbre y aunque sabías que era yo, quien iba a ser, sin esperar contestación pulsaste el interruptor. Con la puerta entreabierta te esforzaste por escuchar mis pasos, por oír cada vez más cerca el ruido de mis tacones y cuando ya estuvimos juntos me miraste al cuello con asombro, como presa de un deja vu, una mirada que hubiera pasado desapercibida para cualquiera menos para mí, que conozco cada uno de tus gestos.

 

Diste un paso atrás, entré en el hall, cerraste. Qué guapa estás, dijiste, y señalaste, ahora sí era un reconocimiento pleno, hasta lo tocaste con las puntas de tus dedos, el fulard tornasolado que me regalaste cuando empezamos a salir, cuando aún no te habías encerrado entre cuatro paredes para escribir la novela que no ibas a terminar jamás, y frecuentabas exposiciones y recitales de poesía -en el dedicado al postismo nos conocimos- y  eras capas de conjugar el verbo vivir, y de descifrar los cambios de la luz del exterior día y los cambios de la luz de mi interior. “Del rastro, recuerdas, lo pongo poco”. Asentiste, me acerqué a ti, te di un beso largo en la boca y te olí a tabaco negro y a sudor y a añoranza prematura, pues sabía algo que tú ni por asomo podías imaginar, sabía que era nuestra última tarde juntos. Me despegué de ti. 


Hazme un café, te dije, y te seguí hasta la cocina. La cafetera vacía reposaba encima del infiernillo, justo donde la dejamos el día anterior. Y mientras la desenroscabas y tirabas los posos del café al cubo de la basura, y mientras echabas de nuevo café y encendías el fuego, me dijiste que por fin habías acabado de corregir el capítulo uno de tu novela y que estabas contento, pero pese al destello que por un instante iluminó tus ojos, yo ya no te creía.

 

Qué  bien, te dije, que te iba a decir si habíamos hablado ya mil veces de que avanzaras, que no retocarás más, que todo tenía un límite. Comentaste que lo ibas a dejar reposar un par de días antes de volverlo a leer. Para desviar la conversación, aunque de sobra sabía que el cazo estaba dentro del armario, te pregunte donde está el cazo. “¿No está dentro del armario”, y añadiste, “presiento que esta vez”, pero cientos de veces te había oído afirmaciones parecidas, “estoy en racha, si sigo así, para final de año la termino y presento a mi amigo editor”. “El azúcar, Carlos”. “Joder, Ana, lo tienes delante de tus narices”.

 

Nos sentamos en las banquetas de fórmica y tomamos el café mientras me contabas que Carlos, el protagonista principal y único de tu novela, tras encontrar la carta en la que su mujer le explicaba los motivos de su abandono en vez de ir en su búsqueda decidía hacer un largo viaje al extranjero. “A Bombay creo que le llevaré, ¿qué te parece? Y yo, que había oído una tarde y otra tarde y otra, el mismo comienzo con distintos puntos de giro, -aunque esta tarde al ver el parecido insoslayable con nuestra realidad sentí un estremecimiento-, te cogí de la mano y te conduje a la habitación.  


Sentada en la cama, mientras tú permanecías de pie, quieto como un pasmarote, me desenrosqué el fulard tornasolado que cayó al suelo. Te quité el cinturón, desabotoné, bajé la cremallera y tiré del pantalón hacia abajo, luego del calzoncillo. Ahí estaba tu miembro sin vida, ajeno y lejano, -tan pasmarote como tú-, que recogí en mis manos, que descubrí, que entré en mi boca. Mientras te miraba y me mirabas lo bebí lenta, concienzudamente, como experta que no era, en un postrero, desesperado intento claudicatorio “de enviarte mecedoras para que las cuidaras, y las limpiaras, y las pomparas, y las ordeñaras y las albergaras en tu pecho” y con ayuda de mi saliva fluida, febril, fervorosa, ese miembro indolente empezó a ponerse terso y a crecer y a empoderarse y a adquirir vida propia, esa que a ti te faltaba y, ahora sí, nos quitábamos con precipitación la ropa y yo debajo y tú encima nos hundíamos hasta lo profundo, y mientras nos golpeábamos sentíamos oleadas de placer cada vez más intenso y próximo, entonces susurraste me voy y yo dije no no no en un desesperado intento por perpetuar lo que ya se acababa, pero te fuiste y seguiste, fuiste capaz de seguir, tras gozante, como antes de tu puta novela capítulo uno, dando gozo, hasta que lenta, cadenciosamente, como se apagan los fuegos de artificio, todo se fue apagando. Cuando te echaste en la cama y miraste la luz incandescente de la bombilla supe que habías retornado a tu mundo sin retorno, y aunque yo ya no podía, ni quería, esa es la verdad, recuperarte para la vida común, con voz impostada, cantarina, súbitamente pueril, como si sacara a flote mi yo inconsciente, traca que sigue a los fuegos de artificio, te pedí por favor por favor por fi, que me leyeras la carta a Carlos y fue tal el entusiasmo que imprimí a mi petición póstuma que dirigiéndote a la estantería apreendiste por el lomo desgastado el libro de poemas “Música Celestial” y lo abriste, -en realidad se abrió solo-, por la página 89 y leíste “Carlos yo te escribo trece trenes trinos trece te estremece y te envío mecedoras a tu casa”, y seguiste, qué gozada, con eso de “pasan ciervos por mis ojos luchan truchas en mi lecho por debajo pasa el grajo, por la orilla la abubilla”, hasta el final del poema donde reza lo de “pon tu casa enjalbegada que a decir viene lo mismo”. Cuando acabaste me vestí, y, dejando a posta el fulard bajo la cama, me fui. 

 

Ahora te imagino sentado en tu sillón orejero y mientras fumas uno tras otro tus cigarros negros sé que me estarás aguardando, que mirarás cien veces el móvil esperando un wasap que te anticipe el motivo de mi retraso, que contemplaras los nueve o diez folios, eso viene a durar invariablemente el capítulo uno de la novela que tienes encima de la mesa y que no tardarás en romper, quizá los estés haciendo añicos ahora, como hiciste con los anteriores y los anteriores y los anteriores. Hasta te parecerá oír el timbre y te levantarás y recorrerás el pasillo y mirarás por la mirilla, dándote cuenta de que ese  sonido es fruto de tu fantasía, porque detrás de esa mirilla no verás a nadie, al menos no me verás a mí, pues no iré a tu casa ni mañana ni al otro ni al siguiente, al siguiente tampoco, ya nunca, ni aunque me llames, acudiré más. Y como sonámbulo entrarás en la habitación donde tantas veces nos tuvimos y descubrirás el pañuelo tornasolado que dejé a posta bajo la cama para que lo cojas, como tal vez haces ahora, y lo huelas, huele a mi perfume y huele a mí, a qué sino, y adivines que yo lo dejé allí para que allí se quedará y aprehendiendo por el lomo desgastado y sin brillo el libro de Chicharro que se abrirá, se abre siempre, por la página 89 leas lo que yo ahora mismo escribo, “digo que me digas que digo a estas cuatro paredes mi pena mi congoja 
                                de
                                            hombre 
                                                              destartalado”


y caigas al fin en la cuenta, epifanía o revelación, de que lo nuestro es una cuestión irresoluble, porque he decidido, Carlos, lo tengo claro, pasar al capítulo dos de mi vida. 

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